No siempre consigue involucrarse en películas a la
altura de su enorme talento, pero Eduard Fernández se esfuerza por
encontrarlas, y además, siempre logra hacer interesantes a sus personajes, con
su labia y buen hacer. Destaca en el campo de los perdedores optimistas
dispuestos a darlo todo por una causa, como una habitación de fumadores.
Nacido en la
Ciudad Condal, el 25 de agosto de 1964, Eduardo Fernández Serrano estudió mimo,
en el Instituto de Teatro. Tras ejercer de payaso y mimo en las calles de
Barcelona, acabó colaborando en espectáculos de diversos locales de su ciudad
natal, antes de incorporarse a la prestigiosa compañía teatral Els Joglars,
cofundada por Albert Boadella, con la que trabaja en diversos montajes, como la
memorable "Yo tengo un tío en América", crítica a la colonización del nuevo
continente que se representó en el año del quinto centenario de su
descubrimiento. También triunfó en el Teatre Lliure interpretando clásicos de
Shakespeare y Molière y se prodigó en diversas series televisivas.
Aunque se prestó
a intervenir brevemente en Souvenir
y Déjeme que le cuente,
su primer papel importante en el cine fue en la fallida comedia Zapping, de Chumilla Carbajosa, en la que
interpreta a dos hermanos gemelos, aunque tuvo más éxito Los lobos de
Washington, de Mariano Barroso,
donde unos tipos planean el robo de una sustanciosa cantidad de dinero. "Eduard
dará la campanada" comentaban Javier Bardem y Barroso en las entrevistas con
periodistas que no sabían aún de quién estaban hablando.
A partir de
entonces decide dejar un poco de lado su carrera teatral y concentrarse en el
cine. La jugada no le sale mal, pues tras intervenir en El portero y La voz de su amo, gana el Goya al mejor actor con Fausto
5.0., donde interpreta a
un original Mefistófeles, tan maquiavélico como seductor.
Ha llamado la
atención de directores veteranos, como Bigas Luna (Son de mar), Fernando Trueba (El embrujo de
Shanghai) y Montxo
Armendáriz (Obaba).
Pero ha tenido más suerte cuando ha apostado por jóvenes valores, como Roger
Gual y J.D. Wallovits, que le reclutaron como protagonista de Smoking Room, memorable cinta de presupuesto ínfimo,
en la que su lucha por una habitación de fumadores se convertía en un
descarnado retrato de la deshumanización en la sociedad actual, de modo
especial en el mundo laboral.
Uno de los
directores que mejor ha aprovechado su talento es Cesc Gay, que le convirtió en
uno de los miembros del grupo de amigos protagonistas de En la ciudad, por la que se hizo acreedor de un
segundo Goya, esta vez al mejor actor de reparto. El realizador quedó tan
contento con él que le fichó para su siguiente trabajo antes de escribirlo.
"Eduard, de forma irresponsable, se puso en mis manos, aceptó hacer una
película de la que aún no sabía casi nada y se dejó llevar por mis constantes
cambios de rumbo. Le recuerdo paciente dándome ánimos, cuando le conté que
había abandonado un guión ya casi terminado", explica el cineasta. Así nació Ficción, donde era un alter ego del propio Cesc
Gay, realizador de cine que harto de estar "en la ciudad" pasa unos días "en la
montaña", en la casa rural de un amigo, donde escribirá su siguiente película.