Ideal para interpretar a locos, psicópatas y por lo
general personajes tan neuróticos como él mismo. Egomaníaco, controvertido e
irascible, el principal problema del actor Klaus Kinski es que era consciente de
su inmenso talento. Despreciaba a las demás personas por su mediocridad, se
comportaba como un grosero y sus arranques de ira no dejaban títere con cabeza.
Convertía los rodajes en una auténtica pesadilla. Sus enfrentamientos con el
director Werner Herzog son legendarios, pero protagonizó grandes obras maestras
a sus órdenes, que destacan en una filmografía marcada por títulos mediocres,
que el actor había aceptado únicamente porque se vendía al mejor postor.
Nikolaus Karl Günther Nakszynski -su nombre real- nació el
18 de octubre de 1926, en Sopot, ciudad libre de Dánzig, que actualmente
pertenece a Polonia. Su familia se mudó a Berlín, donde el chico creció en la
más absoluta pobreza, hasta el punto de que se vio obligado a cometer pequeños
robos, por lo que fue detenido por la policía. Durante la Segunda Guerra
Mundial luchó en el bando alemán, y fue destinado a un puesto junto a las
ametralladoras antiaéreas. Por aquel entonces era ya una persona atormentada,
que en lugar de disparar a los aviones enemigos les gritaba para que acabaran
con su vida. Al final fue capturado por los británicos, que le retuvieron en
Holanda, en un campo de concentración donde se inició como actor, para
entretener a los demás internos.
Finalizada la contienda, Kinski ha descubierto que lo suyo
es la interpretación, y se une a una compañía ambulante. Y aunque le resulta
difícil trabajar con otros seres humanos, por su falta absoluta de empatía
hacia los demás, pronto triunfa en solitario, a base de monólogos. Además,
colaboró con grandes directores de la época que le forjaron hasta el punto de
que se convirtió en un gran actor sobre las tablas. A pesar de todo, pronto
pasó al cine, simplemente porque iba a ganar más dinero. Debutó con Morituri
(1948), drama bélico donde tenía un pequeño
papel como prisionero holandés. Durante algún tiempo estuvo interpretando a
personajes muy secundarios en títulos como Tiempo de amar, tiempo de morir, de Douglas Sirk, Los ojos muertos de
Londres, de Alfred Vohrer, y Espía
por mandato, de George Seaton, hasta que
empezó a llamar la atención con su pequeño papel como condenado a trabajos
forzados -supuestamente voluntarios- que insulta sin pudor a los soviéticos
-sus gritos de 'lameculos' y 'burócrata' son impagables- en Doctor
Zhivago, la obra maestra de David Lean.
Tampoco pasó desapercibida su composición del malvado jorobado de La
muerte tenía un precio. Dedicó el resto de
la década de los 60 a rodar spaghetti-westerns de inferior calidad, como Los
profesionales del oro, Yo soy
vuestro verdugo, Sartana, Yo soy la revolución y otros, y en subproductos infames, como la cinta
fantaterrorífica Paroxismus, su
primer film a las órdenes del español Jesús Franco, que le volvería a dirigir
en Jack the Ripper, Marquis
de Sade: Justine y El conde
Drácula (1970), donde interpretó al demente
Renfield. Franco es uno de los pocos que tiene un grato recuerdo de Kinski, con
quien se llevaba mejor que con Christopher Lee -de nuevo Drácula-, que según
sus palabras era "un señorito inglés".
A principios de los 70, Kinski protagonizó el montaje
teatral 'Jesus Tour', en donde se presentaba como Mesías, y provocaba
brutalmente con sus irreverencias a los espectadores, hasta que mantenía
sonoros enfrentamientos con ellos. En 1972 se reencuentra con el entonces joven
y prometedor director Werner Herzog, al que había conocido cuando ambos eran
niños, pues compartieron pensión en Munich. Kinski recuerda haberse llevado una
mala impresión tras su entrevista con Herzog, en su libro autobiográfico 'Yo
necesito amor'. "Cuando viene a mi casa, está tan cohibido que apenas se atreve
a entrar. (...) se queda tanto rato estúpidamente parado delante de la puerta
que tengo que remolcarlo adentro. En cuanto está dentro del piso, empieza a
explicarme la película, sin que yo se lo haya pedido. Le digo que ya he leído
el guión y, por lo tanto, conozco la historia. Pero no me escucha, habla y
habla y habla. Creo que no podría dejar de hablar ni aunque se lo propusiese.
