Llegó a ser el actor cómico
más célebre de su tiempo. Hasta que el escándalo
llamó a su puerta. Roscoe 'Fatty' Arbuckle llamaba la atención
no sólo por su obesidad, sino por su aspecto de niño
grande y risueño, al que se le perdonaba su malicia ingenua en
la pantalla.
Roscoe
Arbuckle nació en Smith City, Kansas, el 24 de marzo de 1887,
en el seno de una numerosa familia -nueve hermanos-, lo que en este
caso no fue sinónimo de felicidad. La madre murió
siendo él niño, y el padre era un alcohólico.
Sin nadie ocupado realmente en educarle, la casualidad quiso
que con ocho años hiciera un pequeño papel en los
escenarios, a los que le gustaba escaparse para echar un ojo como
espectador. Fue con la Webster-Brown
Stock Company. De modo sorprendente para su "tonelaje" -el chico
nació pesando 2,75 kilos, y de adulto alcanzó los 135
kilos-, Roscoe era ágil en la escena, y demostró
habilidad para dar unas graciosas volteretas, un sello personal, además de que se
le daba bien cantar, y tenía sentido del humor; lo que no
impidió que se impusiera con él el mote de Fatty, que
él personalmente odiaba. De hecho, en el trato diario pedía
que se le llamara por su nombre de pila, cosa que no siempre lograba,
como es de imaginar; y es que aquel sería, muy a su pesar, el
nombre artístico con el que sería conocido en todo el
mundo.
En
1904 Sydney Grauman lo contrató para cantar en el Unique
Theatre. Aquello ya era un trabajo profesional con todas las de la
ley. Con la compañía Morosco Burbank viajó a
Oriente, a China y Japón, toda una experiencia para un
'paleto' de Kansas, aunque luego se hubiera trasladado a California.
Y precisamente acabada la gira, y de vuelta a la costa oeste de EE.UU.,
surgió la posibilidad de trabajar en el cinematógrafo,
actividad que los actores de pro despreciaban, pero que Arbuckle
descubriría, podía ser muy satisfactoria. Fichado por
el estudio de Mack Sennett en 1909, intervendría en cortos cómicos
innumerables de la serie Keystone Cops, casi siempre dirigido por
Henry Lehrman. Llegaría a protagonizar sus propias películas,
emparejado en infinidad de ocasiones con Mabel Normand. Hasta ganarse
el derecho a dirigir en 1914, y marcar un salario récord en
1921 de un millón de dólares anuales, gracias a su
asociación con Joe Schenck en Comique, y al acuerdo de
distribución con Paramount. Verdaderamente se convirtió
en el rey de la comedia, y cabe destacar que los tres grandes del
cine cómico, Charles Chaplin, Buster Keaton y Harold Lloyd,
trabajaron con él de secundarios. El famoso número de
los panecillos bailarines de Charlot en La
quimera del oro, pudo
verse antes en Tres pies
al gato. Y a Keaton lo
descubrió en Nueva York, le dio su oportunidad en el cine, y
trabajaron juntos en una docena de filmes, con resultados muy
fructíferos, como en El
botones (1918) y Fatty
en el garaje. Se forjó
allí una amistad que se probó auténtica con la
posterior caída en desgracia de Fatty: en efecto, su amigo
mantuvo la relación, aunque le miraran mal por ello, y le
ofreció trabajo como guionista en El
joven Sherlock Holmes,
aunque el orondo actor acabó desmarcándose, pues sus
ánimos por entonces estaban muy bajos.
Arbuckle
concebía sus propios gags, y tenía a gala no basarlos
en su gordura, o no directamente al menos. No había en sus
filmes bromas acerca de un personaje que rompe sillas o se queda
atascado en puertas, sino que más bien lo que llamaba la
atención era lo ágilmente que se movía pese a
sus abundantes kilos. Y la gente lo adoraba... hasta una noche aciaga
de 1921, en que una joven de dudosa reputación, Virginia
Rappe, acudió a una juerga en la suite del actor, a la que
asistía un grupito de gente. La mujer murió de una peritonitis, y el actor
sería acusado de violación y homicidio involuntario.
Por tres juicios pasó el actor, y aunque fue finalmente
absuelto, el daño a su carrera estaba hecho. La prensa de
William Randolph Hearst explotó el escándalo, y una ola
de puritanismo condenatorio recorrió los Estados Unidos,
condenando el desenfreno de Hollywood. El actor se convirtió
en una especie de chivo expiatorio, y mucho ejecutivo de estudio y
supuesto amigo le dio la espalda. También por entonces terminó
su matrimonio con la actriz Minta Durfee, aunque ya estaban separados
antes de que estallara el caso Virginia. Aún pasaría
por dos matrimonios antes de su muerte, con Doris Deane y Addie
McPhail, también actrices.
"No
creo que haya misión en la tierra mejor, que hacer reír
a la gente", había declarado Arbuckle. Contrariamente a lo
que podría creerse, el actor se esforzó por seguir en
el mundo del cine cumpliendo tal objetivo. Keaton le ayudó, como ya se ha dicho, y
firmó un buen puñado de cortos con el seudónimo
de William Goodrich. Irónicamente Goodrich dirigió a Marion Davies, la amante de Hearst, en
El
molino rojo (1927). E incluso parecía que su carrera lograba
rehacerse cuando Jack Warner le llamó en 1932 para
coprotagonizar junto a la estrella infantil Billy Hayes una serie de
cortos donde se podría ver su cara en la pantalla, además
de que figuraría su nombre en los créditos. Si Arbuckle
habría podido volver a brillar con el fulgor de antaño
nunca se sabrá, pues en 1933 murió de un ataque al
corazón.