Sus imágenes recargadas y detallistas, de exagerada
emotividad, le convirtieron en el rey del melodrama. Sin embargo, Douglas Sirk
era un gran artesano capaz de rodar sólidas cintas en géneros como la comedia,
el western y el musical. Triunfó en Alemania y cuando llegó a Hollywood
describió mejor que nadie a la clase media estadounidense de la época.
Nacido el 26 de abril de 1900, en la ciudad alemana de
Hamburgo, Claus Detlef Sierck era
hijo de un matrimonio danés. Desde muy pequeño se aficionó al teatro y a las
películas de la actriz danesa Asta Nielsen, casi siempre dramas de corte
similar a los que le harían famoso muchos años después.
Después de la I Guerra Mundial, el joven Sierck se matriculó
en Derecho, en la Universidad de Munich, y después pasó a estudiar filosofía e
historia del arte en su ciudad natal. Cuando terminó la carrera empezó a
trabajar escribiendo artículos en los periódicos, siguiendo los pasos de su
progenitor, que era periodista. Poco después, logró meter la cabeza en el
mundillo teatral, primero como ayudante de reputados directores, y finalmente
como director artístico.
A mediados de los 30, los estudios UFA andaban necesitados
de directores con experiencia teatral para competir con Hollywood. Empezó en
1934, con el corto cómico Zwei Genies, y
su primer largo fue Das Mädchen vom Moorfhof. El propio Sirk decía que su primer melodrama
-palabra que etimológicamente une los vocablos 'música' y 'drama'- sería el
film sobre música, con exagerados elementos lacrimógenos La novena
sinfonía. Un reputado director de orquesta
adopta a un niño que fue abandonado. Contrata una institutriz para cuidarle,
que resulta ser la madre del muchacho. Estos giros, sin duda, eran una
declaración de intenciones de lo que iba a ser el cine del realizador. De su
etapa alemana sobresalen La golondrina cautiva y La habanera, rodada en las islas Canarias, aunque la acción transcurría en Puerto
Rico. Hasta el ministro nazi de Propaganda, Josef Goebbels, se declaró
admirador del cineasta y de sus películas, hasta entonces firmadas con su
nombre auténtico: Detlef Sierck.
Divorciado de Lydia Brinken, con la que tuvo su único hijo,
Detlef Sierck se emparejó con la actriz teatral Hilde Jary. Ésta tuvo que
escapar a Roma, por su origen judío, mientras que la ex esposa del director
-ferviente seguidora de Hitler- le denunció por mantener una relación con
una judía. Decidió poner pies en polvorosa, reunirse con Hilde Jary en Roma, y
posteriormente ambos se mudaron a los Estados Unidos. Desgraciadamente, el
realizador jamás volvió a ver a su hijo, que murió durante la guerra.
En su primer film de Hollywood, Hitler's Madman, firmó por primera vez como Douglas Sirk -su nombre
americanizado-. En este drama bélico, un grupo de ciudadanos checos se resisten
a los invasores nazis y planean asesinar al comandante Heydrich.
Tras Extraña confesión,
adaptación de un relato de Chejov, dirige Escándalo en París, biopic del célebre personaje histórico francés
Eugene Vidocq, magistralmente interpretado por George Sanders. Éste protagonizó
también El asesino poeta, la
siguiente película del cineasta.
A principios de los años 50, Sirk acepta trabajar bajo
contrato para Universal, donde tenía completa libertad creativa, hasta el punto
de que logró afianzar su estilo propio y dirigir sus cintas más conocidas.
Desarrolla películas de corte histórico (Atila, Rey de los hunos, Orgullo de raza), musicales (Meet Me at the Fair), comedias (¿Alguien ha visto a mi chica?) y
westerns (Take Me to Town, Raza
de violencia).
Pero Sirk destacó sobre todo en el terreno del melodrama.
Barbara Stanwyck fue una mujer en busca del perdón de sus hijos, en Su gran
deseo. La actriz repitió a sus órdenes en Siempre
hay un mañana. Rock Hudson y Jane Wyman -su
pareja ideal de protagonistas- encabezan el reparto de la insuperable Obsesión, sobre un millonario enamorado de la viuda del
doctor que le salvó la vida. El film estaba basado en una novela de Lloyd C.
Douglas que ya había dado lugar a Sublime obsesión, una obra maestra absoluta de John M. Stahl.
Poco después, Sirk no dudó en reclutar a los mismos
protagonistas para Sólo el cielo lo sabe,
una de sus mejores películas, y una de las más recordadas, donde Wyman era una
viuda adinerada que se enamora de un jardinero (Hudson), más joven y humilde
que ella, desatando el chismorreo a su alrededor y la oposición de sus hijos.
Hudson protagonizó también otro de los títulos más
representativos de Sirk, Escrito sobre el viento, en la que el heredero de un imperio petrolífero (Robert Stack) se casa con una mujer
(Lauren Bacall) que también atrae a su amigo y confidente Mitch Wayne (Hudson).
A Sirk le había ido bien versionando al grandioso Stahl, por
lo que en 1956 rodó Interludio de amor,
remake de su película Huracán,
que a su vez estaba basada en una historia de James M. Cain.
No sería la última vez que Sirk actualiza a Stahl. Tras Ángeles
sin brillo, con espectaculares secuencias
aéreas, y el drama bélico Tiempo de amar, tiempo de morir, Sirk cerró su filmografía con Imitación a
la vida, un remake de Imitación
de la vida de Stahl. A pesar del excelente
recibimiento, dejó Estados Unidos por problemas de salud, y también porque no
se encontraba a gusto en los años de la Caza de Brujas. Como tampoco quería
regresar a Alemania, pues consideraba que seguían estando en el poder muchos de
los que mandaban durante el nazismo, se instaló en Suiza. Desde entonces dedicó
su vida al teatro, y regresó ocasionalmente a la gran pantalla con algún
cortometraje. Murió el 14 de enero de 1987 en su residencia suiza.