Luchino Visconti fue
el hombre de las grandes contradicciones. El aristócrata marxista, tan
mujeriego como homosexual, recoge las preocupaciones sociales del Neorrealismo,
movimiento del que es uno de los representantes más ilustres, pero se desmarca
del estilo cercano al documental de los demás realizadores mostrando una enorme
preocupación por la estética y la belleza de sus imágenes. Describió como nadie
los sueños de la clase humilde y la decadencia de la aristocracia.
Nacido en Milán, Italia, el 2 de noviembre de 1906, Luchino
Visconti di Modrone, era hijo del conde de Lonate Pozzolo, título que
posteriormente él mismo heredaría. Creció en un entorno refinado, entre obras
artísticas y asistencias a la ópera, y recibió una buena educación,
especialmente en el terreno musical. Sus progenitores tenían como amiguetes a "bestias
pardas" como el músico Arturo Toscanini, el compositor Giacomo Puccini o el escritor
Gabriele D'Annunzio.
Así las cosas resulta un tanto exagerada la opinión que
publicaría sobre él un crítico del Village Voice: "La principal pasión del
conde Luchino Visconti era criar caballos, hasta que Coco Chanel le presentó a
Jean Renoir". Aunque es cierto que quedó deslumbrado por el talento del
realizador francés, pues se trasladó a París para ejercer como asistente de
dirección suyo en Una partida de campo.
Cuando hubo aprendido el oficio debutó a lo grande con la
redonda Obsesión (1943), que supuestamente
inauguró el neorrealismo según algún historiador marxista -corriente de
pensamiento a la que pertenecía el propio Visconti-. Y aunque es una pieza
fundamental en la génesis del movimiento, aún falta mucho para llegar a los
postulados estéticos y temáticos de Roma,
ciudad abierta, verdadera obra inicial neorrealista. La ópera prima del
realizador versionaba de forma apócrifa la novela de James M. CainEl cartero siempre llama dos veces,
aunque la acción se situaba en Italia.
Tras la eclosión de este tipo de cine, Visconti rueda en
Sicilia la conmovedora La tierra tiembla,
una auténtica obra maestra con actores no profesionales sobre un pescador que
intenta a duras penas establecerse por su cuenta. Financiada parcialmente por
el Partido Comunista, era parte de un ambicioso proyecto que debía constar de
tres entregas, que nunca se rodaron, sobre otros trabajadores en apuros en
espera de la revolución. A la temática social del cine de Rossellini, De Sica y
otros maestros, Visconti aportaba su delicadeza estética.
La fiebre del neorrealismo era tan grande que Visconti
retrató el fenómeno en la impecable Bellísima,
sobre la obsesión por la fama generada porque actores no profesionales
triunfaban en el cine. Anna Magnani encarnaba a una madre empeñada en que su
hija trabaje en el cine. El ciclo neorrealista se cierra con la legendaria Rocco y sus hermanos, con un joven Alain
Delon y una casi debutante Claudia Cardinale en un papel muy secundario, en
torno a una familia sureña del campo que emigra a la ciudad.
Antes de esta última había rodado Senso, que marca un nuevo camino, ya que adapta una novela de
Camilo Boito en torno a una aristócrata italiana, que se enamoraba de un
oficial rival, pues pertenece al ejército austríaco. Ya mostraba el que se
convertiría en su tema más recurrente, la decadencia como clase dominante de la
aristocracia, que aquí aparecía codiciosa, insolidaria y colaboracionista con el
enemigo.
Posiblemente, su gran obra maestra sobre este asunto es El gatopardo, impecable adaptación de la
famosa novela de Giuseppe Tomasi Di Lampedusa, sobre un príncipe empeñado en
casar por conveniencia a su sobrino con una rica heredera. Tardó dos años en
finalizar el rodaje, pero ganó la Palma de Oro en Cannes. En este film Visconti
demuestra ser uno de los grandes maestros del cine, con una realización
impecable que alcanza su cumbre en la secuencia del vals final con su largo
plano, y una inigualable dirección de actores. Al veterano Burt Lancaster le
abrió nuevos horizontes -en un momento de su carrera en que se enfrentaba a
personajes complejos-, y volvió a sacarles jugo a Delon y Cardinale.
En 1964 Visconti conoció a una figura decisiva en su vida,
el austríaco Helmut Berger, por aquel entonces estudiante de idiomas y
aspirante a actor. Tras convertirse en su amante, Visconti le da uno de los
papeles más importantes de La caída de
los dioses, en torno a una familia adinerada alemana cuyos miembros apoyan
casi todos al nazismo. Berger bordó un personaje poco agradable, nazi y
pederasta. El film contaba también con un excepcional Dirk Bogarde como
empresario.
Berger también protagonizó con Visconti Ludwig (Luis II de Baviera), biopic del monarca Luis II de Baviera
con el que el realizador se sentía identificado por su homosexualidad, y que
estaba obsesionado con el compositor Richard Wagner. En el film también
aparecía otra de las conquistas amorosas de Visconti, Romy Schneider, en una encarnación
realista de su personaje más recordado, la emperatriz Sissy.
Al parecer Berger, convertido ya en amante oficial del
realizador, estaba obsesionado por interpretar al protagonista de Muerte en Venecia, adaptación de la
magna novela de Thomas Mann. El actor llegó a pedir al cineasta Franco
Zeffirelli que intercediera por él, pero Visconti era un hombre de gran
personalidad al que le irritaba muchísimo que pretendieran imponerle nada, así
que finalmente se decantó de nuevo por Bogarde, que realizó uno de sus mejores
trabajos como el profesor Gustav von Aschenbach, deslumbrado por un adolescente
de belleza extraordinaria en la ciudad italiana.
Visconti destacó también como director de teatro y sobre
todo de ópera. Dirigió a grandes figuras como Maria Callas -con la que mantuvo
una relación-, y fue el responsable de trabajados montajes de "La
Traviata", "Ifigenia en Táuride", y "Don Carlos", en
París, Londres y sobre todo en La Scala, de su ciudad natal.
Un ataque cerebral dejó al realizador paralizado en parte. A
pesar de todo, gracias a la ayuda de sus colaboradores, pudo rodar dos
películas, Confidencias (de nuevo con
Burt Lancaster y Helmut Berger, sobre un jubilado que aloja en su lujoso
palacio a unos particulares inquilinos) y El
inocente (1976) (adaptación de la obra homónima de Gabriele D'Annunzio,
sobre dos jóvenes enamorados).
Poco antes del estreno de esta última cinta,
Luchino Visconti falleció en Roma, el 17 de marzo de 1976. El hombre de las
contradicciones tuvo un funeral católico, pero en la plaza de la iglesia de San
Ignacio ondeaban banderas rojas. Su colaborador habitual, el director de
fotografía Pasqualino de Santis dijo tras su fallecimiento: "Con Visconti
muere también un cine que sólo él sabía hacer".