Aunque vivió hasta casi los
80 años, su filmografía apenas la componen 14
largometrajes más unos pocos cortos de tipo documental. Cine
ascético y riguroso, pocos han logrado como Carl Theodor Dreyer expresar
con tanta elocuencia lo inefable. Un milagro.
Podríamos
no haber tenido el cine de Carl Theodor Dreyer, lo que desde luego
habría sido una auténtica desgracia para la humanidad,
que habría quedado privada de imperecederas obras de arte. Y
es que el gran cineasta danés nació en Copenhague el 3
de febrero de 1889 fruto de la relación de Jens Christian
Torp, un adinerado terrateniente sueco de Grantinge (Suecia), con su
ama de llaves, Josephine Nilsson. El padre sólo quería
evitar el escándalo, de modo que se desentendió de su
vástago y mandó a la mujer a dar a luz lejos, en la
capital de Dinamarca. Ella, sin recursos, dio en adopción al
recién nacido y murió dos años después al
intentar abortar. Estos hechos no los llegaría a conocer el
futuro director de cine hasta cumplir los 17 años, en que
viaja a Suecia para conocer toda la verdad de sus orígenes.
¿Pesaría este pasado en la concepción de las
heroínas de sus películas, Juana de Arco, Inger,
Gertrude y compañía? Sin duda que sí.
Entretanto le
acoge primero una familia obrera, los Petersen, y finalmente los
Dreyer, que le dan el nombre de Carl Theodor. No parece que el amor
reinara en el hogar que preside un obrero tipógrafo de ideas
socialistas e irreligioso. En esta desafección pesa una hija
nacida fuera del matrimonio, y que el adoptado no es, a la postre,
carne de su carne y sangre de su sangre.
En el completo estudio del cineasta escrito por José Andrés
Dulce se mencionan tres probables influencias nacionales en Dreyer:
el naturalista Georg Brandes, el filósofo Sören
Kierkegaard y el escritor Hans Christian Andersen. De jovencito,
trabaja de aprendiz en la compañía de gas y
electricidad de Copenhague, y en la oficina de telégrafos. No
parece que por ahí pretenda progresar, y en cambio sí
le atrae escribir para la prensa, de modo que en el diario Berlingske
Tidende firma artículos sobre temas tan asombrosos como la
aeronáutica; y es que el mismo Dreyer se sacó la
licencia de piloto. Curiosamente parece que por aquí le vino
su primer contacto profesional con el cine, cuando critica en un
artículo el coste de las escenas aéreas del film El
triple salto mortal; a consecuencia de ello será contratado
como asesor por el productor Kai van der
Aa Kühle, arrancando su carrera de cineasta. En 1911, o sea, con
22 años, contrae matrimonio con Ebba Larsen, la hija de un
comerciante, su esposa hasta la muerte, que le dio dos hijos.
En la
productora Nordisk Film, además de consejero técnico y
artístico de las películas, pasa a ser redactor de
intertítulos, y se convierte en guionista. Es por supuesto la
época del cine mudo, y durante más de seis años
escribe múltiples guiones, cerca de cuarenta, inestimable
escuela de aprendizaje para llegar a ponerse algún día
detrás de la cámara. Tal día llega en 1919, año
en que debuta en la dirección con Præsidenten,
donde él mismo adapta una novela de Karl Emil Franzos sobre
una mujer acusada de haber matado a su hijo recién nacido.
Pocos sospechan cuando se estrena el film lo cerca que le toca esta
trama a Dreyer. La idea del no-nacimiento reaparecerá años más tarde en Ordet (La palabra), por el parto malogrado de Inger.
Páginas
del libro de Satán
(1921), dividida en cuatro segmentos ambientados en la Palestina de
la Pasión del Señor, la Sevilla de la Inquisición,
el París de la Revolución Francesa, y el marco de la
guerra civil finlandes, resulta innegable deudora de
Intolerancia
(1916) de David W. Griffith, no sólo por estructura, también
por temática, una intolerancia que luego será
fustigada en La pasión
de Juana de Arco (1928),
quizá la mejor película sobre la doncella de Orleáns,
con unos soberbios y espirituales primeros planos de Maria
Falconetti, y un enfoque de rigoroso ascetismo, que despoja a la
narración de cualquier artificio. Siempre rodará en
blanco y negro, del que dirá "se trabaja con luces y
sombras, con líneas sobre líneas; y en color, con
superficies sobre superficies, formas sobre formas y colores sobre
colores", de modo que él no llegará a explorar lo que
denomina "constelaciones de color", eso quedará para
otros. Páginas
también permite intuir una película que no llegó
a ser, El juicio de
Jesús, en cuyos
preparativos aún seguía sumergido cuando le alcanzó
la muerte en 1968.
