John Martin Feeney (verdadero nombre del maestro) fue el
decimotercer hijo de un matrimonio de emigrantes irlandeses que regentaban una
taberna. Según consta en su partida de nacimiento, nació el 1 de febrero de
1894, en Cape Elizabeth, una ciudad costera de Maine. De pequeño era un mal
estudiante, pero sus gafas de concha le daban un aspecto tan serio, que su
padre siempre pensó que se ordenaría sacerdote. Tras la adolescencia, se
convirtió en un muchacho tremendamente fuerte y ancho de espaldas, apodado
'Toro Feeney", por sus compañeros del equipo de fútbol. En el instituto
manifestó un interés especial por las clases de Historia de los Estados Unidos,
sobre todo cuando se enteró de la gran cantidad de irlandeses que lucharon en
la guerra de la Independencia. En esta época empezó a desarrollar la pose de
hombre rudo, con la que trataba de disimular su personalidad de artista
sensible. Es decir, que en esencia el verdadero Ford era como Ethan Edwards y
Sean Thornton, los protagonistas de
Centauros del desierto y
El hombre tranquilo.
El joven Ford encaminó sus primeros pasos profesionales
hacia el mundo de la publicidad, pero pronto recaló en la Meca del cine. Cuando
el director francés Jean-Luc Godard le preguntó en una entrevista qué le llevó
a Hollywood, Ford respondió de forma concisa: "Un tren". En realidad, se fue
siguiendo los pasos de su hermano, Francis Ford, actor, guionista y cineasta en
Universal, que le dio trabajo en sus películas, a veces como intérprete, pero
también como ayudante de dirección. En 1917, escribió, protagonizó y dirigió su
primer corto, el western mudo The Tornado,
en cuyos títulos de crédito firmaba como Jack Ford. Causó tan buena impresión
en Universal, que pronto le pusieron al frente de largometrajes, como The
Fightin Gringo, el primero de los más de
130 que llegó a rodar. Estaba protagonizado por Harry Carey, una de las
estrellas del cine del oeste de la época muda. Durante los años 20, Ford fue
aprendiendo el oficio, y aunque todavía partía de guiones simplones, desarrolló
su particular estilo, que consistía en seleccionar el encuadre ideal y dejar
hacer a los actores, a los que dirigía con una gran habilidad. Se consagró con El caballo de
hierro, donde narraba las dificultades que
tuvieron los operarios que el ferrocarril, con imágenes cercanas al documental. Por aquella época, conoció
a la mujer de su vida, Mary McBryde Smith, joven de origen irlandés, que
descendía de Tomás Moro, y aunque no se pudieron casar por la iglesia, pues
ella era divorciada, le acompañaría hasta su muerte. El matrimonio tuvo dos
hijos, ambos dedicados al cine, pues Patrick Michael se hizo productor de
subproductos de serie B y Barbara montadora.
Aunque a partir de la llegada del sonoro, es difícil
encontrar una película decepcionante de John Ford, y abundan las obras
maestras, la época más importante, decisiva e influyente del maestro fueron los
30, donde se gestaba el cine tal y como lo conocemos. Durante la época de la
Gran Depresión, el cineasta perfecciona su lenguaje fílmico en sus películas,
casi siempre escritas por los guionistas Dudley Nichols y Nunnally Johnson.
