Ha creado imágenes para la pantalla que son
auténticas obras de arte y no tienen nada que envidiar a las de los maestros de
la pintura. Gordon Willis es uno de los grandes directores de fotografía de
todos los tiempos, y sin duda el más influyente de los años 70, y las
siguientes décadas. Sus contraluces dejan boquiabiertos a los espectadores,
mientras que Woody Allen le ha calificado como un 'mago de la luz'.
Natural del barrio más extenso de Nueva York, Queens, Gordon
Willis (28 de mayo de 1931) era hijo de un maquillador que trabajó para Warner
Bros. Al terminar sus estudios en el instituto Manhasset de su ciudad natal,
probó fortuna como actor y constructor de decorados en el teatro, aunque era un
apasionado de la fotografía desde joven. A principio de los 50, se alistó en
las Fuerzas Aéreas, donde ejerció de fotógrafo durante la Guerra de Corea.
Cuando se licenció, la industria de la televisión echaba a andar y a Gordon
Willis no le faltó trabajo como ayudante de cámara para trabajos variopintos.
"Esos días encontrabas trabajo fácilmente como operador de documentales y
anuncios publicitarios. Y en mi opinión no he podido tener una escuela mejor",
declaró Willis.
En 1970, Willis debutó como director de fotografía en el
cine con End of the Road, un drama con
Stacy Keach. Enseguida se encontró con uno de los directores que mejor ha
sabido explotar su talento, Alan J. Pakula, que le reclutó para Klute, un durísimo thriller por el que Jane Fonda ganó el
Oscar, al interpretar a una prostituta. El estilo de Willis, tan artístico como
realista, marcó la década de los 70. Y su talento llamó tanto la atención que
justo a continuación recibió una llamada del mismísimo Francis Ford Coppola,
que quería reclutarle para una película que preparaba por aquel entonces y que
se iba a titular El padrino. El
resto es historia con mayúsculas del Séptimo Arte. Los fabulosos contrastes
visuales de Willis convirtieron el film en una experiencia inolvidable para los
cinéfilos. Repitió como operador de cámara en un estilo muy similar en las dos
secuelas, aunque curiosamente Coppola -siempre preocupado por dar un aire
diferente a todas sus películas- sólo le ha llamado para rodar el periplo de la
familia Corleone.
Según recuerdan quienes han trabajado con él, Willis es un
tipo irritable, que en su afán perfeccionista sufría continuos ataques de ira,
pero no paraba hasta que encontraba el encuadre y la iluminación ideal. No la
mejor para su propio lucimiento, sino la que mejor expresaba lo que tenía que
narrar el plano en cuestión. En la industria le apodaron 'El Príncipe de las
Tinieblas', por su tendencia a usar sombras hasta el punto de que no se suelen
ver los ojos de los actores. Curiosamente, entre 1971 y 1977, siete de los
incomparables filmes que él rodó acumularon 39 nominaciones al Oscar, y tres de
ellos (El padrino, El padrino
II y Annie Hall) triunfaron en la categoría de mejor película,
hazaña que posiblemente no habrían alcanzado sin su esmerada labor. Y sin
embargo, a él ni siquiera llegaron a nominarle. Sólo obtuvo posteriormente dos
infructuosas candidaturas, por Zelig
y El padrino III.
Casado
y con tres hijos, su última colaboración con Pakula, la citada La sombra del
diablo, supuso su último trabajo en el cine. Es posible que precipitara su
decisión de jubilarse la inesperada muerte de Pakula en accidente de coche,
pero el caso es que desde entonces no ha vuelto a ponerse detrás de las
cámaras.