Es uno de los grandes
del western, destacó en el cine negro, y tiene algún título notable en el
terreno del cine histórico y bélico. Se le considera uno de los más importantes
artesanos del Hollywood clásico, pero Anthony Mann es mucho más que eso, es uno
de los grandes autores de la segunda generación de realizadores americanos,
aquellos que no trabajaron en el cine mudo, a la altura de Robert Aldrich o
Nicolas Ray.
Nacido el 30 de junio de 1906, en San Diego (California,
EE.UU.), Emil Anton Bundsmann -nombre real del cineasta-, era hijo de un
emigrante austríaco y una georgiana de familia judía, ambos profesores de
filosofía. En un primer momento, el joven tenía la intención de convertirse en
actor. Cuando su familia se fue a vivir a Nueva York, aprovechó para
presentarse a pruebas para intervenir como secundario en montajes del circuito
off-Broadway.
En una obra, llamó la atención del poderoso productor David
O. Selznick, que decidió contratarle como director de casting y buscador de
talentos. Cuando éste se embarcó en la épica búsqueda del reparto de Lo que el viento se llevó, Mann se
encargó de dirigir la filmación de numerosas pruebas de aspirantes.
Posteriormente ascendió a ayudante de dirección, al servicio
del especialista en comedias Preston Sturges, con el que colaboró en varias,
entre ellas la irrepetible Los viajes de
Sullivan. Encantado con su labor, Sturges le animó a emprender su propia
carrera como realizador. Paramount le dio la oportunidad de debutar con la
comedia criminal Dr. Broadway, con la
condición de que la terminara en 18 días. Su primer título importante es sin
duda El gran Flamarion, una historia
criminal con Erich Von Stroheim interpretando a un tirador que actúa en
espectáculos.
Por aquella época se especializó en film noir, de serie B, y
en concreto está considerado uno de los representantes más ilustres del
docu-noir, que trataba el género con un estilo realista muy próximo al
documental. En este terreno destacan La
brigada suicida y Ejecutor. Otro
de sus primeros trabajos es El reinado
del terror, que aunque en esencia es un film de aventuras históricas en la
época de la Revolución Francesa, también tiene tono de cine negro.
Demostró su valía para el western con la inolvidable Winchester 73, con James Stewart,
originalísima cinta que sigue los pasos de un rifle que pasa de mano en mano.
Los resultados fueron tan satisfactorios, tanto para el realizador como para el
actor, que formaron 'matrimonio' profesional en otros cuatro impecables títulos
del oeste. En Horizontes lejanos, Stewart
encarna a Glyn McLyntock, pistolero que conduce una caravana para redimirse de
su carrera como pistolero. Colorado Jim
está protagonizada por el violento Howard Kemp, en busca de un forajido por el
que pagan una sustanciosa recompensa que usará para comprar nueva tierras y
olvidar que su ex novia se fue con otro y se quedó con las suyas. En Tierras lejanas, Stewart se mete en la
piel del antipático Jeff Webster, que en la nevada Alaska intenta vender
ganado, vengar a su mejor amigo y olvidarse de una mujer de antaño. Por último,
en El hombre de Laramie, el actor
interpreta a Will Lokhart, un antiguo militar que investiga quién vendió las
armas a los indios que mataron a varios soldados, entre ellos su hermano. En
todas se repiten temáticas, la huida del pasado, la búsqueda de venganza, etc. y
adquieren especial relevancia los escenarios abiertos en los que transcurre la
acción, lo que entusiasmaba al maestro de críticos André Bazin: "Dadle a
Mann un paisaje, una montaña y un itinerario. Y ya tendremos una obra maestra".
Mann y Stewart estuvieron a punto de repetir en un sexto western,
en concreto en La última bala, pero finalmente
Mann se dio cuenta de que el guión era bastante mediocre, por lo que abandonó
el proyecto, lo que dejó a Stewart en manos del muy inferior realizador James
Neilson.
También colaboraron en otras tres películas que no
pertenecían al género: Bahía negra (sobre
dos buscadores de petróleo), Strategic
Air Command (en torno a un oficial de la Aviación) y Música y lágrimas, (biografía de la figura de la música Glenn
Miller). Sin Stewart, Mann rodó varios westerns de primera, como La última frontera, El hombre del oeste y Cimarron.
Destaca especialmente La puerta del
diablo, con Robert Taylor como indio navajo que a pesar de haberse
convertido en héroe luchando en la Guerra de Secesión sufre el acoso racista de
un abogado que pone a todo el pueblo en contra suya. Fue uno de los primeros
westerns que defendía la perspectiva de los indios, pero quedó ensombrecido
porque se estrenó casi a la vez que la famosa Flecha rota, que tuvo mucho más éxito.
Durante el rodaje del drama sobre un aspirante a tenor Dos pasiones y un amor, adaptación de
una obra de James M. Cain, se enamoró de una de las secundarias, una joven en
alza española llamada Sara Montiel. Tras abandonar a su esposa, Mildred, con la
que tenía una hija, se acabaría casando con Sara Montiel en articulo mortis,
porque el realizador había sufrido un infarto, y los médicos temían por su
vida.
Cuando estaba con la actriz, Mann rodó en España El Cid, uno de sus títulos más
conocidos, con Charlton Heston como el heroico caballero de Vivar. Según Sara
Montiel el productor, Samuel Bronston, le ofreció a ella el papel de Doña
Jimena, pero prefirió recomendar a Sophia Loren. El realizador se divorció de
la manchega en 1963.
Otro infarto acabó con la vida del gran Anthony Mann en
plena faena, mientras rodaba Sentencia
para un dandy, el 29 de abril de 1967 en Berlín. El actor Laurence Harvey
se encargó de terminar la cinta.