Destaca La patrulla perdida, centrada en
la presión psicológica a la que se ven sometidos los protagonistas, integrantes
de una patrulla inglesa, perdidos en el desierto, donde están siendo acosados
por un enemigo al que no logran ver. Igualmente interesante es El
delator, rodada en decorados que
reconstruían la ciudad de Dublín, en la que un tipo ha denunciado a la policía
al líder del grupo nacionalista irlandés del que ha sido expulsado. Su película
más influyente es La diligencia,
de 1939, que transformó para siempre no sólo el western, sino también el cine
de acción. Hasta entonces, las películas del oeste eran intrascendentes
espectáculos de acción, casi siempre de serie B. Pero Ford narra en el primer
western psicológico los conflictos dramáticos que sufren varios personajes, tan
realistas como interesantes, que por diversos motivos, coinciden en una
reducida diligencia, rumbo a la ciudad de Lordsburg. Por su interpretación de
Ringo Kid, el hombre que va al encuentro de los que mataron a su familia, John
Wayne se convirtió en una estrella, y también en el actor fetiche de John Ford,
pues el director le consideraba "el mejor actor de Hollywood" y el hombre que mejor
le representaba a sí mismo en la pantalla. Fue la primera película que el
director rodó en Monument Valley, en la frontera de Utah con Arizona, donde
regresó en numerosas ocasiones, para otros rodajes. Allí, se hizo amigo de los
navajos, a los que contrató como extras, pagándoles las tarifas establecidas
por el sindicato. Los pieles rojas le consideraban miembro honorario de la
tribu, pues les dio trabajo durante muchos años, y le pusieron el nombre indio
Natani Nez, que significa "jefe alto".
En Hombres intrépidos,
basada en varias obras de teatro cortas de Eugene O'Neill, Ford también contaba
los problemas de muchos personajes, en situaciones extremas, concretamente
estaba protagonizada por la tripulación de un barco cargado de municiones. En
esta época también rodó El joven Lincoln, con Henry Fonda interpretando a Abraham Lincoln cuando era un
prometedor abogado que no sabía que llegaría a ser presidente de los Estados
Unidos. Las uvas de la ira es una
de sus películas más valiosas, pues salió airoso de un reto impensable para
cualquier director, triunfar con la adaptación de una obra maestra de John
Steinbeck, peso pesado de la literatura americana. Se trata además de un
atípico drama social, rodado en 1940, cuando aún se notaban las consecuencias del
Crack del 29, y el público prefería ver musicales, westerns o comedias
distendidas para evadirse de sus propios problemas. También se basaba en un
libro de éxito, esta vez de Richard Llewellyn, el drama Qué verde
era mi valle, con Walter Pidgeon y Maureen
O'Hara.
Aunque Ford tenía fama de tratar a los actores duramente en
los rodajes, acentuando su pose de tipo duro, y convirtiéndose en un dictador,
lo cierto es que mantenía una gran amistad con muchos de ellos. A diferencia de
otros directores, Ford solía trabajar con los mismos actores, a los que siempre
sabía darles ese personaje que les venía al pelo. A los habituales de sus
películas se les llama 'Compañía Estable de John Ford', término normalmente
usado en el teatro. Los que hayan disfrutado de más de una película de Ford, se
habrán fijado en que los secundarios casi siempre son los mismos: su hermano
Francis Ford, Ward Bond, Ken Curtis, Victor McLaglen, Mae Marsh, Woody Strode y
alguno más, mientras que también repetía con algunos de los actores principales,
como Henry Fonda, que protagonizó nueve de sus películas, y sobre todo John
Wayne, presente en una veintena de films, los primeros como extra.
Las raíces irlandesas del creativo realizador explican la
temática de su obra, que siempre gira en torno a la lealtad, la camaradería, la
familia y sobre todo la tradición. Periodistas y autores que han escrito sobre
Ford siempre han pensado que era conservador, del partido republicano, sobre
todo porque sus mejores amigos, John Wayne, James Stewart y Ward Bond sí que lo
eran. Sin embargo, sus familiares han declarado muchas veces que esto es
completamente falso, pues se declaraba como un activista liberal. En una
ocasión escuchó una conversación entre John Wayne y Victor McLaglen, que
criticaban muchísimo a Roosevelt, durante una pausa de un rodaje. No dudó en
increparles: "Todos vosotros habéis ganado vuestro dinero durante la era de
Roosevelt". A partir de ese momento, Wayne, que apreciaba mucho a su maestro,
decidió eludir la política cuando estaba con él.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Hollywood también
colaboró en la lucha contra los nazis, sobre todo produciendo propaganda
bélica. Los mejores directores del momento son reclutados por el ejército,
entre ellos John Ford, que alcanzó el grado de comandante, dedicándose a
documentales sobre la marina, mientras el coronel Frank Capra rodaba sobre la
infantería y el mayor William Wyler hacía lo propio con el ejército del aire.