(...) En fin, debería partirle la cara. No, debería dejarlo inconsciente a
puñetazos. Pero incluso inconscientemente seguiría hablando. Aunque le cortasen
las cuerdas vocales, seguiría hablando como un ventrílocuo. Aunque le rajasen
el gaznate y lo decapitasen, seguirían brotándole vaciedades de la boca, como
los gases producidos por una putrefacción interior". La película que le
proponía rodar Herzog era Aguirre: la cólera de Dios, magistral reconstrucción de la expedición en busca
de El Dorado de Lope de Aguirre, cuyo rodaje fue una locura únicamente
comparable al viaje del explorador español. Herzog rodó en las localizaciones
originales, en plena la selva de Perú, donde el equipo tuvo que sobrevivir en
condiciones infrahumanas. Esto provocó que Herzog enloqueciera aún más de lo
habitual, y acabó emprendiéndola a golpes auténticos con los otros actores, en
las escenas de combates. Al parecer, en una ocasión, Kinski se negaba por
completo a seguir rodando. Herzog le apuntó con un revólver y le dijo: "Hay
nueve balas. Ocho son para ti y la última para mí".
A pesar de todo, el resultado fue tan gratificante que
Herzog se arriesgó a volver a llamar a Kinski para protagonizar Nosferatu
(1979), revisión del clásico de F.W.
Murnau, que es la menos interesante de las colaboraciones entre los dos. A
continuación rodaron Woyzeck,
sobre un soldado que intenta superar las humillaciones que sufre por parte de
su superior. Durante el rodaje de Fitzcarraldo -sobre un visionario empeñado en llevar la ópera a
la selva de Perú-, un jefe de los indios que participaban en el rodaje le ofreció a Herzog asesinar a Klaus Kinski. Según cuenta el realizador en Mi
enemigo íntimo -documental sobre sus
tormentosas relaciones con el actor- , en ese momento estaba tan desquiciado
por culpa de Kinski que dudó seriamente si aceptar tan insólita oferta. La
colaboración entre ambos acabó drásticamente cuando durante el rodaje de Cobra
verde -sobre el tratante de esclavos
Francisco Manoel Da Silva-, Kinski golpeó a Herzog y abandonó definitivamente
el rodaje sin concluir el film.
Durante el resto de su carrera, Kinski se distinguió porque
rechazaba trabajar con directores de primera que estaban interesadísimos en él,
como Pier Paolo Pasolini, Luchino Visconti, Federico Fellini e incluso Steven
Spielberg, pues prefería trabajar en otras películas en las que supuestamente
iba a ganar más dinero. Algunas eran de calidad deplorable, como Nosferatu,
príncipe de las tinieblas -donde volvió a interpretar al famoso vampiro-, Androide -subproducto de ciencia ficción-, o la inenarrable El
caballero del dragón, a las órdenes del
español Fernando Colomo, con el que mantuvo un enfrentamiento tan sonoro, que
se dice que intentó arrancarle la barba con sus propias manos. Interpretó
también un papel en Aquí un amigo,
la última película de Billy Wilder.
Kinski llegó a convertirse en realizador con Kinski
Paganini, donde también interpretaba al
legendario violinista. Herzog había rechazado dirigirla porque no se había
vuelto a hablar con el actor, y el resultado fue un completo fracaso de crítica
y público. La decepción de Kinski fue tan grande que decidió retirarse para
siempre. Se fue a vivir a Lagunitas (California) donde escribió sus memorias.
Debido
a su controvertida personalidad, la vida personal de Kinski fue un absoluto
desastre. Autodeclarado 'adicto al sexo' fue incapaz de conservar a ninguna de
sus cuatro esposas, y aunque tuvo por lo menos cinco hijos, sólo reconoció a
tres, que siguieron sus pasos como intérpretes, Nikolai, Pola y Nastassja -la
más reconocida-. Falleció el 23 de noviembre de 1991, a consecuencia de un
ataque al corazón. Tiene cierta fama la frase que dijo al respecto de su
fallecimiento el cineasta Fernando Colomo: "Descansemos en paz".