Cuando hace cinco años tuve
ocasión de entrevistar a Milos Forman, sabía que estaba
ante un artista y una leyenda. Su cine es sinónimo de
libertad, y no me sonó ampuloso que se comparara con Goya en
su condición de privilegiado observador de la realidad social
circundante.
Jan Tomas Forman, más conocido como Milos Forman, nació
en Cáslav, entonces Checoslovaquia, ahora Chequia, el 18 de
febrero de 1932. Desde luego supo en sus propias carnes lo que son
los regímenes totalitarios, pues sus padres, protestantes,
murieron víctimas de la persecución nazi, ella en el
campo de exterminio de Auschwitz, él, profesor, en el de
Buchenwald; luego le tocaría a Milos vivir bajo la bota
comunista hasta emprender el exilio. No es de extrañar por
tanto que la proclamación de la libertad sin cortapisas se
convirtiese en tema central de su filmografía, una libertad
siempre amenazada por los que pretenden controlar las acciones de los
otros. No obstante, Milos asegura que la tragedia familiar no le
marcó tanto porque siendo niño, en su imaginario la
ausencia de los padres en un campo la asociaba a algo de tipo
vacacional, solo más tarde se daría cuenta de las
dimensiones de lo ocurrido.
Durante los años de
la Segunda Guerra Mundial Milos vivió con unos parientes, y se
encontró huérfano de un modo brutal en plena
adolescencia. En la escuela pública de Podebrady donde estudió
como alumno interno, tuvo ilustres compañeros de pupitre y
dormitorio, como el dramaturgo y presidente Vlacav Havel y el
cineasta polaco Jerzy Skolimowski. También son amigos de la
época Ivan Passer, colaborador de sus películas checas,
y el gran director de fotografía Miroslav Ondrícek, al
que conoció gracias a Passer.
Los primeros pasos
profesionales de Forman en el cine fueron como guionista, le atrae el
oficio de contador de historias: en 1955 coescribe para Martin Fric
Nechte to na mne, y en 1958 hace la misma función con
Ivo Novák en Stenata, donde actúa Jana
Brejchová, con la que se casa ese año, aunque el
matrimonio se romperá en 1962. Descubre por entonces que no le
gusta lo que otros hacen con sus guiones, y se pondrá como
meta ser director para tener un mayor control de lo que escribe. No
deja de ser irónico que cuando se establece en Estados Unidos
y rueda en inglés, se ve obligado a renunciar a escribir sus
guiones, y es que según reconocía nunca dominará
el idioma para escribir directamente las historias para la pantalla,
deberá basarse en la creación de otros, siempre que
encaje en su muy personal forma de ver las cosas.
La aventura como
director de Forman, que estudió en la FAMU, la escuela de cine
de Praga, se inició en la época en que un grupo de
amigos dirigía un modesto teatro musical en Praga. Se le
ocurrió ofrecerse a rodar una especie de película
casera, como un recuerdo, y de este modo nacería Concurso,
fresco documental rodado de modo rudimentario en blanco y negro, que
consta de dos segmentos, uno sobre la formación de las
orquestas populares, el otro sobre una audición musical. Tiene
especial mérito el trabajo de sincronización de imagen
y sonido, grabados independientemente, verdadera filigrana de
edición.
El incipiente director continúa
haciendo un cine pegado a la realidad con Pedro, el negro
(1964), las tribulaciones de un joven que acaba de comenzar su vida
laboral. Ese año es el del segundo matrimonio de Forman, con
otra actriz, Vera Kresadlová, con la que tendrá dos
hijos gemelos, y con la que permanecerá hasta 1999.
Curiosamente el tercer matrimonio del director checo, con una Martina
Forman ajena al mundo del cine, le dio otro par de hijos gemelos.
Los amores de una rubia (1965)
es un avance importante en la carrera de Forman, corroborado por su
siguiente trabajo, ¡Al fuego, bomberos! (1967). Prueba
de ello es que las dos cintas serían nominadas al Oscar a la
mejor película en lengua no inglesa. Ambos filmes conjugan
cierto realismo con un toque de comedia pícaro que parecía
impensable en un régimen del otro lado del telón de
acero, pero que fue posible durante la malograda Primavera de Praga,
prematuramente marchita por la fuerza de los carros de combate
soviéticos. Concretamente con la película de los
bomberos, protagonizada por actores no profesionales, auténticos
apagafuegos de una pequeña población, el partido trató
de predisponer en contra de la película al reparto y sus
paisanos, organizando una proyección que esperaban no gustara
por la condición satírica de la cinta; quedó
demostrado que los tiranos no tienen sentido del humor y sí el
pueblo sencillo, sobre todo si se ven proyectados en una gran
pantalla conociendo sus quince minutos de fama, pues el público
disfrutó con la cinta.
