Habemus actorem. Y qué actor. No extraña que fuera Monsieur Cinéma en Las cien y una noches, homenaje al centenario del cinematógrafo, pues en su dilatada carrera interpretativa ha trabajado con lo más granado de los directores europeos.
Jacques Daniel Michel Piccoli nació en
París, Francia, el 25 de diciembre de 1925. De padre italiano -de ahí el
apellido- y madre francesa, ambos eran músicos, él violinista, ella pianista.
Siendo un chaval de diez años, ya le cautivaba ver a los actores de teatro en
acción, le marcó intervenir en el papel de sastre en una representación del
clásico cuento de Andersen sobre el emperador desnudo. Descubrió de pronto una
manera de lograr que los adultos le hicieran caso. Y tal cosa ocurría nada más
ni nada menos que en una farsa, el tipo de obra en que el actor se moverá como
pez en el agua, siempre con pasmosa naturalidad, como si sus personajes le poseyeran.
Los primeros papeles en la pantalla de
Piccoli son pequeños, donde se irá labrando un prestigio creciente es en los
escenarios teatrales, con la compañía Renaud-Barrault y sus interpretaciones en el Théâtre de Babylone. Allí participa en montajes de autores como Pirandello y
Strindberg, junto a otros menos conocidos; pasado el tiempo no faltarán en su
reportorio obras de Molière, Chejov y Shakespeare. Siempre será fiel a su
consigna de abordar los papeles "como un eterno debutante".
Su presencia en filmes como French Cancan (Jean Renoir, 1954) es
fugaz, pero ya se hace notar en El confidente
(Jean-Pierre Melville, 1962). En cualquier caso, y después de hacer con René
Clement El día y la hora (1963), se
considera el punto de inflexión de su carrera El desprecio, película rodada ese mismo año a las órdenes de uno de
los padres de la Nouvelle Vague, Jean-Luc Godard. En esta mítica adaptación de
la obra de Alberto Moravia coincidiría con Brigitte Bardot y Jack Palance.
Con Luis Buñuel hizo seis películas,
entre ellas Diario de una camarera
(1964), Belle de jour (1967), La vía láctea (1969) y El discreto encanto de la burguesía
(1972). El actor ha explicado que siempre tuvo mucho interés en que el director
español le conociera, y que consiguió convencerle para que le viera trabajar en
el teatro; cuando al fin lo logró, el cineasta abandonó la sala al comprobar
que se encontraba allí también Jean Renoir, que también había adaptado la obra
de Octave Mirbeau en que se basa Diario
de una camarera. Ha afirmado haber aprendido del director aragonés el humor
y la modestia, por ello ha aceptado a lo largo de su carrera papeles
protagonistas y otros pequeños, siempre que le despertaran algún interés.
Otros directores con los que repitió en
un buen puñado de ocasiones son Marco Ferreri y Claude Sautet. Uno de los
títulos más emblemáticos del segundo es Las
cosas de la vida (1970). Piccoli explicaría que una estrategia en sus
composiciones actorales es poner en su personaje, aparte de lo que dicta el
guión, algo de la personalidad del cineasta que le dirige, lo que se notaría en
su trabajos con Buñuel, Sautet, Oliveira y Moretti. De entre de los actores con
los que más ha compartido pantalla destacan Catherine Deneuve, Marcello
Mastroianni y Romy Schneider.
Que Piccoli es un gran actor nadie puede
ponerlo en duda, y no obstante, tampoco hay tantos premios en su estantería. En
Cannes fue considerado mejor actor por Salto
en el vacío (Marco Bellocchio, 1980) y lo mismo pasó en Berlín con Une étrange affaire (Pierre
Granier-Deferre) al año siguiente. Los Oscar ignoran quién es, si exceptuamos
el premio al mejor film extranjero para Buñuel por El discreto encanto de la burguesía. Ni siquiera los premios César de
su país le han reconocido, a pesar de sus 4 nominaciones. Como artista también ha probado la dirección escénica, y el ponerse detrás de la cámara, aunque no ha brillado en estos campos.
En lo referente a su vida personal,
Piccoli ha estado casado en tres ocasiones, con actrices: Eléonore Hirt, que le
ha dado a su única hija; Juliette Gréco; y Ludivine Clerc. Políticamente se ha
significado como hombre de izquierda, aunque con bastante amplitud de miras y
sin ser muy activista; los años han producido además en él un sano
escepticismo: "Esta época me espanta, con sus mentiras gigantescas. Ya no se
trata de saber si hay que ser comunista o liberal, de derecha o de izquierda,
todo eso ha saltado. Existe una especie de capa de plomo que nos aniquila
completamente."
Que con 85 años consiga el papel
protagonista de una película tiene mucho mérito, y justo esto ocurre en Habemus Papam (Nanni Moretti, 2011),
donde describe a su personaje de Papa recién elegido y asustado como "un hombre
de iglesia, y tímido, secreto, lleno de dolor pero muy discreto". Y reflexiona:
"Me pregunto si en profesiones como las de sacerdote, cardenal o papa, o la de
artista en general, no se demanda mucha energía de creer, no ya de creer en
Dios, pero sí de creer en la imagen general de qué es el hombre y la mujer".
Sobre su 'colega' Juan Pablo II -que en su juventud fue actor-, ha comentado
que "era un religioso, pero era un hombre de la vida real, no era un sacerdote
perezoso o un poeta, sino un sacerdote de combate".
Desde la atalaya de sus años y
experiencia, Piccoli no tiene empacho en alabar a los actores americanos por su
ingenuidad y su pudor, hasta el punto de expresar su admiración por Robert
Mitchum: "¿Cónoce un actor tan bueno como él? Francamente, yo no lo veo",
declaraba en una entrevista en Télérama. Y aseguraba que "los actores que no
tienen pudor son unos malos farsantes".