Actor maduro con sempiterno aspecto de adolescente,
que tras cultivar su vis más cómica y gamberra en sus primeras películas ha
empezado a interpretar papeles de mayor hondura.
Junto a talentos consagrados como
Leonardo Sbaraglia o Ernesto Alterio, el bonaerense Juan Diego Botto forma
parte de esa generación de actores llegados de Argentina, pero cuya carrera
cinematográfica se ha gestado y sobre todo se ha desarrollado en España. En el
caso, de Juan Diego Botto, su aspecto de joven revoltoso y rebelde, con cierta
de vena de irresponsable, le ha hecho adecuado para formar parte de muchos
filmes españoles que primaban ese tipo de papeles.
Nacido en Buenos Aires (Argentina)
el 29 de agosto de 1975, Juan Diego es hijo de los también actores, Diego y
Cristina. Muy pronto le alcanzó la tragedia al futuro intérprete, pues en 1977,
cuando tenía sólo dos años, su padre fue asesinado por la Junta Militar de la
dictadura argentina. Tras esa terrible pérdida, su madre Cristina decidió huir
del país y marchó a España, junto con sus dos hijos, María y Juan Diego, que ya
había cumplido cuatro años. Ya en Madrid estudió interpretación en la escuela
en donde daba clases su madre y posteriormente amplió estudios en Nueva York.
Juan Diego Botto se define políticamente de izquierdas y es de los que milita
activamente, como ha demostrado al dirigir un segmento del documental electoralista
¡Hay motivo! (2004).
Empezó su carrera muy temprano,
con leves apariciones en películas muy mediocres, como Martes y trece, ni te
cases ni te embarques (1982) o Juego de poder (1983). Mayor envergadura
tuvieron sus siguientes proyectos, Los motivos de Berta, de José Luis Guerín, y
El río de oro, de Jaime Chávarri. Como adolescente formó parte después de otras películas de cierto
renombre en los años finales de la década e los 80, como fueron Si te dicen que
caí, adaptación de la novela de Juan Marsé; Cómo ser mujer y no morir en el
intento, ídem de la novela de Carmen Rico-Godoy; o incluso 1492. La conquista
del paraíso, de Ridley Scott, en donde interpretó al mismísimo hijo de
Cristobal Colón. Además protagonizó por aquellos años la serie de televisión
franco-norteamericana Las nuevas aventuras del Zorro, que contó con nada menos que 87
capítulos. Pero las cosas no empezaron a cambiar de verdad para el actor, hasta
que Montxo Armendáriz le fichó para protagonizar Historias del Kronen, oscura adaptación de la novela de José Ángel Mañas. Botto interpreta a Carlos, un
joven que lleva hasta el límite sus experiencias con las drogas, el sexo y el
alcohol. El film definía a un tipo de juventud española, desnortada y sin
ideales, cuya vida era tan sólo una huida ciega hacia adelante.
Tras ese papel, el rostro del
actor se hizo más célebre y comenzó una época de relativo renombre, aunque en
general sus películas no alcancen una gran calidad y abusen de las groserías y las subidas de
tono: fue Calixto en la versión de La celestina de Gerardo Vera, apareció en la
comedia homosexual Más que amor, frenesí y se "acomodó" En brazos de la mujer
madura con Faye Dunaway. En 1997 subió un peldaño con la notable Martín
(Hache), sólido drama de su compatriota Adolfo Aristarain, con quien volvería a
trabajar felizmente siete años después en Roma (2004). Aunque siguió haciendo algunas comedias, como Sobreviviré, los directores ya contaban con él para otro tipo de
papeles más enjundiosos: de tipo inquietante -Plenilunio (1999), según la novela de Antonio
Muñoz Molina o Trece campanadas (2002)- o en dramas de mayor entidad, como Pasos de baile (2002), dirigida por John Malkovich. Montxo
Armendáriz, uno de los directores que más a sabido sacar partido a su talento, volvió a
ponerlo en la palestra con dos películas más que dignas: Silencio roto (2001),
la historia de un maquis, y Obaba (2005), colección de estampas ambientadas en
el pueblo creado por el escritor vasco Bernardo Atxaga.