Considerado un director de culto, cambió el cine
de los 90 con Seven, que ha marcado un antes y un después a
nivel estético. Aunque David Fincher llama la atención sobre todo por su
incomparable potencia visual, se distingue por su obsesivo interés en
diseccionar el lado oscuro del ser humano, la degeneración moral de la sociedad
y los miedos que acechan la mente de los habitantes del mundo moderno. Se puede
decir que Fincher es el más avezado alumno de la Generación del Videoclip,
compuesta por cineastas que provienen de este mundillo, como Spike Jonze,
Julien Temple, McG o Michel Gondry.
Nacido en Denver (Colorado), el 10 de mayo de 1962, David
Leo Fincher es hijo de Jack, redactor de la revista 'Life'. A los 8 años
descubrió su pasión por el cine gracias a Dos hombres y un destino, que le dejó tan impresionado que empezó a rodar sus
propios cortos, con una cámara de 8 milímetros. A los 18 años estaba dispuesto
a todo para trabajar en el cine y acabó aceptando un precario empleo en la
productora del director John Korty (Historia de Oliver), donde se encargaba de tareas sencillas como
transportar el material. Otro film que marcó su vida fue El imperio
contraataca, pues después de verlo fue a
pedir trabajo en Industrial Light & Magic, la empresa que había hecho los
efectos especiales del film. Fue destinado al departamento de miniaturas y
efectos ópticos como ayudante de cámara, labor que ejerció en El
retorno del Jedi, La historia
interminable e Indiana Jones y el
templo maldito.
Tras abandonar ILM en 1984, Fincher se encargó de dirigir un
impactante anuncio antitabaco para la American Cancer Society, que mostraba a
un feto humano fumando un cigarrillo. Llamó tanto la atención en el mundillo
publicitario que rápidamente le ficharon para dirigir spots de grandes marcas
de ropa y bebidas. Pronto empezó a dirigir videoclips, campo en el que adquirió
un enorme prestigio, por su innegable talento visual, que puso al servicio de
estrellas de la música como Madonna, Michael Jackson, Aerosmith o los
legendarios The Rolling Stones.
En 1992, los directivos de Fox decidieron despedir a Vincent
Ward (The Navigator. Una odisea en el tiempo), que se encargaba de dirigir Alien 3, porque no estaban contentos con su visión de la película,
marcada por el simbolismo religioso. Encontrar un sustituto no fue fácil, sobre
todo porque estos directivos imponían unas condiciones severas, y dejaban muy
poco margen de tiempo para el rodaje. Tras intentar reclutar sin éxito a algún
que otro cineasta de prestigio, al final se decantaron por David Fincher,
porque había demostrado su desmesurada imaginación en los videoclips, y porque pensaron que un debutante no les
causaría tantos quebraderos de cabeza como Ward. Curiosamente, el fatalista y desesperanzado
Fincher sintonizó mucho con el trabajo que había realizado su predecesor. Así
que mantuvo algunas de sus ideas, incluso el simbolismo de inspiración
religiosa, como se puede apreciar en el sacrificio de Ripley, que se inmola con
los brazos en cruz, remitiendo a una imagen de Cristo en el Calvario. Fincher
rodó un film muy frío, marcado por los colores azulados y ocres, que a pesar de
que funcionó bien en taquilla no fue demasiado bien acogido por la crítica.
Para Fincher, la experiencia de Alien 3 no fue todo lo gratificante que esperaba, y se
mantuvo apartado un tiempo del cine, para volver a centrarse en los videoclips.
Fue hasta 1995, año en el que New Line buscaba un proyecto en la línea de El
silencio de los corderos, y decidió dar luz
verde al thriller Seven, cuya
realización le cayó por encargo a Fincher. Estamos ante el punto cumbre de su
filmografía, pues combina una inquietante ambientación, a base de las
personalísimas y estilizadas imágenes del cineasta -creadas con una iluminación
tenebrista-, con una sutil denuncia de la corrupción, y de los excesos y
perversiones de la sociedad moderna. Abundan las secuencias brillantes, como
cuando Tracy (Gwyneth Paltrow), esposa del detective David Mills (Brad Pitt),
va a ver al detective Somerset (Morgan Freeman) para contarle que está
embarazada de su esposo. Somerset se muestra reacio a la idea de traer una
nueva vida a un mundo en el que ocurren crímenes como el que está investigando.
O el ya icónico y macabro hallazgo del hombre asesinado por su crónica pereza,
interpretado por un actor con prótesis, aunque a primera vista parece ser un
muñeco. Kevin Spacey no salía en los títulos de crédito iniciales para que el
hecho de que interpretara al asesino fuera una especie de sorpresa. Por su parte,
Brad Pitt se hizo muy amigo de Fincher durante el rodaje, y ha vuelto a ponerse
a sus órdenes en dos ocasiones posteriores.
Nicholas Van Orton, rico financiero de vida gris, recibe un
peculiar regalo por parte de su hermano, un juego que le hará valorar el mínimo
necesario para sobrevivir, en The Game,
el siguiente trabajo de Fincher. Y aunque no llega a la altura de su film
anterior -quizás por un ritmo premioso y un metraje que se alarga en exceso- es
un interesante film de ambientación oscura -sello de identidad de Fincher- que
actualiza el espíritu de "Cuento de Navidad", de Dickens. Fincher recuperó en
parte la buena forma con El club de la lucha, memorable adaptación de la transgresora novela del
vanguardista Chuck Palahniuk, que la emprende contra la mediocridad, la
incomunicación, el consumismo desatado y la falta de perspectivas vitales. Y lo
hace a través de la historia de un joven carente de ideales que sospecha que su
vida está completamente vacía. Un día conoce casualmente a Tyler -interpretado
por Brad Pitt, el actor fetiche de Fincher-, un estrafalario individuo que le
hace miembro de un club secreto cuyos miembros se vapulean entre sí para
sentirse vivos. Fincher dejó momentáneamente aparcada la crítica social que le
define en La habitación del pánico,
una cinta de suspense a lo Hitchcock. Si bien tenía un guión de David Koepp
bastante ligero, en comparación con el de anteriores trabajos del cineasta,
logra crear una enorme tensión.
El film más desconcertante de Fincher es Zodiac, donde el realizador parece haber decidido
reinventarse a sí mismo. Esta reconstrucción de la carrera criminal de un
asesino en serie californiano de los 60 parece la antítesis del resto de su
filmografía, como si harto de ser señalado por la calle como 'el director de Seven', Fincher hubiera decidido quitarse la etiqueta. Si
en Seven había una fotografía
elaborada bastante irreal, aquí opta por un estilo realista, a ratos cercano al
documental. Por primera vez en su carrera, el director se basa en una historia
real que para colmo no cuenta con un final cerrado como Seven, ya que la policía no resolvió el caso. Y frente a
las imágenes vanguardistas y modernas que caracterizaban sus films, en esta
ocasión Fincher se decanta por un estilo que sólo puede ser definido como clásico.
Brad
Pitt vuelve a estar por tercera vez en un proyecto de Fincher en El curioso
caso de Benjamin Button, largometraje número 7 del autor de Seven. Esta
adaptación de un relato de F. Scott Fitzgerald -sobre un hombre que nace con la
apariencia de un anciano, y posteriormente rejuvenece- resulta totalmente
asombroso e impactante, toda una original parábola sobre la vida y la muerte.