Nadie ha logrado la mitad de elegancia que él a la
hora de lanzar torpedos en la línea de flotación de los diversos regímenes
políticos que conoció. A la hora de usar la ironía fina y con gracia, Ernst
Lubitsch es el maestro de los otros maestros, como Billy Wilder, que empezó su
carrera con él. Aprovechó su celebérrimo "toque" para componer una serie de
películas que permanecen inalterables con el paso del tiempo, y que se pueden
ver una y otra vez sin cansarse.
Nacido en la capital alemana, el 28 de enero de 1892, Ernst
Lubitsch era hijo de un sastre judío de procedencia rusa. Desde muy joven fue
un apasionado del cabaret, y de todo lo relacionado con la interpretación,
hasta tal punto que a los 16 años decide dejar los estudios y probar fortuna
como actor en diversos locales nocturnos de music hall. A su padre no le hizo
mucha gracia, pero se lo permite a cambio de que también se ocupe de la
contabilidad de la sastrería familiar.
En 1911, Ernst Lubitsch se une a la compañía teatral del
ilustre Max Reinhardt, figura fundamental del teatro alemán. Llegó a ser
protagonista de alguna de sus obras, al tiempo que para sacarse un dinero
extra, entra en el mundo del cine, primero como chico para todo, en los estudios
Bioscope. Pasa a interpretar alguna película, y aparece en una serie de
comedias interpretando a un personaje que viste a la manera tradicional judía.
Desde 1914, decide escribir y dirigir sus propios filmes.
Su primer éxito fue el corto de terror Die Augen derMumie Ma,
con Pola Negri, que se convertiría en una gran estrella. A continuación vuelve
a dirigirla en el largometraje Carmen, que tiene repercusión internacional. Cuando el gobierno y la banca
alemana apoyan a la compañía UFA para producir grandes superproducciones que
puedan competir con las películas de Hollywood, Lubitsch se convierte en el
director más destacado de la compañía, sobre todo a raíz del éxito de Madame
DuBarry, muy crítica con Francia, pues
muestra la violencia de la "idealizada" Revolución Francesa. Y es que UFA tenía
como principal objetivo que sus películas atacaran a los enemigos de Alemania,
por lo que Lubitsch dirige también Ana Bolena, que recrea el oscuro episodio de la historia de
Inglaterra.
Fue la celebérrima actriz Mary Pickford quien se llevó a
Lubitsch a Estados Unidos, para que dirigiera Rosita, un film que ella iba a protagonizar y producir.
Aunque no tuvo mucho éxito, una compañía modesta, que por aquel entonces
iniciaba poco a poco su andadura, Warner, le ofreció un contrato.
Pronto se ve que Lubitsch destaca especialmente en el
terreno de la comedia, tras The Marriage Circle, con Adolphe Menjou o La frivolidad de una dama, de nuevo con Menjou y con Pola Negri. Ya en los
años 20 se hizo célebre el término "toque Lubitsch" para referirse a un estilo
de rodar basado en sugerir más que en mostrar, como ocurría con las célebres
puertas entreabiertas, en El abanico de Lady Windermere. Pero el cine del realizador también se distingue
por su enorme capacidad para tratar temas dramáticos bajo una apariencia de
comedia desenfadada.
Fue con la llegada del sonoro cuando Lubitsch empezó a
deslumbrar de verdad, por su brillante utilización de los diálogos, en títulos
como El desfile del amor. Destaca
también en el terreno del musical con Paramount on Parade. Tras El teniente seductor fracasa espectacularmente con el drama El
remordimiento, por lo que decide
centrarse en comedias como la
especialmente memorable Un ladrón en la alcoba.
Tras la llegada de los nazis al poder, Lubitsch acaba
nacionalizándose estadounidense. En 1935 se une a la actriz Vivian Gaye (con la
que tendrá un bebé), tras
divorciarse de Helene Kraus. Ese mismo año, le nombran supervisor de Paramount,
cargo que aprovechó para dar trabajo a algunos compañeros que tuvieron que huir
de Alemania. Enseguida deja el cargo y entra en su etapa de plenitud creativa,
con sus películas más redondas, como Ángel,
con Marlene Dietrich, como una mujer que tiene una aventura extraconyugal en
París, o La octava mujer de Barba Azul, redondísima comedia con Claudette Colbert y Gary Cooper, que tenía
como coguionista a Billy Wilder.
"Lubitsch era el mejor guionista que haya habido nunca.
Recuerdo que en La octava mujer de Barbazul
(1938) había una escena en el guión en la que Gary Cooper entra en una tienda
en Niza y ve unos carteles. Uno de ellos dice: 'Se habla español', en otro
pone: 'Se habla inglés'. Lubitsch cogió un bolígrafo y escribió debajo: 'Se
entiende el americano'. Un chistecito que lo decía todo", contaba Billy Wilder.
En los años 40, Lubitsch acumula títulos memorables como El
bazar de las sorpresas, o El
diablo dijo no. Aunque su gran especialidad
siguen siendo las críticas políticas, a través de ingeniosas sátiras. Le dan
juego especialmente los totalitarismos: el comunismo (Ninotchka) y el nacionalsocialismo (Ser o no ser). También le sacó mucha punta a las costumbres
tradicionales británicas en El pecado de Cluny Brown.
Aquella fue la última película que terminó, pues Lubitsch
murió prematuramente, a consecuencia de un paro cardiaco, tras ocho días del
rodaje de La dama de armiño, que
terminaría Otto Preminger. Éste había acabado años atrás La zarina, otra obra inconclusa de Lubitsch.
"Nos hemos quedado sin Lubitsch", le dijo Billy Wilder a
William Wyler en su funeral. "Peor aún, nos hemos quedado sin las películas de
Lubitsch", replicó éste. Por desgracia, tenía razón y ya no se hacen películas
como las suyas.