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Burt Lancaster
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| El aventurero circense |
Dos grandes etapas dividen la carrera de una de las
mayores estrellas de todos los tiempos. En sus inicios, la irrepetible sonrisa
de Burt Lancaster se convirtió en un símbolo del cine de aventuras, y aunque
entonces ya resultaba convincente, al final de su carrera evolucionó a lo más
alto, en papeles más complejos. |
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Casi cuatro décadas estuvo en activo, desde los cuarenta
hasta finales de los ochenta, desarrollando una de las carreras más fructíferas
que haya dado Hollywood. Hijo de un humilde cartero y de un ama de casa, Burton
Stephen Lancaster nació el 2 de noviembre de 1913, en Nueva York. De joven
aprovechó su excepcional forma física para unirse al circo en el que trabajaba
su gran amigo Nick Cravat, y triunfó como trapecista, aprendiendo los números
acrobáticos que después le vendrían tan bien para las secuencias de acción de
algunas películas. Allí se enamoró de su compañera June Ernst, que se
convertiría en su primera esposa. Aunque la Segunda Guerra Mundial provocó un
paréntesis en su carrera, en el ejército se aficionó a la interpretación, en
funciones que servían para subir la moral de sus compañeros. Cuando acabó la
contienda, decidió dedicarse al cine. No pudo debutar con mayor fortuna, pues su primera película Forajidos, de Robert Siodmak, en la que compartía cartel con
Ava Gardner, está considerada una de las cumbres del cine negro. Tras
divorciarse y contraer nuevo matrimonio con la actriz Norma Anderson, cerró la
década de los 40 con interesantes títulos como El abrazo de la muerte, también de Siodmak. Pero sería en los 50 cuando se
convirtió en una gran estrella a base de títulos míticos. Basta recordar De
aquí a la eternidad, intenso drama que le
supuso su primera nominación al Oscar, pero también Veracruz, La rosa tatuada, Duelo de titanes o Torpedo.
En el recuerdo permanecen especialmente dos de los clásicos por excelencia del
cine de aventuras, El halcón y la flecha y El temible burlón. "La
gente tiende a pensar que yo soy el típico aventurero que se afeita con
machete, aunque en la realidad soy aficionado a la lectura y aburrido", declaró
contradiciendo la leyenda que él mismo había creado. En esta época sólo
le dijeron una vez aquello de "la pifiaste Burt Lancaster", en las malas
críticas recibidas por intentar pasar por indio ario en Apache, de Robert Aldrich, que al fin y al cabo no era tan
mala película. Incluso le dio tiempo a debutar como director con El
hombre de Kentucky y para crear su propia
productora, que terminaría llamándose Hetch-Hill-Lancaster, compañía
responsable de la multioscarizada Marty. Y en los 60, llegó el mejor Burt Lancaster, que alcanzó la
cumbre de la interpretación como el príncipe Salina, aristócrata decadente de El
gatopardo, de Visconti. También obtuvo su
único Oscar por El fuego y la palabra, de Richard Brooks, y ofreció auténticos recitales en Vencedores
o vencidos, Los profesionales, y en sus colaboraciones con John Frankenheimer,
como El hombre de Alcatraz, Siete
días de mayo o El tren. De
otros actores se puede hablar de alguna que otra etapa de decadencia, pero no
precisamente de Lancaster, que se retiró del cine con algunos de sus mejores
trabajos, léase Novecento, y Atlantic City. Su
última película fue Campo de sueños, y a continuación se jubiló por
problemas de salud, aislándose en su Nueva York natal junto a su tercera y
definitiva esposa, la productora televisiva Susan Martin. Un ataque al corazón
dio al traste con su vida en 1994. |
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| Juan Luis Sánchez |
| 01/12/2005 |
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