Figura
muy representativa del Nuevo Cine americano, Sam Peckinpah destacaría por ser
uno de los directores más capaces y "contestatarios" de la industria de
Hollywood.
Nieto de un jefe indio, Sam Peckinpah
(Fresno, California, 21 de febrero de 1925 - Inglewood, California, 28 de
diciembre de 1984) estudió Derecho y después se enroló en el Ejército
estadounidense. Diplomado en Arte Dramático, trabajó como ayudante de dirección
de Donald Siegel en La invasión de los
ladrones de cuerpos (1956) y fue guionista y realizador de diversas series
televisivas, como las populares El hombre
del rifle y The Westerner.
Cineasta "maldito" en los inicios, a
causa del control tácito de sus películas por los productores -algunas fueron
mutiladas o alteradas en el montaje-, Peckinpah sería uno de los renovadores
del género western, al que le dio un cariz intelectual, violento y subjetivo
lejos de los tópicos entonces reinantes: Duelo
en la Alta Sierra (1962), Mayor
Dundee (1965) y Grupo salvaje
(1969), especialmente. Al desmitificar el Far West y consolidar el género crepuscular,
tras la crisis ocasionada por el spaghetti-western europeo, se reafirmó con
estas declaraciones: "No me interesa el mito; sólo me interesa la verdad. Y el
mito del Oeste se encuentra en la explotación de la gente que iba a conseguir
tierra. Si se quiere hacer una película sobre el Oeste hay que hacerla sobre
esta gente que iba y tenía tierra. Y que robaron y mataron a los ´malditos`
indios. Pero eso lo cambié, o al menos espero haberlo conseguido en Grupo salvaje. Uno de mis propósitos al
realizar esta película era romper el mito del Far West".
Es obvio que, a nivel de creación
fílmico-estética, su pulso cinematográfico y originalidad narrativa son
notables, así como su empleo del color y el clima interno que concebía en sus
filmes. Por ello fueron célebres sus sangrientos ralentí, a modo de ballet,
también a través de escenarios naturales auténticos. No obstante, en su
aplaudida obra incurrió en excesos eróticos y violentos o cínicos y
humorísticos, que acaso le proporcionarían más fama que sus meros valores
artísticos.
Sam Peckinpah sacaba temas del Oeste,
afirmando que nunca había realizado westerns, para pronunciarse acerca del
"héroe" tradicional, sobre la sociedad de ayer y hoy; al propio tiempo, ponía
en la picota los defectos de la idiosincrasia norteamericana y del hombre
contemporáneo inmerso en un contexto con el que no está de acuerdo o le parece
corrompido. Así, aparecen claramente el puritanismo, la hipocresía, el orgullo,
la explotación, el triunfalismo, la miseria, el paternalismo, la ambición, los
convencionalismos, el sentido del amor y la violencia. Y, para ello, se sirvió
de unos tipos muy característicos y de situaciones-límite llenas de "claves"
difíciles de aprehender por el gran público, debido a la agudeza crítica -entre
líneas- e insinuaciones simbólicas, como sucede, por ejemplo, en Junior Bonner (1972), con Steve McQueen
como el legendario cowboy protagonista.
Algo obstinado e individualista, el
universo peckinpehiano es un tanto escéptico, patético y atormentado: un mundo
sufriente, donde el hombre -antihéroe y "perdedor"-, se encuentra
irremisiblemente atrapado, como se puede observar en Perros de paja (1971); o bien está condenado por el progreso
tecnológico, como también se evidencia en La
balada de Cable Hogue (1970). De ahí que su obra ofrezca un mosaico de
desesperación individual y colectiva acerca de una sociedad que se destruye y
que sólo se considera "superable" por medio de una violencia aún mayor, como se
demuestra en La huida (1972) y Pat Garret y Billy the Kid (1973). La
violencia, en definitiva, como liberación; el mismo Peckinpah manifestaría:
"Todo es confuso y no sé bien qué es lo que hay que hacer. Estoy aprendiendo
porque no tengo respuestas, sólo preguntas que hacer".
Tras realizar los thrillers nihilistas Quiero la cabeza de Alfredo García (1974) y Los aristócratas del crimen (1975), la brechtiana cinta antibélica La cruz de hierro (1977) y su amarga
parodia Convoy (1978), película
testimonial que demostró su maestría como narrador, acaso se sentiría cansado de
luchar contra el sistema y estuvo cinco años sin trabajo como realizador.
Cuando acababa de cumplir 58 años, Sam Peckinpah se despidió del cine con un
fallido film de espionaje, Clave: Omega
(1983). Posiblemente, su temprana muerte haya sido, como en sus antepasados
pieles rojas de la Peckinpah Mountain, la desaparición del último guerrero.