El personaje de Han Solo lo convirtió en estrella de la noche a la mañana. Su nombre es sinónimo de aventura.
El secreto de Harrison bien puede ser que siempre se ha interpretado un poco a sí mismo. Sus más importantes creaciones -Han Solo, Indiana Jones, Rick Deckard y Jack Ryan- tienen el punto en común de ser heroicos sin pretenderlo. La clave del éxito es que en ellas manda el personaje y no lo que hace; todas sus aventuras le llegan de rebote y por eso sus hazañas resultan tan humanas, tan falibles. Eso lo hace tremendamente atractivo. Bueno, eso y cierto tipo de gestos tan suyos como el peculiar y exagerado fruncimiento de labios cuando se le agota la paciencia, o la sardónica sonrisa ladeada que exhibe en las escenas donde se ve pillado in fraganti.
Nacido en Chicago el 13 de julio de 1942, de padre irlandés y madre rusa, la infancia de Harrison fue solitaria y dada a la reflexión, y en su juventud se matriculó en la carrera de filosofía en la Universidad de Wisconsin. Sin embargo, ya en esa etapa formó parte de grupos de teatro y a mediados de los 60 decidió viajar a California para convertirse en actor. Sus comienzos no fueron muy halagüeños -series como El virgianiano o su debut cinematográfico en Ladron y amante (1966)-, por lo que intentó ganarse la vida como carpintero. Según parece, mientras un día hacía un trabajo de ebanistería en casa de Glenn Ford, se presentó allí un desconocido llamado George Lucas. Se hicieron amigos y en 1973, Lucas le ofreció un papel en la alocada y veraniega American Graffiti. Luego trabajó para Coppola en La conversación (1974) y siguió haciendo series de televisión. Entonces le llegó el papel de su vida.
Con La guerra de las galaxias (1977) se convirtió en el héroe por excelencia del pueblo americano, el tipo al que todos los hombres querían parecerse. El colmo fue En busca del Arca perdida (1981). Las matriculaciones en la carrera de arqueología hicieron furor entre los adolescentes. Todo el mundo le imitaba. Al completar las trilogías de Star Wars y de Indie Jones ya no quedó ninguna duda de que había nacido un nuevo carisma, alguien que iba a hacer historia. En 1982 protagonizó, con un papel a lo Bogart, la mítica Blade Runner, convertida pronto en film de culto. Luego eligió papeles variados de policía -Único testigo (1985)-, de tipo en serios apuros -Frenético (1988), El fugitivo (1993)- o de agente de la CIA: Juego de patriotas (1992) y Peligro inminente (1994). Pero con el paso del tiempo, Harrison se ha ido forjando también una celebrada imagen de galán en notables comedias: Armas de mujer (1988), Sabrina (y sus amores) (1995), Seis días y siete noches (1998). En 2000 protagonizó un papel atípico en Lo que la verdad esconde y luego resurgió como hombre de acción en la reciente K-19: The Widowmaker. A sus sesenta años aún sigue paseando sus arrugas sin complejos y parece que le queda cuerda para rato. Actualmente rueda Hollywood: departamento de homicidos.