No tiene una amplia filmografía, ni es una estrella
mediática al uso, pero Katharine Ross tiene en su honor el haber rodado un par
de películas emblemáticas que la han inmortalizado en el cine para siempre.
Es difícil que su hermosura pase desapercibida. Pero es una
belleza sencilla, nada llamativa ni exótica, asentada en un rostro agradable y
risueño, con ojos de mirada profunda, verdes amarronados, y una piel delicada,
pecosa y clara, como corresponde a una pelirroja. En conjunto sus facciones
denotan ternura, feminidad y un corazón a flor de piel, lo que causa en el
espectador cierta sensación de criatura desvalida, a quien hay que cuidar. Los
mejores papeles de Katharine Ross forjaron precisamente este perfil tierno con
el que se le recuerda.
Nacida en Hollywood, California, el 29 de enero de 1940,
Katharine Juliet Ross era hija de un empleado de la Marina de Estados Unidos
que no estuvo presente en su alumbramiento, pues se encontraba de servicio
lejos de allí. Debido a la profesión de su padre, la familia viajó por el país
durante un tiempo, hasta que finalmente se instalaron en las afueras de San
Francisco, en donde la joven Katharine estudió en el colegio y en el instituto.
Fue en el Diablo Valley College en donde por primera vez tomó parte en una
película estudiantil. Más tarde, comenzó a trabajar de suplente en un taller de
actores y comenzó a hacer sus primeros castings.
Tras aparecer levemente en algunos episodios de teleseries,
como Sam Benedict o El
virginiano (serie), obtuvo su primer papel
para el cine en una excelente película del oeste: El valle de la
violencia. La actriz, entonces de 25 años
interpretaba a la cuñadita de James Stewart, que era atacada por una partida de
bandidos durante la Guerra Civil americana. Dos años después aparecería entre
el reparto de la comedia Dominique,
protagonizada por Debbie Reynolds, y del thriller La mujer sin rostro, de Delbert Mann. Y fue al año siguiente cuando su
rostro se hizo conocido para el gran público. Primero con la turbadora La
muerte llama a la puerta, inquietante cinta
de Curtis Harrington en la que interpretaba a la esposa de James Caan y sufría
la presencia siniestra de Simone Signoret, y después con la mítica El
graduado, convertida en clásico de los 60.
En esa emblemática y aún hoy escandalosa película de Mike Nichols, Katharine
era la bondadosa Elaine, enamorada de Dustin Hoffman e hija de la manipuladora
y ladina Anne Bancroft. Ese film supuso sin duda dio lugar a su momento de
mayor esplendor. Al año siguiente acompañaría a John Wayne en una atípica
película del actor, Los luchadores del infierno, en la que interpretaba a la hija de un ya talludito
bombero. Y entonces llegó 1969 y compuso uno de los papeles más recordados y
deliciosos de su carrera, el de Etta Place de Dos hombres y un
destino. Pocas veces estuvo Katharine tan
cautivadora como en este film en que enamoraba a una de las parejas de
fugitivos más divertidas y conseguidas de la historia del cine. Para el
recuerdo queda la escena en que Katharine montaba en el manillar de la
bicicleta que conducía Butch Cassidy (Paul Newman) minetras sonaba el tema
musical "Raindrops Keep Falling of My Head". Verdaderamente memorable. Antes de
acabar la década rodó un título más con Robert Redford, la muy estimable El
valle del fugitivo, dramático western de
Abraham Polonsky
Pero con el inicio de los años 70, la
carrera de Katharine, que nunca fue muy prolífica, comenzó a menguar en
popularidad. Quizá se debió a una mala elección de títulos, tales como Locos (1970), Sólo matan a su dueño (1972), El azar y la violencia (1974). Con The Stepford Wives (1975) -de la que se hizo una versión cómica
años después, protagonizada por Nicole Kidman y titulada Las mujeres
perfectas-, y tras el notable
drama The Betsy, la guapa actriz de
California comenzaría una andadura bastante discreta en filmes de terror y
suspense que poco a poco fueron minando su prestigio, aunque ella siempre
mantuvo el favor del público. Así llegaron El enjambre y El legado en 1978 y El final de la cuenta atrás en 1980. Luego, como si fuera presagio de su
ocaso prematuro -piénsese que Katharine sólo tenía 40 años- su carrera se
centró casi exclusivamente en telefilmes. Participó así en Rodeo Girl (1980), The Shadows Riders (1982), Secrets of a Mother and Daughter (1983) o La independencia de Texas (1986). Fue también una de las protagonistas de
la exitosa serie Los Colby (1985-1987). En 1991 rodó Conagher, séptima participación en una película con Sam
Elliott, su marido desde 1984 y con quien tiene un hijo. Antes estuvo casada
otras dos veces, pero los dos matrimonios acabaron en divorcio. Su última
aparición destable en el cine fue en la película de culto Donnie Darko, en donde interpretaba a una doctora.