Ensombrece con su sonrisa hasta a los diamantes
con los que desayuna. Icono indiscutible del Séptimo Arte, sigue gozando de
enorme popularidad incluso entre las nuevas generaciones. Puso de moda la sencillez
frente a los espectaculares y sofisticados vestidos de las actrices de
Hollywood, y aún así, nadie podría igualarla en glamour. No volverá a haber
ninguna mujer como Audrey Hepburn.
Audrey Kathleen Ruston nació
el 4 de mayo de 1929 en Ixelles/Elsene, un pueblecito de Bélgica. La madre de
la niña era la baronesa Ella van Heemstra, de nacionalidad holandesa, mientras
que su padre, Joseph Hepburn Ruston, era británico, aunque acababa de conseguir
un trabajo en los Países Bajos. Durante toda su vida, Audrey mantuvo el
pasaporte británico, nacionalidad a la que tenía derecho por línea paterna.
Aunque en un principio estuvo
rodeada de lujos, la infancia de Audrey se vio marcada por el divorcio de sus
padres, y porque fue testigo de primera mano de las crueldades de los nazis,
que mataron a varios familiares suyos. Durante la II Guerra Mundial, vivió en
Holanda, país natal de su madre, que le hizo adoptar su apellido, Van Heemstra,
y le obligó a hablar en holandés, para que los nazis no la relacionaran con
Gran Bretaña. Pasó hambre y calamidades que hicieron estragos en su
constitución física.
Desde pequeña, Audrey Hepburn
estuvo necesitada del afecto de su padre, que apenas la prestó atención durante
toda su vida, y de su madre, que a pesar de que la adoraba, se comportaba con
gran frialdad aristocrática con ella. Estudió para bailarina, su verdadera
vocación, pero finalmente tuvo más éxito como modelo en Londres. Enseguida
llamó la atención de los productores que le ofrecieron pequeños papeles. Su
primera aparición cinematográfica fue en Nederlands in 7 Lessen, donde interpretaba a una azafata de una
compañía aérea.
Enseguida le salieron otros
papeles en la divertida comedia Oro en barras, y en Americanos en Montecarlo. Con su papel secundario en la comedia
romántica Young Wives' Tale
llamó la atención de los ejecutivos de la compañía estadounidense Paramount,
que negociaron duramente para que la actriz se pasara al cine americano.
Su primera película de
Hollywood fue la mítica Vacaciones en Roma, de William Wyler, donde era una princesa decidida a pasar
un día como una turista normal en la Ciudad Eterna, donde recibe la interesada
ayuda de un intrépido periodista, encarnado por Gregory Peck. "En Audrey no
había ni pizca de mezquindad ni de egoísmo. Tenía muy buen carácter y supongo
que la gente se daba cuenta de eso. No era chismosa, traidora, mezquina ni
ambiciosa, características que tanto abundan en este negocio. Es fácil querer a
Audrey", comentó Peck. Por este trabajo, la actriz se convirtió en una celebridad
internacional y obtuvo un merecido Oscar a la mejor actriz.
Pasó de William Wyler a Billy
Wilder, otro de los grandes, que de princesa la transformó en hija del chófer
en Sabrina. El rodaje
fue complicado porque su "partenaire", Humphrey Bogart tenía problemas con la
bebida. Ella mantuvo un sonoro romance con su otro compañero de reparto,
William Holden, que estaba casado, pero rompió con él cuando se enteró de que
se había hecho una vasectomía, ya que Audrey deseaba por encima de todo tener
hijos.
Al final acabó casándose con
Mel Ferrer, que fue su compañero de reparto en Guerra y paz, una digna adaptación de la celebérrima
novela de Tolstoi. Su matrimonio con el actor no fue del todo satisfactorio
para Audrey, que estaba muy enamorada pero no se sentía correspondida. Se quedó
embarazada pero finalmente perdió el niño, lo que le hizo caer en una terrible
depresión.
Sólo consiguió salir del
túnel al quedarse encinta nuevamente, y dar a luz a su hijo Sean Hepburn
Ferrer, que se convirtió, como no podía ser de otra manera, en el motor de su
vida. "Desde pequeña, lo único que deseaba era tener un hijo, o montones de
hijos", comentó la actriz.
