Demostró desde que era muy joven que era una
actriz de primer orden, pero el estrellato se le resistió hasta que Pedro
Almodóvar le tocó con su varita mágica en los 90, cuando Marisa Paredes ya era
una mujer madura. La inmensa capacidad interpretativa de Paredes no ha tocado
techo todavía.
Nacida
el 3 de abril de 1946, la madrileña María Luisa Paredes Bartolomé mostraba una
gran vocación por la interpretación desde muy niña. De hecho, a los catorce
años ya se subía a un escenario, como meritoria, en "Esta noche tampoco", de la
compañía de Conchita Montes.
En
el cine empezó como secundaria en comedias típicamente españolas como Los
económicamente débiles o La tía de Carlos en minifalda. Empezó a adquirir
notoriedad en la pequeña pantalla, en el legendario programa "Estudio 1", que
adaptaba obras teatrales, y en otros espacios muy populares como "Teatro de
siempre", "Novela", Los camioneros y Ficciones.
Sin
embargo, en los 80, y a pesar de ser una actriz de primer orden, cae en cierto
modo en el olvido. "Considero que tuve una etapa de auténtica popularidad,
quizás acrecentada por la televisión, donde trabajé mucho. Pero es injusto que
a una actriz de veintidós años -como era mi caso- se la coja y se le convenza
de que tiene un futuro brillante, se le cree una imagen exitosa que luego a
partir de un momento no se mantiene", declaró la actriz.
En
el cine, Fernando Trueba recurrió a ella para un pequeño papel en su debut, Opera
prima,
mientras que Pedro Almodóvar también la ofreció un papel secundario, como monja
en Entre tinieblas.
También apareció en las cintas Tata mía, Cara de acelga o Tras el cristal, inquietante debut en
el largometraje de Agustí Villaronga, donde era la esposa de un médico nazi.
Pero
su verdadero, lanzamiento le llegó a los 45 años, cuando vuelve a cruzarse con
Pedro Almodóvar, que apuesta fuerte por ella, en Tacones lejanos, donde era una mujer
marcada por su tortuosa relación con el género masculino, que abandonó a su
hija (Victoria Abril) para dedicarse al espectáculo. En su madurez, Marisa
Paredes es todavía mejor actriz, si cabe, que antes, y se consagra como una de
las grandes figuras españolas del momento. Se lucía especialmente en la
inolvidable secuencia en la que cantaba "Piensa en mí", aunque estaba doblada
por la cantante Luz Casal. Al manchego le debe la fama, pero como dijo Pilar
Miró "mucho le debe Almodóvar también a esta gran actriz".
A
partir de ese momento, solicitan sus servicios reputados realizadores españoles
como Gonzalo Suárez (La reina anónima), y también extranjeros, como el francés
Philippe Lioret, que le dio el papel protagonista en En tránsito, el chileno establecido
en Francia Raoul Ruiz que le dio un papel con Marcello Mastroianni en Trois
vies & une seule mort, o el mexicano Arturo Ripstein, que le sacó mucho partido
como secundaria en Profundo carmesí y como esposa del protagonista en El coronel
no tiene quién le escriba. Otro gran director mexicano, Guillermo del Toro, la
convirtió en directora de un orfanato en El espinazo del diablo. En cuanto a directores
extranjeros se refiere, la cumbre de Marisa Paredes fue trabajar con Roberto
Benigni en La vida es bella, donde interpretaba a la madre de Dora, la
mujer que encandilaba al protagonista.
En
el terreno personal, Marisa Paredes estuvo unida al prestigioso realizador
Antonio Isasi-Isasmendi, con quien trabajó en la cinta El perro. Ambos tuvieron una
hija, María Isasi, que siguió los pasos como actriz de su madre, y que se hizo
popular con la serie Amor en tiempos revueltos. Posteriormente se unió
al hombre de cine José María Prado, director de la Filmoteca Española.
La
actriz realizó uno de sus mejores trabajos como escritora de novela rosa
atormentada por su crisis matrimonial en La flor de mi secreto, nuevamente a las
órdenes de Almodóvar, que también recurrió a ella como secundaria en Todo
sobre mi madre
y La piel que habito. Fue también la protagonista de Salvajes, debut de Carlos
Molinero, donde se convirtió en la sufrida tía de jóvenes cabezas rapadas.
Curiosamente, su única sobrina femenina era María Isasi, su propia hija.
Le
tocó ser presidenta de la Academia de Cine en los años más duros, cuando se
desató la polémica porque la entrega de los Goya se convirtió por completo en
una reivindicación del "No a la guerra", como protesta contra la invasión de
Irak. Dimitió en 2003, por compromisos profesionales.
Además
de protagonizar con otras grandes actrices españolas -Verónica Forqué, Carmen
Maura y Mercedes Sampietro- el film Reinas, sobre la relación de varias madres con
sus hijos homosexuales, Marisa Paredes fue la reina de España en la miniserie Felipe
y Leticia: deber y querer, que desató cierta polémica, entre otras cosas por su
interpretación un tanto caricaturesca de doña Sofía -no tanto como la de Juanjo
Puigcorbé como Juan Carlos I-.