Prepara tan minuciosamente sus proyectos, que sus
películas suelen estrenarse cada tres o cuatro años. La paciencia es uno de los
secretos de Peter Weir, un realizador de filmografía intachable. Es tan hábil a
la hora de dirigir a los actores, que ha encauzado la carrera de algún
especialista en aventureros y un par de cómicos histriónicos. Le fascinan las
historias sobre choques culturales, y los personajes que huyen de la
tecnología, ya sean 'amish' que viven anclados en el pasado, tipos que intentan
huir de un plató televisivo, o inventores que cambian el mundanal ruido de la
ciudad por la selva.
Nacido el 21 de agosto de 1944 en Sidney, la ciudad más
grande de Australia, Peter Lindsay Weir es el hijo de un agente inmobiliario.
No acabó sus estudios en la universidad, porque prefirió dejar las aulas y
ponerse a trabajar con su padre. En los 60, decidió descubrir nuevas culturas,
e inició un largo viaje por Europa
deseoso de conocer personas de costumbres alejadas de las suyas. A su
regreso a Australia, empieza a trabajar en la televisión. Ejerció de asistente
de producción en varias series, y debutó como director con la comedia Man on
a Green Bike, rodada para la pequeña
pantalla y también coescrita por él. En 1966, el realizador contrajo matrimonio
con la directora de producción Wendy Stites, que ha colaborado con él en
algunas películas. El matrimonio ha tenido dos hijos, una de las cuales
(Ingrid) apareció brevemente en una de las películas de su padre.
Tras un fragmento del film colectivo Three to Go, Weir rueda su primer largo de cine, Los
coches que devoraronParís, sobre dos hermanos que recorren Australia en busca de
trabajo. Deslumbrados por unas luces misteriosas, sufren un aparatoso
accidente. Sólo sobrevive uno, que despierta en un pueblo llamado París,
habitado por estrambóticos
individuos. El film tiene un torno irreal y onírico que conservan las dos
siguientes obras del cineasta. La redonda Picnic en Hanging Rock recrea la desaparición real de tres chicas y una
profesora que habían ido de excursión a un paraje volcánico, en el año 1900.
Weir se lució también con La última ola, donde un abogado blanco intenta
esclarecer la muerte de un aborigen ahogado tras una alarmante serie de
tormentas y lluvias. Encontrará las claves del asunto a través de unos sueños
inquietantes.
Después de El visitante,
film menor, pero muy bien resuelto concebido para la televisión, Weir sacó
adelante una de las más ambiciosas producciones del cine australiano, Gallipoli, coprotagonizada por el actor más emblemático del
país, Mel Gibson, que con este film y Mad Max se convirtió en una estrella. Historia de amistad en
tiempos de guerra, recrea con muchos medios y una puesta en escena exquisita un
trágico episodio real, la participación de tropas australianas y neozelandesas
en la sangrienta batalla de Gallipoli, durante la I Guerra Mundial. Repitió con
Gibson en otro film sobre la guerra, coprotagonizado por Sigourney Weaver, El
año que vivimos peligrosamente, sobre las
peripecias de un corresponsal de guerra en Indonesia.
Peter Weir parece especializado en películas de personajes
con grandes ideales, de desmesurada inteligencia, que por circunstancias de la
vida acaban en un entorno totalmente opuesto a ellos, donde resultan
extravagantes. Así era el capitán John Book , el policía encarnado por Harrison
Ford, en Único testigo, la primera
producción de Hollywood dirigida por Weir. Para proteger a un niño que ha
presenciado un asesinato, Book no duda en acompañarle a la población amish
donde éste vive. Los amish son una comunidad religiosa que vive ajena a los
adelantos tecnológicos, y junto a ellos Book parece un pez fuera del agua. Más
extremo si cabe es Allie Fox, nuevamente encarnado por Harrison Ford, en La
costa de los mosquitos, un film menos
redondo que no funcionó bien en taquilla, pero con hallazgos interesantes. En
esta ocasión Ford es Allie Fox, un inventor que cansado del consumismo que impera en la sociedad moderna decide arrastrar a su mujer y a su hijo
-más convencionales que él- a la jungla hondureña.
