Director,
productor y guionista, Howard Hawks tiene a sus espaldas casi medio centenar de
obras que están entre lo mejor de la filmoteca estadounidense en su época
dorada, y entre las que podemos encontrar todos los géneros del cine clásico,
varias obras maestras, las mejores interpretaciones de algunos actores como
John Wayne, o la imagen mítica del investigador privado del cine negro encarnada
por Humphrey Borgart en El sueño eterno.
Howard Winchester Hawks nació en Goshem,
en el estado de Indiana (EE.UU.), en 1897 y falleció en Palm Springs,
California, en 1977, siete años después de haber rodado su última película como
director, Río Lobo. El trabajo de su
familia le llevó a vivir en diferentes lugares hasta que finalmente recaló en
Hollywood en los años 20, donde empezó trabajando como ayudante de atrezzo. Muy
pronto comenzó a dirigir y llegó a realizar ocho películas antes de la llegada
del sonoro.
Ya desde la época muda puso especial
cuidado en la elaboración de los guiones, y aunque no suele aparecer acreditado
como guionista, aparte de sugerir los temas y tramas de sus películas,
intervenía directamente en la redacción de los mismos. Supo además buscar la
colaboración inestimable de escritores de prestigio como Raymond Chandler,
William Faulkner o Ernst Hemingway con el que, curiosamente, se apostó que era
capaz de realizar una gran película a partir de la peor de sus novelas: el
escritor le cedió Tener y no tener y,
efectivamente, Hawks la convirtió en un excelente guión y una excelente
película.
Este cuidado y preocupación por el guión
resulta lógico ya que, según él mismo afirmaba, lo principal de cualquier
película es el relato. Los actores, diálogos, escenarios, movimientos de cámara
etc. están al servicio de lo que la película quiera contar. Y su intención a la
hora de contar, a la hora de hacer cine, no era otra que, según sus propias
palabras, "gustar al público". El mejor premio para él era entrar en una sala
de cine y oír cómo el público reía viendo una de sus comedias, La novia era él, por ejemplo, o alguna
escena cómica insertada en películas de otro género como Río Bravo o la citada Tener y
no tener.
Hawks realizaba un intenso trabajo previo
al rodaje, con el que trataba de minimizar todo lo posible la tarea de montaje.
Editar la película era para él como verla por segunda vez, y nunca quedaba
contento de su propio trabajo. Limitar las posibilidades de montaje era también
un modo de eludir las posibles injerencias del estudio en el resultado final de
la película. No olvidemos que Hawks siempre huyó de la dependencia de los
grandes estudios, razón por la cual produjo él mismo la mayoría de sus obras.
El hecho de no querer dejar para el montaje la realización última de la
película le llevaba a una planificación minuciosa del guión para ir "montando"
el film durante el mismo proceso de rodaje. Esta planificación perfecta puede
ser la explicación de la solidez, coherencia, mesura y perfección que podemos
encontrar en las obras de este director.
Hawks abordó todos los géneros clásicos:
comedia (La fiera de mi niña),
western (El Dorado (1966)), cine
negro (Scarface, el terror del hampa),
bélico (La escuadrilla del amanecer),
drama (El Sargento York), musical (Nace una canción), aventuras (Hatari!) e incluso hizo una incursión en
el cine histórico, Tierra de faraones.
Pero todas ellas, al decir del propio Hawks, responden a un solo tema: la
acción. Para Hawks eso es el cine, un relato de acción en el que los personajes
son puestos en situaciones de peligro de las que deben salir con inteligencia,
valentía, fuerza y, habitualmente, también con ironía y sentido del humor. Esta
misma teoría la aplicaba a las comedias y explicaba que éstas se basan en
colocar a los personajes en situaciones "insólitas" de las que deben salir
airosos. Y lo entendemos sin problema al recordar a Cary Grant dejando Europa
vestido de mujer soldado, a Gary Cooper aprendiendo a besar a Barbara Stanwyck
y defendiéndola de una banda de gángsteres o a Ginger Rogers declarándose a un
niño al confundirlo con su marido involucionado en Me siento rejuvenecer.
Este planteamiento lleva a Hawks, como él
mismo explicaba, a conseguir que sus películas vayan un "20% más rápido" que
las del resto de directores. Las comedias Luna
nueva (1940) o La fiera de mi niña
son un ejemplo claro de ello. Sin embargo, nada en sus obras deja entrever
precipitación o una aceleración agotadora. Todo está contenido y en su justa
medida. De hecho, esta rapidez no la consigue con espectaculares escenas de
acción ni con violentos y arriesgados movimientos de cámara, ya que, aunque
resulte paradójico, una señal propia de su estilo es la utilización de una
cámara tranquila, a la altura de los hombros de los actores, que los sigue con
la distancia necesaria para captar sus emociones y enmarcarlos en el escenario
adecuado. No le gusta abusar de los primeros planos, pero sí estudia
minuciosamente los encuadres para que, y lo diremos con sus propias palabras,
"salga en ellos todo lo que tiene que salir". Es entonces el propio relato, la
propia historia, la que hace avanzar la película con la rapidez que su director
pretendía.
Pero donde verdaderamente Hawks se
muestra como un auténtico maestro es en la creación de ambientes, de escenarios
inolvidables donde se desarrolla un drama individual y/o colectivo al que
afectan, para bien o para mal, las características del entorno. Cada historia
conlleva o se enmarca dentro de un universo diferente y Hawks acierta en la
composición de los elementos que contribuyen a dibujar la atmósfera necesaria
en cada caso. Podemos introducirnos en espacios cerrados y claustrofóbicos como
el invernadero del militar retirado que contrata a Humphrey Bogart en El sueño eterno, o disfrutar en el
despreocupado ambiente del grupo de cazadores profesionales en la sabana
africana de Hatari!. Pero donde puede
decirse que esta creación de universos alcanza su mayor perfección es en la
Barranca de Sólo los ángeles tiene alas,
un lugar donde los aviadores que llevan el correo entre los picos de una
cordillera de América Latina viven sus dramas personales entre la niebla, la
bruma, el ruido de los motores o el humo de los cigarrillos. En cualquier caso,
Hawks rodea a sus personajes (habitualmente hombres fuertes de sensibilidad
latente, que son vapuleados por la irrupción de una mujer de arrolladora
personalidad) de los elementos ambientales necesarios para que el espectador
sea introducido en la historia y viva como propias, las hazañas que los
protagonistas tienen que acometer para llevar a cabo la misión que deben
cumplir.
Sin duda, Howard Hawks es
uno de los principales directores de la historia del cine. A través de su
estilo sencillo, directo e intenso (el director "invisible", a decir de
Fernando Trueba) nos ha legado un generoso puñado de obras de arte que recogen
las principales virtudes, sentimientos, debilidades y grandezas del ser humano.