Había una vez, un
tiempo en el que en España había productoras de cine, que no vivían de las
subvenciones sino de llevar al público a las salas. En la época de la
legendaria Cifesa, el director que más conectaba con los espectadores fue Juan
de Orduña, una figura a reivindicar, injustamente olvidada.
Nacido en la capital de España el 27 de diciembre de 1900,
en una aristocrática familia, Juan de Orduña y Fernández-Shaw deseaba ser actor
desde muy pequeño, cuando su padre le instaló en el jardín de su casa un
pequeño teatrillo con el que contaba historias a sus familiares en improvisadas
funciones. Estudió bachillerato en el castizo instituto San Isidro, y aunque
empezó Ingeniería de Caminos -la carrera de su padre-, pronto la abandonó para
cursar Derecho.
Pero sólo pensaba en ser actor, por lo que finalmente decide
lanzarse a los escenarios y logra ser aceptado en la compañía de Emilio Thuiller,
uno de los grandes de la época. Pasa de secundario a ser primer galán y a tener
su propia compañía. Aunque por aquella época pensaba que el cine -aún en la
época muda- era un entretenimiento de segunda categoría, finalmente en 1924
acepta intervenir en La revoltosa y La chavala, ambas de Florián Rey, y también
en La casa de la Troya, donde Rey
ejercía como actor. Ambos se hicieron grandes amigos y el madrileño acabó
siguiendo la estela del aragonés como actor reciclado en realizador.
El gran éxito como actor mudo de Orduña fue Boy, de Benito Perojo, que tuvo
repercusión internacional. La vio en Francia Jean Renoir que estuvo a punto de
reclutar a Orduña para su famosa Nana,
pero éste tuvo que desistir porque fue llamado al servicio militar obligatorio.
A la vuelta a la vida civil debuta como director con Una aventura de cine, con guión de Wenceslao Fernández Flórez. Fue
también Pompeyo Pimpollo, el linotipista que quería ser estrella de cine de El misterio de la Puerta del Sol, del
onubense Francisco Elías, primera película española sonora. No acababa de
sentirse cómodo como actor con la llegada del sonido, por lo que poco a poco
abandona esa faceta, aunque en 1935 interviene en la emblemática Nobleza baturra, de Florián Rey (que
mucho después versionaría como director).
Tras el paréntesis de la Guerra Civil, Orduña se prodiga
cada vez menos como actor, y dirige Porque
te vi llorar, drama sobre una joven violada y sobre todo el drama castrense
sobre la camaradería masculina ¡A mí la
legión!, su primer gran éxito como realizador, con un gran trabajo de
Alfredo Mayo, que se estaba convirtiendo en la gran estrella del cine español
de los 40. "Donde me encuentro más a mí mismo es en la dirección",
dijo Orduña.
Mayo volvería a ponerse en sus manos en la intrascendente
pero encantadora comedia romántica Deliciosamente
tontos, junto a una de las actrices de mayor tirón en la postguerra, Amparo
Rivelles. Volvió a tener una gran aceptación, así como la también desenfadada Ella, él y sus millones. Salió airoso de
su incursión en el cine religioso con Misión
blanca, con Fernando Fernán Gómez, sobre misioneros en Guinea.
Curiosamente Orduña no se permite grandes alardes técnicos,
sus planos no pasan de académicos y correctos, pero sin embargo conecta como
ningún otro realizador español de la época con los gustos del público. A Orduña
le traían suerte especialmente las adaptaciones teatrales, como Un drama nuevo, basado en la obra de
Manuel Tamayo y Baus, y La Lola se va a
los puertos (1947), a partir del texto de los hermanos Antonio Machado y
Manuel Machado.
Pero Orduña será recordado sobre todo por sus producciones
históricas de presupuesto relativamente abultado (enorme en comparación con la
media del cine español). Su mayor 'bombazo' y posiblemente su mejor título es
la célebre Locura de amor, también basada
en otro texto de Tamayo y Baus, que encumbró a Aurora Bautista, como Juana la
Loca. Repitió con esta actriz -y también con Jorge Mistral y Sara Montiel- en Pequeñeces, drama en los tiempos de
Amadeo de Saboya que constituye una de las cumbres de su filmografía, y que es
de las que mejor ha resistido el paso del tiempo. Y puesto que seguía dando
dinero en las taquillas, volvió a recurrir a Bautista para que fuera la
protagonista de Agustina de Aragón,
de impactante arranque con la heroína defendiendo Zaragoza con un cañón.
Las falsedades históricas de Christopher Columbus, con Fredrich March como Colón, provocaron que
Cifesa pusiera en marcha Alba de América,
con la que Orduña no logró contentar tampoco a todos, ya que alguna asociación
protestó porque en su opinión empequeñecía a Fernando el Católico. Cuando
terminó el montaje sufrió un aparatoso accidente de tráfico que le dejó tres
meses hospitalizado, durante los que tuvo tiempo de pensar que quería hacer un
cine a ser posible más humano.
Orduña fue un autor prolífico. Tuvo tiempo de adaptar a
Vicente Blasco Ibáñez, en Cañas y barro
(1954), y a Pío Baroja, en Zalacaín
el aventurero. Volvió a la temática religiosa con la adaptación de la obra
de Carlos ArnichesEl padre Pitillo,
y con su interesante Teresa de Jesús
(1961), biografía de la carismática santa de Ávila en la que recupera a
Aurora Bautista. También puso mucho empeño en rodar una nueva versión de Nobleza Baturra (1965), que no llega a
la altura de la que rodó como actor.
Cuando se enteró de que su gran amiga Sara Montiel, que
acababa de rodar en Hollywood Veracruz
y Yuma, estaba de vacaciones en
España, aprovechó para pedirle el favor de que protagonizara a sus órdenes El último cuplé. Tuvo una repercusión
tan enorme que su protagonista ya no regresó al cine americano, sino que se
quedó en su país para rodar filmes similares.
Terminó su carrera rodando 13 adaptaciones de clásicas
zarzuelas para TVE, la comedieta al servicio de Lina MorganLa tonta del bote, y Me has hecho perder el juicio, insulsa
españolada a mayor gloria de Manolo Escobar. Falleció el 3 de febrero de 1974,
tras sufrir un infarto de miocardio. Numerosas personalidades del cine, como
las actrices Aurora Bautista y Sara Montiel, le dieron su último adiós en el
sepelio en el madrileño cementerio de la Almudena. "Silencio, hoy no se
rueda", tituló el rotativo Abc.