Primero escribió de cine, luego escribió cine, finalmente
dirigió cine. Daniel Monzón es un apasionado del cine de género, y su cinefilia
ha sabido canalizarla poco a poco en sus trabajos, hasta su obra de madurez, Celda
211.
Daniel Monzón nació en Palma de Mallorca en 1968. Desde
pequeñito la apasionaba el cine, pues siendo un crío desarrolló con papel
vegetal unos rudimentarios dibujos que proyectaba a los amigos que querían
verlos. Sus primeros trabajos en el mundillo, fueron periodísticos. Monzón fue
crítico de la veterana revista de cine Fotogramas, trabajó en radio en
programas de Andrés Aberasturi y Julia Otero, y finalmente llegó a ser
subdirector del programa de Televisión Española "Días de Cine". En pantalla
Monzón comunicaba su pasión por las películas, había algo del desparpajo
natural de un actor.
Se suele decir que en todo crítico de cine hay un cineasta
frustrado, que hubiera querido hacer cine, pero que por falta de valor o
comodidad, se ha quedado juzgando (y condenando) el trabajo ajeno. Sea o no
injusta esta apreciación, el hecho es que Daniel Monzón afirmó que "el cine se
aprende viendo cine", y cuando ya había visto lo suficiente dio el salto al
desarrollo de películas. En primer lugar lo haría como coguionista junto a
Santiago Tabernero de un film de Gerardo Herrero de 1994, el apañado thriller
rodado en inglés Desvío al paraíso. Era
lógico tras esto que Monzón buscara el control, o sea, que desempeñara labores
de dirección. Y eso haría en su debut en estas lides con El corazón
del guerrero (1998), una especie de Conan,
el bárbaro a la española en plan rolero,
ambicioso en su planteamiento comercial, y que se alejaba de los trillados
terrenos de comedietas y filmes políticos al uso. No obstante, el film era poca
cosa, pues la combinación aventura-humor cutre (ahí estaba el 'amiguete'
Santiago Segura) no casaba.
El director es un convencido de que las películas hay que
hacerlas pensando en su potencial público, ofrecer entretenimiento y no mirarse
el propio ombligo. Fiel a esta máxima entrega en 2002 un film del siempre
agradecido subgénero de robos, El robo más grande jamás contado. La idea de que se quiere sustraer nada menos que el
Guernica de Picasso del Museo Reina Sofía tiene su gracia, pero de nuevo
teníamos un film algo desequilibrado en sus intenciones gamberras, un querer y
no poder, aunque se agradecía su falta de pretensiones, el deseo de que el
espectador pasara un buen rato y ya está.
Seguramente Monzón se dio cuenta de que el humor era un
elemento que debía controlar mucho mejor en sus historias. También necesitaba
un socio guionista que le ayudara a ello, y lo encontró en Jorge Guerricaechevarría,
habitual colaborador de Álex de la Iglesia, con quien coescribió La caja
Kovak, que rodó en inglés con Timothy
Hutton de protagonista. La idea de un novelista enredado en una situación que
recuerda a una de sus obras da cierto juego. Aunque el film no sea redondo,
demostraba que el director había madurado.
El terreno pues quedaba abonado para la
mejor película de Monzón, la que más alegrías le ha dado. Celda 211 se basa en una novela de F.P. Gandul, y de nuevo
el guión lo firmaban el director y Guerricaechevarría. La idea de un nuevo
funcionario de prisiones, que simula en su primer día ser un recluso cuando
estalla un motín, da muchísimo juego, tiene su originalidad. El film se
inscribe a la perfección en el subgénero carcelario, depara sorpresas, y cuenta
con un reparto formidable, el brillante Luis Tosar y el descubrimiento Alberto
Ammann. El director se atrevía a tratar el terrorismo de ETA, aunque fuera
colateralmente, y había cierta perspectiva moral. En alusión al personaje de
Tosar, explicaba que "podríamos decir que Mala Madre es como Long John Silver
en 'La isla del tesoro. Es el malo, pero del que al final te enamoras. Vas
descubriendo que tiene un código de honor y una nobleza mucho mayor que la de
los vigilantes del orden." La película arrasaría en los Goya, con 8 "cabezones"
incluidos los de mejor film, dirección y guión adaptado. Al recoger sus
premios, el director no dejaría de acordarse de su mujer Ana y de su hija de
tres años Sofía. Desde este momento empieza la etapa de un Monzón consolidado
como cineasta, cuya carrera permite albergar muchas esperanzas, y al que llegan
ofertas tentadoras de Hollywood, como es natural, que el quiere analizar con la
cabeza fría.