Al término de la contienda, Ford siguió cosechando éxitos,
como Pasión de los fuertes, Los
tres padrinos, Mogambo , El hombre tranquilo y El fugitivo, pero tanto él como otros ilustres directores de su generación fueron
desplazados por nuevos talentos, los miembros de la generación perdida: Elia
Kazan, Billy Wilder, John Huston. Ford supo plasmar mejor que nadie en la
pantalla lo que sintieron los grandes pioneros que hicieron avanzar al cine
cuando fueron sustituidos por intelectuales, en películas como La
legión invencible (que conforma la trilogía
de la caballería, con Fort Apache
y Río Grande) donde un capitán a
punto de jubilarse impide el avance de los indios, gracias a su veteranía. En Centauros
del desierto, el curtido ex militar Ethan
Edwards tiene dificultades para encajar en la sociedad de postguerra y la mujer
de la que estaba enamorado prefirió casarse con su hermano, un hombre más
hogareño. En El hombre que mató a Liberty Valance (para quien firma estas líneas la mayor obra maestra
entre las grandes obras maestras de Ford), Tom Doniphon, el personaje de John
Wayne, es un héroe abrupto, imprescindible para pacificar la ciudad, que ha
quedado desplazado por la llegada del progreso, por una sociedad que necesita
hombres como Ransom (James Stewart).
Aunque John Ford nunca fue tan popular para el gran público
como Alfred Hitchcock, sus películas siempre triunfaron en taquilla, por su
calidad, y porque estaban protagonizadas por actores como John Wayne, que era
una gran estrella. Se le recuerda sobre todo por sus westerns (Dos cabalgan
juntos, Misión de audaces, Caravana de paz, su episodio de La conquista del oeste). En realidad, cultivó géneros dispares como el
drama (El último Hurra, Un
crimen por hora), la comedia (La
taberna del irlandés), la comedia dramática
(El hombre tranquilo, Relatos
de Irlanda, La ruta del tabaco), el biopic (Escrito bajo el sol, Cuna de héroes), el cine de aventuras (Mogambo, Corazones indomables) y
se prodigó muchísimo en el cine bélico (No eran imprescindibles, Escala en Hawai, El precio de la gloria, La batalla de Midway). Cuentan que cuando rodaba una de sus películas
tuvo que ser operado de cataratas. Pero su pasión por el cine era tan grande,
que se quitó la venda antes de tiempo, para retomar el rodaje antes de tiempo,
desobedeciendo las advertencias del médico. Al final acabó perdiendo la visión
en un ojo, lo que explica su característico parche. En cualquier caso, no está
comprobada la veracidad de esta anécdota, pues el mismo John Ford disfrutaba
despistando a sus biógrafos inventándose datos contradictorios sobre su vida.
Al
final de su carrera, Ford estaba preocupado por algunas críticas que le habían
acusado, a veces sin haber visto su obra, de racista y machista. Quizás esto
explica películas como
El sargento negro, protagonizada por un
afroamericano injustamente sometido a consejo de guerra acusado de dos
asesinatos y una violación,
El gran combate, donde
reflejó las injusticias que se cometieron con los cheyennes, maltratados y
condenados a vivir en la misería en una reserva de Oklahoma, y
Siete mujeres, sobre un
grupo de misioneras en Manchuria, durante la guerra entre China y Mongolia. El
cineasta murió de cáncer de estómago el 31 de agosto de 1973, cuando el cine se
transformaba por completo.