Títulos
como La viuda del pastor
(1920) y El amo de la
casa (1925) abordan
historias domésticas, dramas familiares que indagan en las
miserias que encierran determinados hogares; la segunda es verdaderamente brillante, una avanzada defensa de la mujer y el valor de las tareas domésticas frente a un machismo autoritario rampante, pero servida con fina ironía, y respetando a todos los personajes, una norma de conducta que seguirá en todas sus películas. Michael
(1924) le lleva a Alemania, y maneja una historia ambientada en el
mundillo artístico que cuenta con un guión de Thea von
Harbou; quizá lo más sorprendente sea la ausencia de
una impronta expresionista que la época y el lugar parecían
exigir, además de una relación tipo padre-hijo con la cuestión de la ingratitud y la inconscencia juvenil de por medio. También en Alemania rodó la sorprendente La
bruja vampiro, también
conocida por su título original, Vampyr,
cine fantástico y vampírico, pero claro, cine
fantástico dreyeriano. Fue el primer film sonoro de Dreyer, y
se saldó con un fracaso, a pesar de sus imágenes fascinantes, esas escenas de pesadilla del entierro del protagonista con planos subjetivos desde el interior del ataúd. Más de una década tuvo
que transcurrir para que pudiera dirigir de nuevo. Como le ocurrió
a otro cineasta ilustre, Orson Welles, Dreyer lo tendrá
difícil para hacer las películas que desea. Por ejemplo
rehusó rodar en 1934 una adaptación de "Pan", la
obra del Nobel Knut Hamsun, y es que la Alemania nazi no le ofrece un
ambiente en que se sienta cómodo para trabajar.
Aunque,
no hay bien que por mal no venga, esto nos permite descubrir su breve
faceta de crítico de cine en los años 30, cuando
escribe comentarios de películas en el Berlingske Tidend; es
tan duro en sus juicios -de la Ana
Karenina (1935) de
Clarence Brown dirá tras alabar las cuestiones técnicas
que "los personajes devienen clichés"-, que en tres meses
le pedirán que abandone este cometido.
En
1943 entrega Dies irae,
nuevo alegato contra la intolerancia, que entronca con La
pasión de Juana de Arco,
y que algunos consideran que influyó en El
séptimo sello de
Ingmar Bergman, aunque la visión religiosa del sueco sea
bastante diferente de la de Dreyer, éste es creyente, el otro
anda metido en una angustiosa búsqueda de Dios donde el luteranismo es
mucho más sofocante. En cualquier caso brilla la historia de infidelidad con una fantástica Lisbeth Movin como la joven esposa de un pastor luterano, atraído por su hijastro, una acción diabólica en pos del amor quizá más prosaica que la brujería que ciertos inquisidores quieren ver, pero igualmente destructiva.
Dos
personas llega dos años
después, un encargo que hace suyo con su gran talento, y de nuevo, el silencio, sólo roto por dos
obras maestras incontestables, la milagrosa Ordet
(La palabra) (1955)
-incluso a los incrédulos les resulta inevitable venerar este
film sobre las relaciones de fe y ciencia, y el modo de enfocar la práctica religiosa- y una joya sobre lo que es el amor y sus vaivenes, Gertrud
(1964), en que la opción de la soledad desprende una infinita tristeza. Lo que en otro podría resultar artificial -planos secuencia muy sostenidos, manejo del espacio escénico, frases cargadas de contenido, cierto hieratismo, el recurso a espejos, puertas, jaulas de pájaros y cirios...-, en Dreyer ayuda a crear historias audiovisuales inolvidables.
Cineasta irrepetible, nadie ha impregnado de espiritualidad y humanismo sus películas como él, sólo Lars von Trier, compatriota que filmó su guión de Medea
(1988), ha osado hacer
un cine tan arriesgado y fiel a su visión de las cosas, en tal
sentido nunca vendió su alma dirigiendo lo que no quería. Antes prefería hacer
cortos documentales, trabajos desarrollados entre 1946 y 1955, o
supervisar la programación de la sala de cine que regentaba.