Maestro de la experimentación, a Michael Haneke le
gusta probar nuevas técnicas narrativas, y se le da especialmente bien jugar
con el sonido. Considerado uno de los más prestigiosos cineastas de vanguardia
del momento actual, nunca se sabe qué se puede esperar de un film de Haneke,
pero le gusta sobre todo impactar, provocar y conmocionar. "Mis películas son
bofetadas en plena cara", ha dicho con bastante acierto el cineasta.
Aunque nació en Munich, el 23
de marzo de 1942, Michael Haneke tiene la nacionalidad de su madre, la actriz
austriaca Beatrix von Degenschild. Y es que le viene la vocación
cinematográfica de familia, pues su padre, el alemán Fritz Haneke, era
director. Tras el divorcio paterno, Haneke pasó su infancia con la familia de
su madre, en el campo, cerca de Wiener Neustadt, una ciudad de Austria.
Estudió filosofía, psicología
y drama en la Universidad de Viena para dedicarse a continuación a la crítica
cinematográfica. A partir de 1967 se pasa a la edición y la escritura de
guiones en una cadena televisiva del sur de Alemania. En ese país inicia una intensa actividad
como director teatral. Debuta como director con El séptimo continente, que estaba destinada a la televisión pero se estrenó
en los cines después de que fuera rechazada por su crudeza por todas las
cadenas. Este interesante drama narra la descomposición de una familia formada
por un matrimonio con una hija pequeña.
Tuvo más repercusión su
segundo trabajo, la durísima El vídeo de Benny, escalofriante declaración de intenciones donde están
presentes las señas de identidad del cine de Haneke, su fascinación por las
imágenes, los sonidos y la violencia, y que trata sus temas preferidos: la
incomunicación, la confortable vida de la clase alta y las relaciones
familiares. El film más interesante de la primera etapa de Haneke es, sin duda,
71 fragmentos de una cronología del azar, sobre la insolidaridad en la sociedad, que describe el periplo de
varios personajes unidos en torno a un tiroteo en una sucursal bancaria.
Pero a Haneke le llegó la
consagración a nivel internacional con Funny Games (1997), insólito thriller que no dejó indiferente a nadie.
Dos jóvenes psicópatas encierran en su casa de campo a un matrimonio y a su
hijo sin razón aparente, para someterles a todo tipo de vejaciones. El film sugiere más que muestra, una
violencia que para los dos perturbados es una especie de juego difícilmente
soportable. Utiliza trampas propias de algunos thrillers, con la diferencia de que
éstas no benefician a los protagonistas, sino a los psicópatas, que son capaces
de rebobinar incluso la película para dejar frustradas a sus víctimas.
El propio Haneke dirigió una
década después el remake americano, con Naomi Watts y Tim Roth. Curiosamente
era un absoluto calco del original, pero con otros actores.
Tras adaptar a uno de los
grandes de la literatura en El castillo (de Franz Kafka), Haneke sorprendió al público con Código
desconocido, que al igual que la
citada 71 fragmentos, entrecruza los
dramas de varios personajes, esta vez de un barrio de París. Es un film carente de violencia, con
más contenido que otras de sus obras, de nuevo sobre la incomunicación y la
falta de solidaridad de la sociedad.
Pero no tardaría mucho Haneke
en retomar su faceta de 'terrorista de la pantalla', con La pianista, con Isabelle Huppert interpretando a la profesora de
piano menos recomendable de la historia del cine, aficionada al sadomasoquismo
y a las perversiones sexuales. Una secuencia de autolesión en una bañera, y una
venganza con unos cristales podrían figurar en la antología de las imágenes más
duras jamás vistas en una pantalla.
Justo después, fracasó
parcialmente con la poco conocida El tiempo del lobo, que viene a ser una película de desastres en la que
se desconoce cuál es el desastre que ha acontecido. Obtuvo mayor repercusión el
hipnótico ejercicio de estilo Caché,
con el que obtuvo el premio al mejor director en Cannes. Un popular presentador
televisivo recibe una cinta de vídeo que alguien ha grabado en el interior de
su propia casa.
El
Festival de Cannes ha premiado a Haneke con la Palma de Oro en Cannes por La
cinta blanca, un film en blanco y negro muy distinto del resto
de su filmografía. De hecho, se desarrolla en una comunidad luterana que parece
sacada de un film de Dreyer, a donde llega un nuevo maestro en vísperas de la I
Guerra Mundial. Están presentes las consideraciones típicas del autor sobre la
génesis de la violencia.