Un rostro interesante. Mirarla a los ojos conlleva sumergirse en honduras insondables, Michèle Morgan es de esas actrices enigmáticas, que parece que ocultan algo que valdría la pena conocer despacio. Gran dama del cine francés, sus trabajos en Europa son mucho más interesantes que los que desarrolló en Hollywood.
Simone
Rousell, conocida artísticamente como Michèle Morgan,
nació en Neuille sur Seine, Francia, en año bisiesto,
el 29 de febrero de 1920. Deseosa de ser actriz, con quince años
viajó a París impelida por un amigo que decía
poder presentarle a gente importante del mundo del cine; el plan no
hizo gracia a su padre, pero sí contó con la
complicidad materna. Así que con la excusa de un concurso de
belleza, la adolescente viajó a la capital de Francia, donde
conoció al actor George Rigaud, gracias al cual pudo debutar
como extra en Mademoiselle
Mozart (1936). No era un
papel con diálogo, pero era un comienzo, y en El
pequeñuelo, de
ese mismo año, ya pronunció su primera frase de cine.
Se
iría formando actoralmente esta actriz rubia de porte
aristocrático bajo la tutela de René Simon, y la
gravedad que supo imprimir a sus papeles le valdrían más
tarde comparaciones con Greta Garbo. El primero que se fija en ella
en serio es Marc Allégret y la ficha para Gribouille
(1937), donde comparte cartel con Raimu.
Sin
duda que su primera película de entidad fue Muelle
en brumas (1938), junto
a Jean Gabin, a las órdenes de Marcel Carné, un film de
cualidades hipnóticas por la niebla que envuelve la entera
narración, sobre el amor entre un desertor y una joven que ha
huido de su hogar. "Sabes que tienes unos ojos hermosos, ¿no?"
es una frase legendaria que Gabin dirigía a Morgan. Del mismo
año es Tormenta,
donde su partenaire en las tribulaciones amorosas es Charles Boyer,
con dirección de Marc Allégret. La mayoría de
edad no sólo la marcan sus dieciocho años, sino su
madurez cinematográfica, Morgan es ya una estrella, y lo
normal es que le concedan papeles protagonistas, como ocurre con La
loi du nord (Jacques
Feyder) y L'entraîneuse
(Albert Valentin), ambas de 1939. Con Gabin vuelve a brillar en 1941
en la sobresaliente Remorques.
Con
el estallido de la guerra, es el momento de cruzar el charco e
intentar la aventura americana. En Hollywood rueda Juana
de Francia (Robert
Stevenson, 1942), título de ambientación bélica
junto a Paul Henreid, el Laszlo de Casablanca.
Curiosa cosa, pues se pensó en Morgan para hacer en ese film
el papel de Elsa, que finalmente interpretaría Ingrid Bergman.
Y aún más curioso, en 1944 haría junto a
Humphrey BogartPasaje
para Marsella, film
cortado por el mismo patrón que la Casablanca
que la eludió. La actriz, durante la Segunda Guerra Mundial,
iría sumando películas de propaganda para mantener alto
el ánimo de la población, como Untel
père et fils
(Julien Duvivier, 1943) y Two
Tickets to London (Edwin
L. Marin, 1943). También en 1943 hizo Cada
vez más alto,
donde compartió pantalla con un jovencísimo Frank
Sinatra.
En
1942 se casa con un actor sin demasiado renombre, William Marshall.
Con él tuvo un hijo -el poco conocido actor Mike Marshall,
fallecido en 2005-, pero se divorciaron en 1948, la ruptura con un
Hollywood que no le dio el éxito apetecido supondría
también el final de su matrimonio. En 1950 se casaría
con el también actor Henri Vidal, con quien coincidió
en pantalla en títulos como Fabiola
y El diablo siempre
pierde, pero Vidal
moriría inesperadamente con 40 años de un ataque al
corazón. Al año siguiente se casaría con otro
cineasta, Gérard Oury, con quien permaneció hasta la
muerte de él en 2006; Oury la dirigió en filmes como Le
crime ne paie pas
(1962).
La
actriz se volvió a casa una vez terminada la guerra, y allí
sí que saboreó las mieles del éxito con La
sinfonía pastoral
(Jean Delannoy, 1946), que adaptaba la conocida obra de André
Gide sobre la relación entre una joven ciega y un pastor
protestante, y que le dio el premio a la mejor actriz en el Festival
de Cannes. Dos años después vendría su trabajo
para Carol ReedEl ídolo
caído, que
adaptaba un relato de Graham Greene, espléndida mirada a la
muerte de la infancia. Siguiendo el periplo europeo, rodaría a
las órdenes de Alessandro BlasettiFabiola
(1949), film ambientado en la antigua Roma. Y repetiría con
Delannoy en 1950 con Aux
yeux de souvenir, en
1952 con La minute de
verité -aquí
reuniéndose con Jean Gabin-, en 1954 con Obsession,
y en 1956 con María
Antonieta, reina de Francia,
pero el resultado era netamente inferior al de La
sinfonía pastoral.
Otros directores a los que frecuentó son Yves Allégret
-con él hizo la estupenda Los
orgullosos (1953)- y
René Clair -con quien supo imprimir la necesaria nota trágica
a lo que parecía una historia ligera en Las
maniobras del amor
(1955). Y sería Josefina en el Napoleón
(1955) de Sacha Guitry.
A
medida que avanza la década de los 50, la estrella de Morgan
decae un poco. Sigue teniendo papeles protagonistas, pero los filmes
donde interviene tienen menor interés, aunque cabe destacar Le
miroir à deux faces
(1958), que con el andar del tiempo tendría un remake donde su
papel lo asumiría Barbra Streisand. Entre lo que sigue en los
60 destaca Landru
(1963), donde Claude Chabrol sigue las andanzas del célebre
asesino. En 1966 está en una producción bélica
hollywoodiense que se rueda en Hoyo de Manzanares (Madrid), Mando
perdido, pero no es nada del otro mundo a pesar de dirigirla Mark
Robson. Benjamín,
diario de un inocente
(1968), a las órdenes de Michel Seville, puede considerarse su
canto del cisne, a partir de ese momento sus actuaciones serían
esporádicas y breves, una de ellas en Están
todos bien (1990), de
Giuseppe Tornatore. En Francia le concede la Legión de Honor,
y en dos ocasiones es requerida para formar parte del jurado del
Festival de Cannes. También publicaría su
autobiografía, "Avec ces yeux là", o sea, "Allí
con estos ojos" en 1977, y desarrollaría una inesperada
faceta de pintora de arte abstracto. En 1992 se le concedería
un César de honor a toda su carrera, y también en
Venecia sería honrada con un León de Oro en 1996.