Inició oficialmente
el neorrealismo italiano, rodando en exteriores, con actores no profesionales,
lo que dejó a las producciones de estudio desfasadas. Aunque para la mayor
parte de la población Roberto Rossellini era sólo aquel realizador sesudo que
causó un gran revuelo al unirse a Ingrid Bergman, en realidad es uno de los
grandes maestros del cine de todos los tiempos.
Nacido en la capital italiana, el 8 de mayo de 1906, Roberto
Rossellini pertenecía a una familia católica bastante acomodada, pues era uno
de los cuatro hijos de Elettra Bellan y Angelico Giuseppe, prestigioso
arquitecto autor de importantes edificios romanos, entre ellos el primer cine
de Roma. Gracias a eso, el chico podía entrar gratis siempre que quisiera, por
lo que se convirtió en un gran aficionado. Le marcaron especialmente Y el mundo marcha y Aleluya, de King Vidor.
Desde una edad muy temprana se interesa por la mecánica. En
su juventud construyó un taller para llevar a cabo experimentos, y llegó a
construir un motor que funcionaba con agua y bencina. A la muerte de su padre,
su posición deja de ser tan desahogada, y en busca del beneficio económico
entra en contacto con el mundo del cine, primero como técnico de sonido, pero
también como asistente de montaje. En esta época rueda Prélude á l'après-midi d'un faune, su primer corto, justo antes de
empezar a ejercer como ayudante de los directores Goffredo Alessandrini y
Francesco De Santis.
En 1941 debuta en el largometraje con La Nave Bianca, documental de propaganda sobre un barco, financiado
por el ministerio de Marina. Inicia la llamada Trilogía Fascista, que se
completa con Un piloto regresa y L'uomo dalla croce, al servicio del gobierno
de Benito Mussolini. Rossellini no es ni mucho menos un incondicional del
régimen, pero ha vivido años influido por sus principios y no tiene prejuicios a
la hora de rodarlas para que su carrera avance. Colabora con él Vittorio
Mussolini, hijo del Duce y fundador de la productora Alleanza Cinematográfica
Italiana, y de la revista Cinema, que tuvo una enorme influencia en la nueva
hornada de realizadores italianos. A Rossellini no le apasiona escribir
artículos, por lo que se involucra poco en la cabecera, aunque siempre se llevó
bien con los redactores.
Gracias a Vittorio Mussolini conoce a Federico Fellini y
Aldo Fabrizi, que se harían grandes amigos suyos. Antes de que termine la
guerra empezaría con ellos la preparación de Roma, ciudad abierta, con Fellini ayudándole a escribir el guión -también
colaboró Sergio Amidei- y Fabrizi en el papel de sacerdote, uno de los
protagonistas. Por aquella época, el despreocupado Rossellini tomó conciencia
del sufrimiento causado por el totalitarismo, y decidió plasmarlo en el cine.
Aunque Rossellini no tiene el dinero necesario para poner en
marcha una producción cinematográfica, utiliza película usada, rueda sin equipo
de sonido pensando en una sonorización posterior, y con la excepción de Fabrizi
y de la gran Anna Magnani, acude a actores no profesionales, a veces personas
que encuentra en las calles, parecidas al personaje que van a encarnar. "Para crear el personaje que uno tiene en mente, es necesario entablar
una batalla con el actor que normalmente termina ganando e imponiendo sus
deseos. Como no deseo estar malgastando mis energías en una batalla como ésta,
sólo uso actores profesionales en contadas ocasiones", recordaba el
realizador.
Inspirado en la historia real de Luigi Morosini, un
sacerdote asesinado por los nazis por ayudar a la resistencia, el film entrecruza
el periplo de diversos personajes de la última etapa de la ocupación de Roma:
el padre Pietro, el ingeniero comunista Manfredi, Pina, novia de un tipógrafo
que lucha contra los invasores, etc.
Tras ilustres predecesoras que apuntaban el movimiento como Obsesión (1943), de Luchino Visconti, Roma, ciudad abierta inaugura oficialmente
el neorrealismo italiano. De hecho posee todas las características que
definirían al movimiento: estilo cercano al documental, descripción de los más
desfavorecidos de la época, etc. Como su autor no tenía dinero para revelar los
negativos, siguió rodando hasta el final sin poder ver cómo iban quedando sus
planos. Cuando terminó, vendió obras de arte de su familia a una condesa, para
poder revelar y sonorizar.