A Hepburn solían emparejarla
los primeros años con actores maduros, pues tras el rodaje con Bogart pasó a
protagonizar Una cara con ángel,
con Fred Astaire, y Ariane,
con Gary Cooper. A nivel actoral, su trabajo más esforzado es posiblemente Historia
de una monja, basada en
el caso real de una religiosa enviada al Congo a trabajar como enfermera. Justo
después rodó un western fallido, pero interesante por momentos, Los que no
perdonan, film del que
renegó incluso su director, John Huston, quien en su autobiografía aseguraba
que no lo podía soportar. Otro de los grandes errores de Hepburn fue
protagonizar Mansiones verdes,
dirigido por su marido, un film bastante discreto.
El personaje con el que más
se identifica a Audrey Hepburn es Holly Golightly, la protagonista de Desayuno
con diamantes, que acude
a fiestas de la alta sociedad en busca de un novio solvente al que cazar.
Basada libremente en la novela de Truman Capote, es una de las mejores
películas de Blake Edwards. A día de hoy llama la atención que un ejecutivo de
los estudios llegara a ordenar que quitaran "esa maldita canción", refiriéndose
a "Moon River", que se ha convertido en un clásico. Para compensar este
desaire, Audrey tuvo el detalle de escribir a Henry Mancini, el compositor. "Tu
música nos ha hecho volar", le explicaba la actriz. Esta vez sí que emparejaron
a Audrey con un actor de su edad, George Peppard, que sin embargo no estaba a
la altura de su talento. Otro gran error fue contratar a Mickey Rooney para
interpretar al vecino chino, que en cualquier caso no da al traste con un
agridulce film de primera categoría.
Interpretó a una profesora
acusada de lesbiana por una niña vengativa en la adaptación de la obra de
Lilian Hellman La calumnia,
nuevamente bajo la batuta de William Wyler, que volvería a reclutarla en la
comedia Cómo robar un millón.
Por su parte, Charada
es una genial cinta de suspense a lo Hitchcock con mucho humor, dirigida por
Stanley Donen, con irrepetibles secuencias de la actriz con Cary Grant.
Después de la comedia
romántica Encuentro en París,
Hepburn tuvo una amarga experiencia durante el rodaje de My Fair Lady, un excelente musical de George Cukor.
La actriz fue escogida porque el productor Jack Warner quería una gran
estrella, en detrimento de Julie Andrews, que había protagonizado el musical en
Broadway. Ella habría hecho un gran trabajo como cantante, mientras que Audrey
Hepburn tuvo que ser doblada. En la noche de los Oscar, Hepburn fue nominada,
pero competía con Julie Andrews, que finalmente fue la ganadora, por Mary
Poppins (su primer
largometraje). En el discurso de aceptación, Andrews fue bastante vengativa,
pues le agradeció irónicamente la estatuilla a Jack Warner.
Audrey Hepburn hizo un gran
trabajo como invidente en Sola en la oscuridad. Al citado Stanley Donen le costó mucho
trabajo convencerla de que volviera a trabajar con él en la especialmente
memorable Dos en la carretera,
escrita por Frederic Raphael. Se resistía a ser la protagonista porque era una
película de tono más descarnado y realista que las comedias blancas y elegantes
que ella siempre insistió en interpretar, para mantener su imagen sofisticada.
Un ejemplo de que la película no se parece en nada al resto de su filmografía
son las palabras malsonantes de la secuencia final, insólitas en una película
de Audrey Hepburn. Por otra parte, el resto de sus películas suelen tener un
montaje cronológico, a diferencia de lo que ocurre con esta excelente disección
de la vida conyugal.
En la última etapa de su
carrera, Hepburn estuvo más centrada en su vida familiar que en el cine.
Prefería estar con su hijo que rodando cine. En 1968 se divorció de Mel Ferrer,
y se emparejó con Andrea Dotti, médico más joven que ella, con el que tuvo un
segundo hijo llamado Luca. La relación con Dotti también fracasó.
Volvía al cine en ocasiones puntuales, cuando le interesaba mucho el
proyecto o sus responsables insistían hasta la saciedad. Fue la protagonista de
Robin y Marian, romántica revisión de la leyenda de un Robin Hood
ya maduro, interpretado por Sean Connery. Le siguieron las discretas Lazos
de sangre, Todos rieron y el telefilm Amor
entre ladrones. Se despidió del cine para siempre con Para
siempre, de Steven Spielberg, donde aparecía como
secundaria interpretando a un ángel. El papel le iba al pelo, pues en la vida
real era un ser angelical que dedicaba mucho tiempo a las labores humanitarias.
Fue nombrada embajadora especial de UNICEF. Tres meses antes de su muerte, aún
viajó a Somalia, a pesar de su delicado estado de salud. Falleció finalmente el
20 de enero de 1993, a los 63 años, en su residencia de Tolochenaz, en Suiza.