El cine cuenta historias, y sus protagonistas son personas. Joseph L. Mankiewicz nunca lo olvidó, ya transitara por comedia, thriller, drama, western o musical, ya ejerciera de productor, guionista, y/o director.
Joseph L. Mankiewicz (1909-1993) nació en Wilkes-Barre, Pensilvania. Como su hermano Herman, Oscar por el guión de Ciudadano Kane, fue corresponsal del Chicago Times en Berlín en los años 20, y por su conocimiento del idioma se hizo rotulista de filmes alemanes. Al final de esa década partió a Hollywood.
La mala salud de Ernst Lubitsch llevó a Mankiewicz a debutar como director en El castillo de Dragonwyck (1946). En este film, y en los que siguen con él tras la cámara, destaca su esfuerzo por mostrar personas: "Intento no distorsionar la vida o la conducta de los seres humanos confiriéndoles, por medio de la técnica, una forma preconcebida", dijo. Frente a otros cineastas como Clint Eastwood, que dan un tono fatalista a sus historias, Mankiewicz apuesta por la libertad humana. Lo señalaba Eric Rohmer al hablar de El americano tranquilo (1958): "Desde el momento en que la voluntad se establece como parte principal de la intriga, los héroes ya no son los seres inertes marcados por coordenadas inalterables de la novela [de Graham Greene]".
Son fabulosas sus exploraciones del teatro (Eva al desnudo, 1950) y el cine (La condesa descalza, 1954). Sus retratos femeninos son delicadísimos en esos filmes, y también en El castillo de Dragonwyck, El fantasma y la señora Muir (1947), Carta a tres esposas (1949), De repente, el último verano (1959), Cleopatra (1963) y Mujeres en Venecia (1967). Y en retratos de hombres no va a la zaga El mundo de George Appley (1947), Odio entre hermanos (1949), la shakespeariana Julio César (1953) y La huella (1972). Su puesta en escena es elegante y sin alardes, al servicio de la historia y los personajes.
"Creo que puede decirse que he estado en el inicio, ascenso, pico, colapso y fin de las películas habladas." Esta frase de Mankiewicz dice mucho de su pena por el declive del cine, más preocupado en los efectos especiales que en construir una buena historia. Así se entiende el cinismo del western carcelario El día de los tramposos (1970) y de la adaptación de la obra de Shaffer La huella, donde el enfrentamiento entre esposo mayor (Laurence Olivier) y amante joven (Michael Caine) bien podía entenderse en clave generacional y cultural.