La popularidad de sus filmes cara a los
Oscar posibilita a Forman emprender la aventura americana y rodar su
primera película en inglés, Juventud sin esperanza
(1971), en cuyo guión interviene, entre otros, Jean-Claude
Carrière, con quien se asociará años más
tarde en Valmont (1989) -una película que tenía
muy difícil triunfar, pues era volver a contar una historia
que había tenido mucho éxito gracias a Las amistades
peligrosas- y Los fantasmas de Goya (2006). Y el camino al
exilio tras el endurecimiento del régimen checoslovaco se hace
más suave y transitorio, pues las autoridades le habían
concedido permiso para trabajar en Estados Unidos en Juventud sin
esperanza, lo suyo no requirió de una escenificación
de ruptura sin vuelta atrás. Forman consideraba que se había
equivocado en su planteamiento del film, porque "traté de
hacer un film checo en Estados Unidos" sobre los jóvenes de
los 60, lo que se saldó con un fracaso. Aprendió la
lección cara al futuro, y tacharía de esnobismo la
actitud de algunos europeos que dicen que su misión no
consiste en dar al público lo que pide.
El éxito internacional
indiscutible le llega gracias a Alguien voló sobre el nido
del cuco (1975), donde le apadrina el productor Saul Zaentz, que
repetirá con él en el futuro. La historia del criminal
que finge locura para ser encerrado en un centro psiquiátrico,
memorable Jack Nicholson, revolucionando a los otros internos, se
convirtió en símbolo de la cultura antisistema, y
también era una parábola sobre la represión de
los regímenes comunistas. Cinco Oscar se llevó la
cinta, incluidos los de mejor película y director, hazaña
que repetiría cinco años después con Amadeus,
aunque en este caso las estatuillas acaparadas fueron ocho. La
cuestión de la libertad por encima de cualquier tipo de
coacción la llevaría al extremo con su biopic sobre el
pornógrafo creador de la revista The Hustler El escándalo
Larry Flint (1996); y es que para el cineasta el film "no va de
pornografía, va de libertad de expresión", libertad
de expresar incluso lo que él personalmente y otros no
aprueban. Volvería a tratar el tema de la libertad en Los
fantasmas de Goya, aunque su dibujo de la Inquisición
resultaba tremendamente anacrónico.
En tres cintas consecutivas de Forman
la música tiene gran importancia. Hair (1979) es una
mirada algo plana al movimiento hippie. Adapta con más tino a
E.L. Doctorow en Ragtime, donde se reunieron por última
vez los míticos James Cagney y Pat O'Brien, en una trama sobre
un pianista negro víctima de la injusticia en la era del jazz.
Y desde luego da la campanada con Amadeus, una mirada genial a
la extraña mezcla de admiración y celos hacia la
genialidad en una persona tosca, perfecta adaptación de la
obra teatral de Peter Shaffer sobre la relación entre Antonio
Salieri y Wolfgang Amadeus Mozart, con momentos tan memorables como
el de la composición del Réquiem, y geniales
actuaciones de Tom Hulce y F. Murray Abraham. El film haría
tirarse de los pelos a muchos historiadores, que no entendieron su
condición de metáfora con telón de fondo
histórico, al estilo de las obras de Shakespeare.
El interés de Forman por
personajes reales, aunque sea con una mirada muy personal, se
advierte en Man on the Moon (1999), que sigue las andanzas de
un cómico americano bastante estrafalario, Andy Kaufman
(1949-1984), capaz de divertir e irritar a partes iguales. Para
contar su historia Forman contó con Jim Carrey, en un papel
con el que actor trataba de despegarse un poco de las comedietas
insustanciales a las que se solía apuntar. El guión era
además obra de dos expertos en fijarse en tipos raritos, pues
Scott Alexander y Larry Karaszewski habían escrito antes para
Tim BurtonEd Wood.
A pesar de las intenciones de denunciar
los excesos en que puede incurrir el ser humano, por parte de
autoridades religiosas y la revolución ciudadana, incluso en
el nombre de los ideales más sagrados, ya sea Dios, o la
libertad, igualdad, fraternidad, Los fantasmas de Goya,
coproducción española con Javier Bardem en el reparto,
el film de 2006 se estrelló en taquilla. Parece ser que
después ha dirigido con su hijo Petr Forman el desconocido
musical Dobre placená procházka (2009), de escasa
repercusión. No se sabe nada del estado de un proyecto,
anunciado en 2008, de la adaptación de una novela de
Georges-Marc Benamous, que cuenta la anexión de los Sudetes a
Alemania por acción de Adolf Hitler, y en la que debía
colaborar el ex presidente y autor teatral ya fallecido Vlacav Havel.