Prolífico, provocador, sufriente, pesimista. Pese a su corta vida, 37 años, el alemán R.W. Fassbender es un artista controvertido que ha dejado huella.
Uno de los herederos del Joven Cine alemán. (Bad Wörishofen, 31 de
mayo de 1945 - Múnich, 10 de junio de 1982), Rainer Werner Fassbinder fue un
infatigable guionista y realizador cinematográfico y televisivo, así como un
prolífico autor y director teatral.
Había cursado Arte Dramático y formó el famoso Antitheater de Múnich
con un grupo de actores. La concepción aristotélica de la puesta en escena
influyó en su narrativa fílmica tanto como el estilo melodramático
norteamericano, pues era también un estudioso y deudor del melodrama de Douglas
Sirk. De este modo, la actitud psicologista acentuada de Fassbinder y las
convenciones de los géneros, siempre dentro de un clasicismo creador, pasaría
del tópico y la sencillez expositiva a la sofisticación más decadente e
inmoral, como sucede en Las amargas lágrimas
de Petra Von Kant (1972).
La provocación y el pesimismo sobre la condición humana fueron dos
de sus constantes como autor, sazonadas con un amargo sentido del humor. Un
tanto obsesionado por la denuncia sociopolítica (Viaje a la felicidad de mamá Kusters, El matrimonio de Maria Braun) y por las desviaciones más
denigrantes (La ley del más fuerte, Un año con trece lunas), se dio a
conocer al público mundial con Todos nos
llamamos Alí (1973). Esta película, premiada en el Festival de Cannes,
expone la relación de una viuda de sesenta años y un obrero marroquí inmigrado;
y a partir de ésta, Fassbinder se transformaría en uno de los cineastas más controvertidos,
complejos y a veces aburrido de aquella "última hornada" del Junger Deutscher
Film.
En 1980, volvió a su habitual y asfixiante temática con una
historia de la época nazi, Una canción...
Lili Marleen, protagonizada por su actriz-símbolo Hanna Schygulla (antes lo
había sido Ingrid Caven, con quien estuvo casada dos años a pesar de su
reconocida homosexualidad). Aquí relata el drama de una cabaretera, Lale
Andersen, que hizo célebre esa canción y que fue, a pesar suyo, una impulsora
del nazismo. Con este film volvió a reflexionar acerca de la opresión e
incidiría en la dialéctica de explotadores-explotados, con su particular visión
de las relaciones entre los humanos e impotencia para el cambio social. Aunque,
en ocasiones, lo logra por medio de rupturas violentas: revolución, homicidio,
suicidio mitificado. Todo esto, dentro del esquema de la lucha de clases y con
un tono cínico y subrepticiamente anarquista. De ahí el rechazo del PC alemán
contra este cineasta ácrata, al que paradójicamente tacharon de reaccionario.
Después llegarían sus nuevas críticas sobre el estatus de la
Alemania de posguerra con Lola (1981)
y La ansiedad de Veronika Voss
(1982). Y, finalmente, su última realización Querelle (1982), una obra dura que se basaba en una pieza onírica
de Jean Genet. Asimismo, su gusto por lo decadente y la sordidez se une a un
cierto virtuosismo formal, como se aprecia, por ejemplo, en su ambiciosa serie
televisiva Berlin Alexanderplatz
(1980), pasada después a la pantalla grande.
Rainer Werner Frassbinder dio cierto aire de irrealidad a sus
películas-fábula, no exentas de obscenidades y con un estilo creador que estaba
preso de un esteticismo barroco. Deudor al principio de Jean-Luc Godard e
influido por los maestros del movimiento expresionista, el escepticismo de este
autor se cierne sobre la Fatalidad o el Destino inexorable de los humanos. Por
eso, su obra tiene un final habitualmente desesperanzado y de libre
interpretación.
El sufriente Fassbinder -"sólo quiero que me quieran", manifestó-,
quien vivía en Múnich protegido incluso por dos guardaspaldas, había creado
unos 40 títulos para el cine y la televisión, aparte de sus obras escénicas y
cortometrajes, cuando murió accidentalmente por una combinación fatal de
pastillas y cocaína.