Si
digo que Roland Emmerich es un autor con un mundo propio, más de uno se sonreirá.
Y sin embargo, justo es reconocer una coherencia en la filmografía del alemán que
siempre quiso hacer un cine entretenido y que pudiera reconocer como suyo.
Roland Emmerich nació en Stuttgart,
Alemania, el 10 de noviembre de 1955, aunque sus primeros años los pasó sobre
todo en Sindelfingen. Aunque le encantaba la pintura y la escultura, sus viajes
acompañando a su progenitor, un empresario, le hicieron ver mundo y descubrir La guerra de las galaxias, título que le
animaría a formarse cinematográficamente.
Estudió en la Escuela de Cine de Múnich y
pronto quedó claro que le gustaba el cine comercial destinado al gran público,
con genuino sabor americano. De hecho su primer film, la fantasía de ciencia
ficción El principio del Arca de Noé
(1984), que nace de un ejercicio estudiantil, sorprende a propios y extraños,
no era habitual en Alemania hacer un cine de género con apañados efectos
especiales de este tipo; la cinta sería escogida para el Festival de Berlín.
Tanto en este film como en el siguiente, El
secreto de Joey (1985), se nota que la sombra de George Lucas y Steven
Spielberg es alargada, se nota que justamente trata de emular el entretenimiento
que caracteriza a estos cineastas, e incluso hay guiños explícitos con muñecos,
naves espaciales y homenajes varios. En esta ocasión estrenaba su propia
productora, Centropolis, armada con ayuda de su hermana Ute Emmerich. Siguió
rodando en Alemania títulos como Estación
lunar 44 (1990), pero claro, la llamada de Hollywood no se hizo esperar, el
alemán había demostrado de sobras que podía rodar cine de efectos especiales
con presupuestos rigurosos y ajustados.
Rodó uno de los mejores títulos de Jean-Claude
Van Damme, lo que tal vez no sea decir demasiado, con Soldado universal (1992), sobre la creación en el futuro de
guerreros informatizados teóricamente sin emociones; le ayudó como guionista y
productor Dean Devlin, con quien estuvo asociado hasta el 2000. Y seguiría la
vena galáctica y cósmica con Stargate,
puerta a las estrellas (1994), uno de sus títulos más populares, que unía
arqueología en Egipto con secretos del universo mundo y dimensiones
desconocidas para el ser humano; daría pie a una franquicia en la que Emmerich
no intervino. Así las cosas, el campo estaba abonado para su título más
popular, y el que le ha hecho cargar con el sambenito de "destrozator". En
efecto Independence Day (1996)
hablaba de una invasión alienígena que se empeñaba en destruir los edificios
más emblemáticos del universo mundo. Tan patriotero y yanqui era el film, que a
Emmerich le llovieron las críticas de haberse vendido a la industria USA, pero
a lo que se ve se lo pasó en grande con Will Smith y compañía. Por supuesto,
con tal título, el film se estrenó el día de la independencia americana, o sea,
el 4 de julio.
Los fans de cierto monstruo japonés tenía
mucha ilusión con Godzilla (1998), la
versión hollywoodiense de la criatura que protagonizó decenas de filmes nipones
de Ishiro Honda y compañía. Aunque se trató de crear expectación con la
criatura, y se insistió promocionalmente en que "el tamaño importa", los
destrozos de los efectos especiales no cautivaron demasiado, y aunque el film
funcionó razonablemente en taquilla dejó sabor de decepción; desde luego no
ayudó a la carrera del protagonista, Matthew Broderick, improbable héroe de
acción. Todo ello no impidió que Emmerich produjera una miniserie godzilliana
entre 1998 y 2000.
Los que crean que la "historia-ficción"
de Anonymous (2011), sobre William
Shakespeare y el autor auténtico de sus obras, es su primera incursión en el
cine de época, olvidan que el alemán se apunto a otra película de patriotismo
americano de título bien expresivo, El
patriota (2000), ambientada en la época de la independencia americana, con
Mel Gibson y Heath Ledger como padre e hijo, el primero viudo se resiste a
luchar por la incipiente nación, el otro, más impulsivo y juvenil, le acabará
animando. Emmerich comentó que "he tratado de analizar esas críticas y aprender
de ellas" cuando se le mencionaban las abundantes dosis de amor a la patria americana de
ese film e Independence Day.
Y como la forma de abordar la historia en
Emmerich suele ser muy "personal", conviene señalar que después de hacer historia
hizo prehistoria en 10.000 (2008),
título que hacía más que bueno a En busca
del fuego. Ante la posible acusación de imprecisiones a las que se exponía,
el cineasta aseguraba: "Es evidente que no quería hacer un documental, ni dar
una lección de historia. Sé que me van a atacar mucho, y que me dirán que las
pirámides no se construyeron utilizando mamuts."
Además ha incurrido en el subgénero
apocalíptico dentro del cine catastrofista con El día de mañana (2004), toda una advertencia a la situación límite
a la que podría llevar el cambio climático, muy distinta a la forma de abordar
la cuestión de Al Gore en Una verdad
incómoda; y 2012 (2009), que nos
dice que al mundo le quedan dos telediarios según el calendario maya. Y es que
lo más curioso de Emmerich es que trata de llegar a un público amplio sin los
recursos más fáciles de la meca del cine: en 2004 me aseguraba que "soy
bastante crítico con lo que se hace en Hollywood, sobre todo en verano. Sólo se
producen secuelas y remakes, y parece que nadie quiere asumir riesgos." Y hay
que reconocer que atreverse a decir que Shakespeare no escribió las obras que
se le atribuyen supone arriesgarse, siquiera un poquito; aunque la versión
emmerichiana se antoja bastante... coja.
Emmerich, en el campo de
la producción, ha respaldado filmes como Nivel
13, Arac Attack y Trade. El precio de la inocencia. Gay
confeso, cuando se le pregunta por qué no ha tratado el tema en su cine,
explica que lo hará "si la película adecuada se presenta. Me gustaría incluir
personajes más abiertamente gays en mis películas para un público amplio, y
trabajo de verdad en ello. Honestamente, lo intento constantemente, me digo, '¿a
quién puedo hacer gay?'. Pero no quiero hacerlo descaradamente."