Para los apasionados
del fantaterror no necesita presentación. Para el resto, basta decir que es el
padre de Freddy Krueger. Explora las relaciones entre el mundo real y la
fantasía del cine, las ensoñaciones o las pesadillas. Conoce como nadie los
mecanismos para asustar al espectador.
Nacido en Cleveland (Ohio), el 2 de agosto de 1939, Wesley
Earl Craven pertenecía a una familia de confesión baptista. Tras la muerte del
padre, que sufrió un infarto, tiene una infancia dura, marcada por las
continuas mudanzas, la busca de trabajo de su madre y las estrecheces
económicas. Al contrario de la mayoría de directores, que declaran que se aficionaron
al cine de pequeños, Craven no tiene dinero para ir, carece incluso de
televisión y se dedica a devorar libros que saca de las bibliotecas públicas.
Licenciado en Inglés y Psicología, por la Universidad de
Wheaton, en Illinois, fue profesor de literatura y humanidades. Lo deja por el
gusanillo del cine, y acaba trabajando como editor de sonido, en una empresa de
postproducción neoyorquina.
Empezó en el cine de terror por casualidad. "Fue una
coincidencia. Alguien que conocía tenía que hacer una película de terror como
productor. Me pidió que le ayudara a escribir algo de miedo. Si les gustaba lo
podía dirigir y así surgió. Descubrí que tenía talento para el género",
recuerda Craven.
De este modo debutó en el largometraje con La última casa a la izquierda (1972),
remake inconfeso en clave gore de El
manantial de la doncella, de Ingmar Bergman, pues gira en torno a una
familia que acoge sin saberlo a los tipos que han violado y asesinado a su
hija. La crítica se cebó con un film que consideraron "repugnante y
sádico". Desde entonces intenta no leer las críticas. "He aprendido a
esquivarlas. Leí una vez una de un tipo que decía que prefería que le clavasen
agujas en los ojos que volver a ver una película mía, y duele, por supuesto.
Las evitas porque te pueden destruir", explica el realizador.
Igualmente duro es su segundo trabajo, Las colinas tienen ojos (1977), sobre una familia que trata de sobrevivir en el desierto a un
grupo de peligrosos mutantes. Fue vilipendiada también por su violencia. Pero
Craven está convencido de que sus películas tienen un efecto terapéutico.
"No las ruedo para dar miedo, sino para liberarlo", repite una y otra
vez.
Una noticia en el periódico, sobre unos jóvenes que habían
muerto mientras dormían, inspiraría el film que le consagraría. Su gato, que le
destrozó el sofá con las zarpas, le dio la idea para concebir las garras del
asesino Freddy Krueger, al que decidió ataviar con un jersey a rayas muy
similar al que él usaba casi todos los días en su época de estudiante. Al
parecer, el nombre proviene de un matón de su colegio, que le hacía la vida
imposible.
Nació así el guión de Pesadilla
en Elm Street, que aunque parezca mentira estuvo a punto de ser producida
por Disney, a cambio de que Craven renunciara a parte de la violencia. Éste no
cedió a la presión de Mickey Mouse, y acabó consiguiendo que le avalara el
proyecto New Line. El film fue un gran éxito, pues costó dos millones de
dólares y recaudó 25, lo que salvó a la compañía de la bancarrota.
La cinta supuso el debut en el cine del mismísimo Johnny
Depp, que tenía una muerte brutal en una cama devoradora.
Desde entonces, Craven es conocido como el maestro del
terror. "Me molesta menos que me llamen eso que lo de las agujas en los
ojos", bromea el cineasta. Su filmografía ha tenido sus altibajos, pues
combina cintas imaginativas, como La
serpiente y el arco iris, con Bill Pullman descubriendo el mundo del vudú
en Haití, con otras claramente fallidas, como Shocker: 100.000 voltios de terror o El sótano del miedo. Destaca la metacinematográfica La nueva pesadilla de Wes Craven,
divertida vuelta de tuerca a la saga de Freddy, en la que Heather Langenkamp,
la actriz original del film, se ve acosada en la vida real por el monstruoso asesino.
Tras la horrible comedieta con Eddie MurphyUn vampiro suelto en Brooklyn, recuperó
esa línea metacinematográfica en la inspirada Scream, un film de género que reflexiona sobre las reglas y tópicos
del cine que cultiva Craven. El realizador se permite también recordar su buen
hacer en alguna secuencia de tensión magistral como la de la cámara que
supuestamente muestra al asesino, pero que está desfasada. Contaba con un guión
de un joven apasionado del género que debutaba, Kevin Williamson, y puso de
moda el terror para adolescentes. De nuevo con Williamson, Craven rodó una
segunda parte y una tercera, muy inferiores al original. Una década después, en
2011, recuperó a los personajes en Scream
4, que incluía reflexiones sobre la evolución del terror en los últimos
años, y se argumentaba que en filmes como Saw
se ha radicalizado la violencia, en detrimento de la historia y los personajes.
En el ínterin, a Craven le dio tiempo a darse el gustazo de
salirse por una vez del terror, y rodar nada menos que un drama con Meryl
Streep, Música del corazón, con la
diva interpretando a una mujer que para sacar adelante a sus dos pequeños se
convierte en profesora de violín en un instituto de Harlem. Craven estaba muy
ilusionado con el proyecto, porque era un homenaje a los docentes, profesión
que ejerció en su juventud. La protagonista se trabajó tanto el papel que llegó
a aprender a tocar el violín y, cómo no, obtuvo otra candidatura al Oscar, como
suele ser habitual (acumula la friolera de 16, y finalmente ganó en dos
ocasiones).
En los últimos años, Craven ha rodado las fallidas La maldición y Almas condenadas, y salió airoso de su acercamiento al género de
suspense con la correcta Vuelo nocturno.
Fue también el autor del fragmento del cementerio, con Rufus Sewell y Emily
Mortimer, en la cinta colectiva Paris, je
t'aime.
Divorciado de Bonnie Brocker, con la que tuvo dos hijos, se
unió a Millicent E. Meyer, azafata que tras interpretar pequeños papeles en sus
películas (fue una enfermera en Pesadilla
en Elm Street) inició una carrera como actriz. Posteriormente, Craven se ha
emparejado con la productora Iya Labunka.