Cara bonita del cine español durante los noventa y parte del
nuevo milenio. Pero al niño guapo no le gusta aquello de ser el príncipe de las
historias. Si hay que ayudar al país infiltrándose en una banda terrorista, se
hace, pero también tiene su encanto decantarse por vilezas varias como rodar
películas "snuff".
Eduardo Noriega nació el 1 de agosto de 1973 en Santander.
Es el pequeño de siete hermanos y el único que ya desde niño mostró interés por
el mundo del "artisteo". Estudió música varios años en el conservatorio de
Santander y en 1990 comenzó a dar clases de teatro. Dos años después se mudó a
Madrid para recibir clases en la Real Escuela Superior de Arte Dramático.
Y las cosas no le fueron mal porque pronto comenzó a
trabajar en cortometrajes como Luna
(1994), de su amigo, un desconocido todavía, Alejandro Amenábar. Un año después
debutó en el largometraje con un pequeño papel en Historias del Kronen, de Montxo Armendáriz. Queda para el
anecdotario cinematográfico que su personaje era el que incitaba a los
protagonistas a colgarse de un puente sobre el madrileño Paseo de la
Castellana, imagen de la película que quedaría para la posteridad. Un papel de
mayor entidad le dio Amenábar en su debut como director de largos. Su malvado
Bosco de Tesis (1996) sirvió para
demostrar que le sabía sacar partido a su cara de niño bonito para mostrar la
peor de las facetas de un ser humano. Curiosamente, en el primer trabajo de
Amenábar fue la víctima y ahora se convertía en el verdugo. En su siguiente
colaboración, Abre los ojos (1997),
sin embargo, el cineasta deja la puerta abierta para que sea el espectador
quien decida si es lo uno o lo otro. Esta compleja y sugerente película deja
para la historia otra imagen memorable, que es la de Noriega en medio de una
desierta Gran Vía. Al actor le sirvió también para obtener su primera
nominación al Goya.
Gracias a Amenábar, Noriega era ya uno de los actores de
moda españoles. Aún así, siguió participando en cortometrajes como Allanamiento de morada (1998) de Mateo
Gil. Posteriormente protagonizó su largometraje Nadie conoce a nadie (1999), donde fue el héroe de la historia.
Pero a pesar de que Noriega se siente comodísimo en el thriller, ya sea
sufriendo o haciendo sufrir, ha querido probar otros registros: la comedia Cha-cha-chá (1998), donde era el
guaperas "number one", el drama Visionarios
(2001), sobre unas apariciones de la Virgen, la bélica Guerreros (2002), desarrollada en Bosnia y la biográfica Che Guevara (2005), donde encarnó al
popular guerrillero.
En el terreno del drama sus mejores trabajos han sido en Las manos vacías (2003) y en El método (2005). Marc Recha dirigió la
primera y volvió a contar con él posteriormente en Petit indi (2009). El catalán es artífice de un cine muy personal
que muchos relacionan con los trabajos iraníes más aplaudidos. El caso es que
sus películas no resultan atractivas para un público mayoritario, por lo que
este trabajo de Noriega puede haber pasado desapercibido para muchos. En una
línea muchísimo más comercial está El
método de Marcelo Piñeyro, donde interpretó a uno de los "sanguinarios"
candidatos a un puesto en una prestigiosa empresa.
Con Pyñeiro ya había trabajado en el thriller Plata quemada (2000), haciendo de
ladrón. Tampoco mostró su lado más amable en la cinta de terror de Guillermo
del ToroEl espinazo del diablo
(2001). Estas dos películas son ejemplo de las numerosas coproducciones en las
que ha participado tanto en Europa como en Sudamérica. Unos trabajos que no le
han impedido seguir rodando en casa, como demuestra El Lobo (2004). Se esperaba más de este thriller sobre "el topo"
colocado en las entrañas de ETA, pero el trabajo de Noriega como el arriesgado
protagonista le sirvió para obtener su segunda nominación al Goya.
Sus trabajos en el extranjero le han posibilitado codearse
con actores de la talla de Woody Harrelson, Ben Kingsley y Emily Mortimer en Transsiberian (2008) o Zoe Saldana,
Forest Whitaker, Dennis Quaid y Sigourney WeaverEn el punto de mira (2008), su primera producción hollywoodiense.
Con los años, Noriega ha dejado de ser el actor guapo de los noventa -a pesar
de que Amenábar lo mostrara con el rostro deformado en Abre los ojos- para convertirse en un tipo que, sin renunciar a su
buen aspecto físico, gusta de poner de los nervios al espectador siendo un
malvado sin escrúpulos, así como de proclamarse líder y hacer que las alegrías
y logros de sus personajes sean los del público.