Desata tantas pasiones como odios enconados. Sus
imágenes son un prodigio visual, pero Darren Aronofsky se distingue por sus
paranoicos e imposibles argumentos, tan extravagantes como crípticos. Su especialidad es retratar personajes
en caída libre, cuya vida se derrumba ya sea por culpa de su obsesión por
investigar la grave enfermedad que padece su esposa, la fórmula que explique el
caos; o bien a causa de su adicción a las drogas o su incapacidad para librarse
de los efectos negativos de la fama del pasado.
Nacido el 12 de febrero de 1969 en Brooklyn, Darren
Aronofsky tenía una mentalidad artística desde que era muy joven. Siempre fue
un apasionado del cine clásico, y cuando era adolescente, dedicaba mucho tiempo a pintar
'graffitti' callejeros. Estudió en el instituto Edward R. Murrow, el mismo al
que iba una actriz que después contrataría, Marisa Tomei, aunque ella estaba
unos cursos por encima. Cuando acabó se matriculó en Harvard, donde estudió
cine de animación y de imagen real. Llamaba ya entonces la atención por su
potencia visual, y Supermarket Sweep, su
corto de fin de carrera, recibió importantes premios. Filmado en 1991, estaba
protagonizado por Sean Gullette. Hasta cinco años después, y tras los cortos Fortune's
Cookie y Prototozoa, Aronofsky no empezó a trabajar en el guión de Pi, cuyo primer tratamiento recibió tantos elogios de
personas cercanas al director, que decidió lanzarse a la dirección del mismo.
Por este thriller matemático, recibió el premio al mejor realizador en el
Festival de Sundance en 1998, y obtuvo una amplia repercusión a pesar del
escaso presupuesto, 60.000 dólares. Fotografiado en blanco y negro, el film
contó con una partitura de Clint Mansell, que se convirtió en su compositor
habitual. Nuevamente, tenía como protagonista al citado Sean Gullette, como un
joven matemático que busca el modelo que rige el comportamiento de la bolsa, lo
que atrae a una poderosa empresa y a una secta, que intentan hacerse con su
descubrimiento. A continuación, Aronofsky trató las durísimas consecuencias de
la drogadicción y otras adicciones, en Réquiem por un sueño, adaptación de una novela de Hubert Selby, Jr., que
también se encargó de la adaptación del guión. La veterana Ellen Burstyn -en el
rol de una mujer enganchada a la televisión- obtuvo una nominación al Oscar y
al Globo de Oro.
Tras el estreno de Réquiem por un sueño en el año 2000, Aronofsky era el niño mimado de la
crítica de cine y los festivales, y los apasionados del cine de vanguardia le
ensalzaban como a un genio. Y sin embargo, el cineasta estuvo a punto de morir
de éxito, cuando se embarcó en su
proyecto más ambicioso -si cabe- hasta el momento, La fuente de la
vida, que por unos problemas u otros no
desembocaría en los cines hasta 2006. Warner había ofrecido a Aronofsky dirigir
dos superproducciones, Batman Begins
y Watchmen, pero él rechazó ambos
filmes porque estaba ilusionado con un proyecto propio, para el que había
ideado la trama junto con su mejor amigo, el neurocirujano Ari Handel. Y cuando
empezó a conversar con los ejecutivos de Warner, éstos se entusiasmaron, quizás
porque tras la muerte de Kubrick, que trabajaba siempre para la compañía,
andaban en busca de un genial director que le sustituyera, y quedaron
encandilados por la parte de ciencia ficción del film, tan difícil de entender
como las partes más duras de 2001: una odisea del espacio. Con el apoyo de Warner, Aronofsky logró reclutar
como protagonistas a Brad Pitt y Cate Blanchett, y le dieron la friolera de 100
millones de dólares, el mayor presupuesto que había manejado hasta la fecha. El
guión estaba acabado, todos los actores escogidos y el plan de producción listo
para rodar en Australia...
Pero cuando iba a volar hacia el set, para empezar el
rodaje, Brad Pitt le echó una ojeada al guión y se desilusionó por completo.
Resulta que no le había gustado nada, y sin embargo tenía sobre la mesa el
guión de Troya, que le interesaba
muchísimo más. Decidió dejar 'tirado' a Aronofsky, que tuvo muy mala suerte, ya
que sin Pitt Warner suspendió todo el rodaje.
A punto estuvo Aronofsky de dejarlo todo, cuando el cineasta
se pasó una noche pensando en el film sin poder dormir. Decidió que había hecho
Pi contra viento y marea, y sin dinero,
y que de la misma forma, era capaz de sacar adelante La fuente de la
vida. Y aunque esta vez no logró ni la
mitad del presupuesto -se quedó en 30 millones-, reclutó a Hugh Jackman -un
actor que estaba por aquel entonces en alza- para sustituir a Pitt, mientras
que Cate Blanchett, que tampoco estaba muy por la labor de seguir a bordo, fue
reemplazada por la novia del director, la actriz Rachel Weisz, con la que tuvo
un hijo, Henry Chance, a poco de finalizar el rodaje.
El film consta de tres partes. Un conquistador español huye
de los nativos americanos que le persiguen, un doctor flota por el espacio, y
ese mismo doctor busca un tratamiento contra el cáncer, enfermedad que afecta a
Izzy, su esposa. Izzy escribe un libro sobre conquistadores españoles en
América, que narra lo que le ocurre al protagonista de la primera historia. En
Venecia, Aronofsky recibió grandes abucheos, y aunque algunos incondicionales
quedaron más o menos convencidos, por lo general todo el mundo quedó
decepcionado.
Cuando
parecía que Aronofsky se había desinflado, que se había convertido en una de
esas promesas que después quedan en nada, el director se reinventó a sí mismo
con El luchador. Fascinado por el mundo del wrestling, la lucha
libre americana, Aronofsky había pensado retratar las peripecias de uno de esos
gigantones que compiten en estos espectáculos masivos. Decidió con acierto
desvincularse por primera vez del guión y encargárselo a Robert Siegel, editor
de la revista "The Onion". Apostó decididamente por Mickey Rourke, tan de capa
caída que fue muy difícil que le dejaran ficharlo como protagonista, a pesar de
que después acaparó premios, fue finalista y gran favorito al Oscar, y resulta
difícil imaginar qué otro actor habría hecho mejor su papel. Y además,
Aronofsky decidió moderar sus excesos visuales de siempre y poner su maestría
al servicio de la historia sin llamar la atención con grandes alardes que
sacaran al público de la historia, sobre la lucha por la dignidad de un hombre
abocado al fracaso. "Decidí que esta historia había que filmarla como un
documental", comenta el director. "Algunos amigos, familiarizados con mis
películas anteriores estaban sorprendidos por la falta de primeros planos,
lentes deformantes y esas cosas. ¿Seguro que no vas a incluir primerísimos
primeros planos?, me preguntaban. Pero no, aquí la idea era distinta". El
resultado fue bastante satisfactorio, pues Aronofsky volvió a encumbrarse entre
la élite de los directores, y ganó el León de Oro en Venecia.