Gigante de la interpretación. Bette Davis supo sobreponerse a un físico que no encajaba en los estereotipados cánones de Hollywood. ¿Su secreto? Vivió cada uno de los personajes que le tocó encarnar.
No lo tenía fácil ciertamente Ruth Elizabeth Davis (Lowell, Massachusetts, 1908), nacida en el seno de un hogar problemático, para triunfar en la pantalla. La ausencia del padre, que dejó a la familia cuando Betty tenía diez años, obligó a la madre a trabajar. De modo que la chica tuvo que espabilar pronto. Y cuando descubrió su talento interpretativo en la escuela, se empeñó en estudiar interpretación y hacer teatro. A base de tesón y fuerza de voluntad lo logró, y llegó a trabajar en la compañía de repertorio de George Cukor. Los elogios de la prensa por su papel en la obra del off-Broadway, `The Earth Between´, en 1928, y su debut en Broadway con `Broken Dishes´, le pusieron en el disparadero de Hollywood. Universal la reclamaba, pero aquello fue una desilusión. En 1931 Mala hermana, Semilla, El puente de Waterloo, no cubrieron sus expectativas. Su siguiente título, Volver a casa, casi parecía un mensaje de que hiciera las maletas y regresara a Broadway. Y en ésas andaba cuando recibió una llamada inesperada, que pensó era una broma: la del prestigioso actor británico George Arliss, que quería que trabajara con él en La oculta providencia. Siempre le agradecería esta oportunidad: "La Universal quiso ver mis piernas. El señor Arliss examinaba mi alma." Y en efecto, le actor le dijo acerca de su composición: "Ni yo mismo había visto en Grace toda la dimensión que tú le das".
La oculta providencia fue también el inicio de un largo contrato con Warner, que se prolongó hasta 1949. Y Jack L. Warner se convirtió en una especie de figura paterna, que despertó en la actriz sentimientos contrapuestos. De hecho, la tiranía del estudio le empujó a dejar Hollywood durante un año, en 1939, para respirar un poco; rompía así su contrato, lo que conllevó un pleito, hasta que las aguas volvieron a su cauce y regresó.
Bette Davis vivía para actuar. De hecho, en su vida personal tuvo cuatro matrimonios desgraciados, y varias aventuras sentimentales. Le costaba centrarse, prefería dejarse la piel en el plató, superándose en cada nuevo trabajo. Al final su cara grande y redonda, sus grandes ojos, su físico nada llamativo, le ayudaron a prolongar su carrera. Una vez sentado su talento, su aspecto ya no importaba, y de hecho pudo hacer papeles de interés con cierta edad, como Las ballenas de agosto, junto a Lillian Gish, dos años antes de su muerte, en 1989, siendo casi octogenaria.