Béla
Tarr es un cineasta fascinado por la forma estética, lo que no
quita para que su visión melancólica y pesimista del
mundo impregne cada fotograma de su filmografía. Su cine mira
al ser humano, y lo que ve le produce una infinita tristeza, que se
contagia al espectador.
Béla
Tarr nació el 21 de julio de 1955 en Pécs, Hungría.
De familia de clase obrera, creció en Budapest. A su amor al
cine ayudaría su trabajo juvenil en un centro cultural, y la
filmación de cortos en súpero 8 como aficionado. Pero
su entrada en el mundo del cine no fue como director, sino como
actor, y ocurrió a una edad muy temprana, diez años,
cuando su madre le llevó a una prueba de casting para una
versión televisiva de La muerte de Iván
Ilich, la obra de León
Tostói. En efecto, el pequeño Béla logró
el papel del hijo del protagonista. Pero lo cierto es que la carrera
interpretativa no fue mucho más allá, y sólo
volvería a aparecer ante la cámara en una película
de su compatriota Miklós Jancsó: Szörnyek
évadja, de 1987.
Aparentemente
el régimen autoritario de Hungría determinó la
ocupación profesional de Tarr. En su juventud deseaba estudiar
filosofía en la universidad. Pero observando los cortos de
Béla, las autoridades consideraron que tenían delante a
un potencial intelectual peligroso, motivo por el que le denegaron el
ingreso en la facultad. De modo que el cine pasaría sin él
buscarlo a un primer plano. Las filmaciones que realizaba
inicialmente, documentales de la clase trabajadora que reflejan su
preocupación social, llamaron la atención de los
estudios Béla Bálazs, cuya ayuda sería decisiva
para la realización en 1977 de su primer largometraje, Nido
familiar. Tenía 22 años
cuando hizo esta película, rodada en seis días con
actores no profesionales, y que trataba el problema del acceso a la
vivienda, con las subsiguientes crisis familiares. Ya apunta aquí
Tarr algunas de sus constantes estilísticas, como la
fotografiar sus historias en blanco y negro, su morosidad narrativa y
el cuidado de la planificación. Pero mantiene el tono
documental de sus primeros trabajos, algo que iría abandonando
para adquirir una forma de rodar más estilizada. El film le
daría la oportunidad de recibir una formación académica
en la Escuela Húngara de Artes Cinematográficas y
Teatrales.
Szabadgyalog
(1981), la historia de un músico, y Panelkapcsolat
(1982), las dificultades de una familia, son películas
aseaditas, aunque no suponen un gran avance estético para
Tarr, que sigue pegado al estilo documental y a las influencias del
realismo socialista. No obstante, en el segundo título ya
cuenta con actores profesionales. Y ese mismo año hará
para televisión una versión de la shakespeareana
"MacBeht": con una duración de 55 minutos, Tarr la rodó
en sólo dos planos. De nuevo en dirección realista,
Öszi almanach
(1985) describe la vida y enfrentamientos de las personas que
comparten un amplio apartamento.
Aunque
no hay grandes cambios en el planteamiento desencantado y
existencialista de La condena
(1987), el film sí presenta algunas novedades. Por un lado,
Tarr deja de firmar sus guiones en solitarios, inicia su colaboración
con el escritor László Krasznahorkai, del que dice "me
ha transmitido su forma de pensar a escala global". Además,
adquieren todo su esplendor los planos secuencia, enigmáticos
y misteriosos, que junto a la música de su compositor
habitual, Mihály Vig, aportan densidad a la mirada triste que
Tarr dirige a la condición humana. Porque, evidentemente, La
condena habla de la condena a
vivir sin alicientes e ilusión, que acompaña en mayor o
menor medida a cada hombre.
Varios
años de trabajo llevará la adaptación de la
compleja novela de Krasznahorkai Sátántangó
(1994), que tiene la desmesurada duración de más de
siete horas. La película habla de los problemas de una pequeña
comunidad rural, que se apresta a cobrar unas deudas para iniciar una
vida mejor en otra parte; sin embargo uno de ellos -curiosamente
encarnado por Mihály Vig-, propone que todos compartan el
dinero para mejorar las cosas allí mismo. El film ganaría
el premio Caligari en el Festival de Berlín. Cuando se le
habla de los minutos que consumen los largos planos de sus películas,
de elaboradísima coreografía, Tarr explica que "la duración de una escena refleja la
importancia de una capa que quiero enfatizar".
Tarr
no volvería llamar la atención hasta 2000, cuando
presentó Armonías de Werckmeister,
película también basada en una obra de Krasznahorkai.
De nuevo se habla de los miedos que acechan al ser humano, que
impiden que los deseos de equilibrio y armonía se cumplan. Una
simbología críptica -esa enorme ballena disecada-,
acompaña al protagonista, testigo de los excesos de una turba
desorientada, y del desentendimiento de su tío, que ante el
caso existencial no puede hacer nada, únicamente puede cuidar
su propio orden interior. En el pesimista film aparece por primera
vez Ágnes Hranitzky, esposa de Tarr, como codirectora,
aunque había montado todas sus películas desde
Szabadgyalog. En 2008 el director acude a una fuente literaria
francesa: George Simenon. El hombre de Londres podía no
haber visto nunca la luz, después de que el productor Humbert
Balsan se suicidara en 2005. Pero Tarr pudo, con el inevitable
retraso, conseguir financiación. En este film se muestra más
estilizado que nunca, cercano al expresionismo en su mimo hasta el
paroxismo de la forma estética. Describe las andanzas de un
protagonista que no puede resistir la tentación de guardar
para sí un maletín lleno de dinero, encontrado por
azar. Y domina de nuevo la mirada melancólica y de parálisis
vital, la incapacidad para la acción de los personajes, que se
dejan arrastrar por la fuerza de los acontecimientos, y que con
resignación deben conformarse con su suerte.
En la actualidad Tarr está
preparando con Krasznahorkai La
casa de Turín, y según parece piensa retirarse del
cine con esta película.