Es
uno de los grandes cineastas franceses de todos los tiempos. Versátil
formalmente, trató todo tipo de historias, pero siempre
centrando la mirada en el hombre, sus pulsiones más íntimas
y a veces oscuras. Aunque toda su filmografía es
sobresaliente, ningún título más emocionante que
la íntima y personal Adiós, muchachos.
Louis Malle nació el 30 de
octubre de 1932 en Thumeries, en el norte de Francia, el quinto de
los siete hijos de una familia acomodada, un tipo de ambiente que con
frecuencia abordaría en su filmografía. Aunque comenzó
a estudiar ciencias políticas en la parisina Universidad de la
Sorbona, su gusto por el cine le llevó al IHEC, el prestigioso
Institut des Hautes Etudes
Cinématographiques (Instituto de Estudios Superiores
Cinematográficos, que posteriormente cambiaría de
nombre, La Fémis), una escuela pública de cine por
cuyas aulas ha pasado lo mejorcito de los cineastas franceses.
Su
primer trabajo importante no pudo empezar mejor. Con apenas 23 años,
hizo junto al comandante Jacques-Yves Cousteau el impresionante
documental de las profundidades submarinas El mundo del
silencio (1956), Palma de Oro en
Cannes y Oscar al mejor documental. Su talento era indudable, pues
ese mismo año ejerció como ayudante de dirección
de Robert Bresson en Un condenado a muerte se ha escapado.
De modo que con tan estupenda tarjeta de visita, pudo dirigir su
primer largo de ficción, el impactante thriller, muestra de
cine negro, Ascensor para el cadalso,
una verdadero lección de dominio del lenguaje fílmico,
con suspense hitchcockiano, banda sonora jazzística -Malle
siempre amó esta música-, e inteligente emparejamiento
de Jeanne Moreau y Maurice Ronet. Con ella repetiría ese mismo
año en Los amantes,
donde ella componer a una burguesa insatisfecha con su matrimonio. Ya
en 1960 sigue cambiando de registro con Zazie en el metro,
película de humor surrealista sobre una niña que
descubre en el metro el mundo de los adultos, un tema omnipresente en
su filmografía posterior.
Aunque
coetáneo de los impulsores de la nouvelle vague, lo cierto es
que Malle habita tierra de nadie. Ni está con estos jóvenes
iconoclastas que quieren reinventar la escritura fílmica y
abogan por el cine de autor -y eso que François Truffaut quedó
cautivado por Zazie-,
ni cabe encuadrarle entre los directores academicistas que aquéllos
denostan. Conocido sobre todo por sus historias de ficción,
Malle nunca dejará el documental que había abordado con
Cousteau, y así igual entrega una interesantísima
mirada a prueba ciclista más importante del mundo -Vive
le Tour (1962)-, que se adentra
en la exótica India con poderío -Calcuta
y La India fantasma,
de 1969-, o en la América profunda -God's Country
(1986)-. Incluso a caballo entre el documental y la ficción
pueden considerarse los apasionantes experimentos Mi cena
con André (1981),
conversación sobre la vida, la muerte y el teatro entre los
profesionales de la escena Andre Gregory y Wallace Shawn, o la
preparación de la representación de la obra de Chejon
"Tío Vania" en Vania en la calle 42
(1992).
Si
bien resulta difícil señalar constantes estilísticas
en el cine de Malle -al director le gusta cambiar-, no obstante está
claro que le gusta bucear en los rasgos más oscuros de la
psique humana: el asesinato por dinero, el adulterio, el suicidio, el
incesto, la delación, el colaboracionismo, la prostitución
infantil, son temas presentes en títulos ya mencionados y en
El fuego fatuo (1962),
Un soplo en el corazón
(1971), Lacombe Lucien
(1974) y La pequeña
(1978). Este último film, que dio a conocer a Brooke Shields,
marca el comienzo de su etapa estadounidense, aunque ya antes había
rodado en inglés la rara y surrealista El unicornio
(1975). Ahí conoció a Susan Sarandon, con quien
mantendría una relación, y con la que rodó la
estupenda película gangsteril Atlantic City
(1980), donde compartía protagonismo con Burt Lancaster.
Explicaba
Malle que "cuando trabajas en un guión, la trama en sí
misma no es difícil. Dices que ocurra eso y luego aquello, que
acaba conduciendo quizá a esto. Y haces el diálogo tan
plausible como puedes. Pero debes encontrar la nota, la clave
correcta de tu historia. Si la encuentras, todo funciona, si no, te
la juegas." Los filmes del cineasta son siempre muy personales,
pero ninguno lo fue más que la obra maestra Adiós,
muchachos (1987), verdadero
exorcismo fílmico de sus demonios interiores, en el que
ciertamente dio con la clave narrativa correcta en la mirada a uno de sus temas favoritos, el final de la infancia. El film, basado en
una traumática experiencia personal del director, transcurre
en la Francia ocupada, en una escuela regentada por frailes, que
esconden entre sus alumnos a varios chicos judíos. Se trata de
un prodigio de delicadeza, un canto a la amistad, un reconocimiento
al heroísmo cotidiano, y una constatación de la
condición efímera de tantas cosas bellas. El film le
dio el León de Oro en Venecia, festival que ya le había
reconocido sus películas Atlantic City
y Los amantes.
Aún
regresaría Malle a los ambientes burgueses en Milou
en mayo (1990), con el telón
de fondo de mayo del 68, ay los temas escandalosos en Herida
(1992), una mezcla de sexo y política de alto voltaje. Títulos
sin la fuerza de la ya citada Vania en la calle 42,
donde colaboró con David Mamet. Cierra su filmografía
un film, La bahía del odio,
donde volvía a sus orígenes en el documental, pues
pintaba con tono realista las dificultades de la comunidad pesquera
vietnamita con la población local en la costa Oeste de los
Estados Unidos.
Las
relaciones sentimentales de Malle han sido numerosas. Antes de la
citada con Sarandon estuvo casado con Anne-Marie Deschodt entre 1965
y 1967. Con la alemana Gila von Weitershausen tuvo un hijo, y
con la canadiense Alexandra Stewart. Finalmente, en 1981 se casó
con Candice Bergen en 1981, que le dio una hija, y con la que
permaneció hasta su muerte, acontecida el 23 de noviembre de
1995 a causa de un linfoma.