Tras el estreno oficial, obtuvo un gran éxito, sobre todo a
nivel de crítica, y ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes. Con Fellini
y Amidei escribe su siguiente cinta, Camarada,
sobre el avance aliado en Italia. Completa la trilogía neorrealista del
realizador Alemania, año cero, que
intenta dar la visión del otro bando, los derrotados alemanes, a través de las
peripecias de Edmund, un niño que trata de sobrevivir en Berlín y ayudar a su
familia.
Tras rodar uno de los dos segmentos de El amor, de nuevo con Anna Magnani, a finales de los 40, y recrear
la vida de Francisco de Asís, en Francisco,
juglar de Dios, Rossellini recibe una carta de una de las grandes estrellas
hollywoodienses del momento, la actriz Ingrid Bergman, seducida por su cine,
que le dice que está deseando trabajar con él. El cineasta aprovecha la oferta
de la actriz de Casablanca, y la pone
como protagonista de Stromboli, donde
interpreta a una mujer lituana que para salir de un campo de concentración se
casa con un bruto pescador que la lleva a vivir a la isla aludida en el título,
amenazada por un volcán (el rodaje fue complicado porque el volcán entró en
erupción inesperadamente). Frente al cine oficial, que trata de dar una imagen
optimista de Italia, lo más alejada posible de lo que enseñaba el cine
neorrealista, Rossellini sigue empeñado en ésta y en sus siguientes películas,
en divulgar la verdad.
Rossellini había conseguido la nulidad eclesiástica de su
matrimonio con la actriz de origen ruso Assia Noris, y se había casado con
Marcella De Marchis, que llegó a ser una gran diseñadora de vestuario de
títulos como Django. Con ella había
tenido dos hijos, pero aún así se enamoró enseguida de Ingrid Bergman. Puesto
que ella también estaba casada, con el Dr. Petter Aron Lindström, cuando el
romance salió a la luz causó un gran escándalo. Rossellini y Bergman se
convirtieron en carnaza para la prensa del corazón durante muchísimo tiempo. La
pareja tuvo tres hijos, entre ellos la reconocida modelo y actriz Isabella
Rossellini.
Volvió a recurrir a la actriz para protagonizar la intensa Europa 1951, donde ella es una mujer desahogada
que reflexiona tras un trágico suceso y decide prestar su ayuda a los más
necesitados. En Juana de Arco en la
hoguera, el realizador convirtió a Ingrid Bergman en la santa patrona de
Francia. En plena época de crisis matrimonial, Rossellini rodó la redonda Te querré siempre, prácticamente
autobiográfica. Ingrid Bergman es una mujer distanciada de su marido, con el
que acude a Italia con motivo de una herencia. Completa la pentalogía 'bergmaniana'
la también imprescindible Ya no creo en
el amor, en la que la actriz es una mujer casada con un amante, que será
chantajeada.
Tras separarse definitivamente de Bergman, Rossellini se
empareja con Sonali Senroy DasGupta, con la que tiene otro bebé, y que le
acompañaría hasta la muerte de él. Rueda uno de sus mejores trabajos, El general de la Rovere, donde un pobre
diablo -un inolvidable Vittorio De Sica- acepta ingresar en prisión y
hacerse pasar por un legendario general de la resistencia, con el fin de
recabar información de los presos. Pero tras ser recibido como un héroe, acaba tratando
de comportarse como tal...
Tras Fugitivos en la
noche, Viva Italia y Alma negra, la carrera de Rossellini
languidece. En los años 60 se refugia en la televisión con títulos como La toma del poder por parte de Luis XIV
o Socrates, de enorme interés
cultural, pues el director tenía una concepción utópica de la televisión, como
medio de divulgación masiva del conocimiento a la gente. Cuando se dio de
bruces con la realidad, volvió al cine con los biopics Año uno (1974), sobre el político italiano Alcide de Gasperi y El Mesías, irregular título sobre la
vida de Jesús.
Un ataque al corazón dio al traste con la vida del cineasta,
el 3 de junio de 1977, en Roma.