Es uno de los actores más queridos por el público. A menudo
sus personajes son cabezotas, tercos e ingenuos, por lo que resultan
humorísticos sin querer serlo y eso ofrece un no sé qué de entrañable al
espectador.
Antonio Resines es probablemente el actor que más
relacionamos con el aire campechano y el carácter "hispánico", rudo pero de
buen corazón, la representación de la España cañí que en otros tiempos abanderó
Alfredo Landa. Es el español de una pieza, que llama al pan pan y al vino
vino, que no se anda con grandes elucubraciones mentales sino que va directo al
meollo de la cuestión, sin pensar mucho y sin tener en cuenta las
consecuencias. Y además pontifica. Así era uno de sus personajes cómicos que
más célebre le han hecho, el Diego de Los Serrano, padre de una familia muy
peculiar que estuvo seis temporadas en la televisión y que le hizo celebérrimo
en las casas españolas durante la década del 2000, junto a Belén Rueda.
Antonio Fernández Resines nació en Torrelavega, Cantabria,
el 7 de agosto de 1954. Es el segundo de cinco hermanos, hijo de José Ramón,
abogado, y Amalia, ama de casa. Marchó a Madrid para estudiar Ciencias de
Información en la Universidad Complutense. En la facultad coincidió con Carlos
Boyero y Fernando Trueba, y gracias a esa amistad surgió en 1980 la oportunidad
de participar en la primera película del director, Ópera prima.
Dos años después de su debut frente a las cámaras formó
parte del nutrido reparto míticos actores españoles de La colmena, película de
Mario Camus a partir de la novela de Camilo José Cela. Sin embargo, la comedia
era lo suyo, y así lo demostró en 1984 en películas ligeras como Sal gorda o La
línea del cielo, de Trueba y Fernando Colomo respectivamente. Volvió a trabajar
al año siguiente con su antiguo compañero de estudios en Sé infiel y no mires
con quién. La película, una disparada comedia de enredo con la infidelidad como
tema principal, tuvo un enorme éxito y el nombre de Resines se hizo muy
popular. José Luis García Berlanga le fichó para una de sus últimas películas,
Moros y Cristianos, donde finalizó su colaboración con el guionista Rafael
Azcona después de más de 25 años.
Con el prólogo de la surrealista Amanece que no es poco,
comedia inclasificable de José Luis Cuerda, entre el esperpento y la más
divertida locura, la década de los 90 fue la que catalpultó definitivamente la
carrera de Resines. Acompañó a Carmen Maura en Cómo ser mujer y no morir en el
intento, adaptación de un libro de gran éxito en España escrito por Carmen
Rico-Godoy. Y, pese al discreto resultado final, estuvo impagable en La
marrana, de nuevo dirgida por Cuerda, en donde formaba un tándem divertido y
muy folletisnesco con el inefable Alfredo Landa. En 1993 protagonizó el debut
de quien llegaría a ser presidente de la Academia española de cine, Álex de la
Iglesia, y si bien es cierto que Acción mutante es un film raro, casposo, barato y
cutre, lo cierto es que también arrancaba la risa con tanta rareza. Volvió
a ver el éxito al año siguiente con una comedia más de las suyas, Todos los
hombres sois iguales, dirigida por Manuel Gómez Pereira. Entre otros premios,
la película se alzó con el Goya al mejor guión.
En 1997, Antonio Resines demostró especialmente su valía
como actor en dos películas serias, dramas en toda regla. Inolvidable es su
papel de Rafael -quizá el mejor de toda su carrera-, un hombre de bien, traumatizado sexualmente, en la dura La
buena estrella, de Ricardo Franco. Muy merecidamente Resines ganó el Goya y la
Medalla del Círculo de Escritores Cinematográficos al mejor actor. La segunda
película es Carreteras secundarias, una "road movie" a la española
protagonizada por un padre y su hijo. Al año siguiente rueda con su querido
Trueba otro film de éxito, La niña de tus ojos, pero luego vuelve a demostrar su
talento para el drama con el film social Pídele cuentas al rey (1999), sobre el
viaje de un minero en paro a la capital.