El caso más conocido de hombre extraordinario atrapado en un
escenario al que no pertenece se produce en El club de los poetas muertos, probablemente el film con el que Weir más ha
conseguido emocionar al público.
Para acentuar el carácter estrafalario de John Keating, un profesor de
literatura genial que imparte clases en un rígido internado tradicional, el
director optó por contratar a Robin Williams, conocido hasta el momento por su
faceta de cómico histriónico o como el alocado locutor de Good
Morning, Vietnam. Weir consigue que
Williams resulte convincente en un registro dramático por el que fue nominado
al Oscar, y logró dar un giro serio a su carrera. A cargo de un grupo de
alumnos adolescentes, el profesor Keating logra enseñarles a pensar con métodos
poco ortodoxos. Otro de los logros del profesor Keating fue conseguir que toda
una generación de nuevos cinéfilos adoptara su lema, 'carpe diem', como leit
motiv. Nunca una historia tan cercana a la lágrima fácil ha sido dirigida con
tanta sobriedad.
También obtuvo una nominación al Oscar gracias a Weir el
actor Gérard Depardieu, que el mismo año en que arrasaba en las taquillas con Cyrano
de Bergerac, interpretaba a sus órdenes a
un estrambótico compositor francés, que para poder quedarse en Estados Unidos,
un país que le resulta completamente ajeno, llega a un pacto con una tímida
neoyorquina, dispuesta a casarse con él para que le den la 'Green Card', o sea
la tarjeta de residencia. El personaje de Jeff Bridges en Sin miedo a
la vida era absolutamente normal, hasta que
sobrevive a un accidente aéreo, lo que le provoca un terrible estrés
post-traumático . A partir de ese momento, necesita vivir 'al límite' y
exponerse a situaciones de peligro para recuperar la adrenalina que su cuerpo
produjo durante el accidente. Esto le incapacita para vivir su vida cotidiana
junto a su mujer. El film no causó en las taquillas el furor de otras cintas de
Weir.
El gran taquillazo de Weir fue su siguiente trabajo, con su
personaje más surrealista, el protagonista de El show de Truman. Necesitó para interpretarlo al exageradísimo cómico
Jim Carrey, con el que logró un auténtico milagro -en cierta medida similar al
obrado con Williams-, reciclarlo para un cine más trascendente que sus locas
comedias habituales. Si Truman parece comportarse en sus gestos y movimientos
como un personaje televisivo, es porque ha vivido toda su vida en uno, y no lo
sabe. Desde que su nacimiento se transmitió en vivo, le siguen a diario miles
de millones de espectadores. Los personajes que conviven con él son actores.
Aunque el film arremetía contra los 'reality shows' televisivos,
paradójicamente revitalizó el género, inspirando una auténtica oleada de
programas como 'Gran Hermano'.
El film más atípico en la carrera 'hollywoodiense' de Weir
es Master and Commander. Al otro lado del mundo, adaptación de una novela
marítima del especialista
en el género Patrick O'Brian. Para empezar, porque es el único film de época
que ha rodado allí, pero también porque su protagonista, el capitán Jack Aubrey
(Russell Crowe), es más normal y realista que el resto de héroes de Weir. A
pesar de todo, Aubrey manifiesta un poco de locura en su obsesión por atrapar
al buque insignia de la Armada francesa,
que recuerda en cierta medida a lo que sentía el capitán Achab, empeñado
en capturar a cualquier coste a Moby Dick. Aubrey colisiona frontalmente con su
amigo, el doctor Stephen Maturin, más convencional y cabal, que sólo pretende
dedicarse a pacíficas investigaciones científicas.
Fiel
a sus principios, Weir prepara concienzudamente su siguiente trabajo, ya que
desde 2003 no le da una alegría a los cinéfilos. Al final ha encontrado
material que le interesa llevar al cine. Se trata de las memorias de Slawomir
Rawicz, militar ruso que puso en marcha un complejo plan para evadirse del
gulag soviético en el que permaneció encerrado. Weir se dispone a narrar sus
experiencias en The Way Back, que estará protagonizada por
Colin Farrell y Ed Harris.