Mel
Gibson es de esos cineastas que hacen honor al tópico de que el artista genial
debe ser un hombre atormentado e inclinado a los excesos, buscador de la
belleza y de las más altas metas espirituales, pero incapaz de mantener el tan
deseable equilibrio en la vida personal.
Aunque siempre se alude a Mel Gibson como
cineasta australiano, lo cierto es que nació en Peekskill, Nueva York, un 3 de
enero de 1956. Eso sí, sus ancestros procedían de Australia, y el caso es que
siendo chaval Mel y su numerosa familia -eran once hermanos nada menos, de los
que el cineasta hacía el sexto- se trasladaron a Nueva Gales del Sur, en dicho
país. Realizaría estudios universitarios en Sidney, y también se preparó para
actor en el Instituto Nacional de Arte Dramático, donde tuvo como compañeros a
otros intérpretes ilustres como Geoffrey Rush y Judy Davis.
Mel haría alguna aparición en televisión,
pero era en el cine donde le estaba esperando una fama que llegó casi
inmediatamente por cierto guerrero de un mundo postapolíptico, al que
interpretó en tres filmes a las órdenes de George Miller: Mad Max, salvajes de la autopista (1979), Mad Max 2, el guerrero de la carretera (1981) y Mad Max, más allá de la cúpula del trueno
(1985). Su aparición estelar en estas moviditas películas la conjugó con un
papel más dramático en Tim (1979),
donde trabajó junto a Piper Laurie, y que le valió un galardón en su país. Por
aquella época, 1980, conocería a su esposa Robyn Moore, una enfermera con la
que se casó y tuvo siete hijos. Aquello parecía un matrimonio modélico, pero la
separación llegaría en 2009. Ambos cónyuges han sido muy discretos acerca de la
ruptura, aunque cabe pensar en la inmensa paciencia de ella por el difícil
carácter de él; el caso es que Gibson iniciaría una relación con la cantante
rusa Oksana Grigorieva, con quien ha tenido una niña, cuya custodia se disputan
ahora ambos, pues ella ha acusado a Mel de malos tratos.
Otro cineasta australiano de prestigio
con el que trabajó Gibson fue Peter Weir. Con él consolidó su talento actoral,
al que estaba asociada una innegable fotogenia, de modo que brilló en el
alegato antibelicista Gallipoli
(1981) y en la película de periodistas de guerra El año que vivimos peligrosamente (1982), donde compartió planos
con Sigourney Weaver.
La llamada de Hollywood llegó enseguida
para Mel, y su primera incursión en el cine de allá fue con Motín a bordo (1984), revisión de las
andanzas en el mar del Bounty, junto a un entonces poco conocido Anthony
Hopkins. Le seguiría Cuando el río crece
(1984), una de agricultores con Sissy Spacek, y sobre todo el inicio de la saga
de Arma letal (1987), una de polis
colegas de caracteres contrapuestos. Su personaje alocado de Martin Riggs, buen
tipo pero con salidas de tono, se diría profético de los problemas con el
alcohol y su lengua demasiado suelta, que le complicarían la vida en el futuro.
Pero entonces Mel Gibson se había
integrado con pleno derecho en el 'star-system', y hacía pelis de acción y
comedias muy exitosas como Conexión tequila
(1988) y Dos pájaros a tiro (1990).
Lo que no le impedía acometer papeles más ambiciosos, como el del príncipe de
Dinamarca en Hamlet (1990), dirigido
por Franco Zeffirelli.
Nadie esperaba que el actor fuera a
iniciar una brillantísima carrera como director, pero lo hizo debutando con El hombre sin rostro (1993), un film con
relación ambigua entre maestro con la cara desfigurada y su discípulo, un
chaval que prepara su ingreso en una academia militar. Logró Gibson un
magnífico resultado, aunque era difícil prever que con Braveheart (1995) llegaría a lo más alto; su film sobre un líder
escocés del siglo XIII ganó el Oscar a la mejor película, y le supuso el
galardón al mejor director.
Mel siguió interpretando, e hizo
composiciones de interés en Rescate
(1996), Conspiración (1997) o El patriota (2000), aunque algo había
cambiado en el cineasta. Parecía ahora decantarse por películas con valores que
encajaran en su visión del mundo, como pudo verse en Cuando éramos soldados (2002), una cruda mirada a la guerra y a los
principios castrenses, y Señales
(2002), donde su personaje de sacerdote atravesaba una crisis de fe. Católico
practicante, aunque se confiese pecador, Mel Gibson es un apasionado defensor
de la familia y del derecho a la vida, y de hecho algunas de sus declaraciones
muy nítidas en ese sentido le han valido acendradas críticas con etiquetas tipo
"ultraconservador cavernícola" y semejantes.
Los comentarios negativos no afectaron a
Mel Gibson, entonces casado y padre de siete hijos, que se lanzó al proyecto
más personal de su carrera, La Pasión de
Cristo (2004), una fidelísima mirada a las últimas horas de Jesús en la
Tierra, una verdadera declaración de amor, audaz por su hiperrealismo y por el
uso de las lenguas de la época, y que se vio envuelta en una artificial
polémica que no impidió un asombroso éxito en taquilla. El público cristiano
respondió masivamente al film, y se hablaba de conversiones de gente de muy
diverso pelaje por todo el mundo.
Seguiría Gibson con su cine personalísimo
y entregó otro gran film, Apocalypto
(2006), una original y dinámica mirada a la decadencia de los mayas, parábola
de la civilización actual. De ritmo impresionante, el cineasta volvía al
hiperrealismo y a las lenguas de la época en que transcurre la acción.
Daba la impresión de que el cineasta
estaba olvidando su faceta actoral, pero en 2010 volvió con Al límite, donde da vida a un policía,
padre sufriente. Tiene pendiente de estreno The
Beaver, donde ha trabajado junto a Jodie Foster, con la que ya coincidió en
Maverick (1994). Lo que el futuro le
deparará no está claro, pues los problemas personales le están pasando factura,
y muchos en Hollywood le consideran un apestado. Su deseo de rodar con Leonardo
DiCaprio una película sobre los vikingos puede pasar a dormir en el limbo de
los filmes nunca rodados, aunque algunos confiamos en que este 'braveheart'
renazca de lo que algunos creen sus cenizas para seguir ofreciéndonos cine de
primera división.