El aura genial de Welles se manifestó ya cuando era niño. El
futuro cineasta nacido en Kenosha (Wisconsin) en 1915 fue tema de un artículo
en un diario local que titulaba "Dibujante, actor, poeta, no tiene más que diez
años". Crío prodigio, heredó de su padre las dotes técnicas y empresariales,
mientras que su madre, pianista, le legó el amor al arte. Esto le llevó al
teatro, primero en el colegio, luego en Gate Theatre de Dublín, finalmente en
el Federal Theatre neoyorkino. Apasionado de Shakespeare, creó su propia
compañía, el Mercury Theatre, donde reunió a un estupendo grupo de intérpretes:
su debut fue Julio César. El grupo le
acompañaría en sus programas radiofónicos para la CBS y en sus primeras
películas.
El 29 de octubre de 1938 la vida de Orson cambió. La emisión
por radio de "La guerra de los mundos", adaptación de la obra de H.G. Wells,
provocó el caos entre la población americana. Dramatizada como si fuera un
noticiario, con intervenciones de corresponsales y llamamientos a la calma de
las autoridades, el público creyó que los marcianos estaban realmente
invadiendo la Tierra. Tal fue la repercusión del programa, que Hollywood puso
los ojos en Welles. Georges Schaeffer, presidente de RKO, le ofreció un
contrato de condiciones inmejorables. Tras algunos tanteos con la idea de
adaptar "El corazón de las tinieblas", Welles se lanzó a tumba abierta con Ciudadano
Kane.
El retrato de un magnate de la prensa puso nervioso a
William Randolph Hearst, evidente modelo del protagonista de la película. Lo
que supuso una guerra sin cuartel, para evitar que el film viera la luz. Tarea
inútil, pues la película se rodó y revolucionó el cine. Un Welles que visionó
cuarenta veces La diligencia de John
Ford, dio nuevos bríos al lenguaje cinematográfico con el uso de los grandes
angulares y el contrapicado, o la concepción de sus elegantes planos secuencia.
Por encima de su crítica a Hearst, o de la estructura de
flash-backs cruzados (varios personajes recuerdan a Kane, que acaba de
fallecer), el film ofrecía una meditación sobre el poder y demostraba, casi
siguiendo a la letra las palabras del evangelio, que "de nada sirve al hombre
ganar el mundo entero si pierde su infancia". Infancia que se esconde tras la
misteriosa palabra "Rosebud", nombre del trineo con el que Kane jugaba de niño.
Luego vendría una filmografía valiosísima, aunque sacada
adelante a trompicones, donde destacarían la magnífica El cuarto mandamiento, el cine negro de La dama de Shanghai y Sed de mal, y las shakespearianas Otelo y Campanadas a medianoche,
esta última rodada con capital español.
En su faceta de actor, Welles quedaría inmortalmente
identificado como Harry Lime en El tercer hombre, a pesar de aparecer sólo 10 minutos en pantalla. André Bazin definió
a la perfección su memorable personaje: "Fascinante bandido, personificación
del desbocado romanticismo de la época, arcángel de las cloacas, contrabandista
de la frontera del bien y del mal, monstruo digno de ser amado, Harry
Lime-Welles era esta vez más que un personaje, un mito."