Lento pero seguro. Ha
rodado únicamente cinco películas en cuatro décadas, sin embargo, son todas tan
complejas como excepcionales (quizás El nuevo
mundo es la única que no es una obra maestra). A Terrence Malick le traen
al fresco la taquilla, las modas, las imposiciones comerciales, el marketing de
sus películas, la corrección política, y en suma todo aquello que no sea la
poesía visual y los grandes temas de la existencia humana.
Nacido en Waco (Texas), el 30 de noviembre de 1943, Terrence
Malick es hijo de un hombre de origen sirio-libanés, que trabajaba en una
compañía petrolífera texana. Aplicado en sus estudios desde niño, estudió
filosofía en la prestigiosa Universidad de Harvard, donde se graduó con 'summa
cum laude', y posteriormente inició una tesis doctoral en Oxford sobre Martin Heidegger,
aunque no la terminó. Ejerció como profesor del Instituto Tecnológico de
Massachusetts, al mismo tiempo que trabajaba como periodista freelance para
revistas tan conocidas como The New Yorker.
Cuando se interesa por el cine como vehículo de transmisión
de su visión del mundo, estudia un Master del American Film Institute, y rueda
el corto Lanton Mills, muy poco
conocido incluso por los más fervientes seguidores del autor. Se dice que lo ha
retirado de la circulación el propio Malick, porque no quedó contento al cien
por cien, y por esta razón, se retiró para siempre del cortometraje.
Pronto conseguía financiación ajustada pero suficiente para
su debut como realizador de largometrajes, Malas
tierras, inspirada en hechos reales acontecidos en 1958. Martin Sheen
interpreta a un asesino obsesionado por hacer notar su parecido con James Dean
que huye a la desesperada con su joven novia (Sissy Spacek). La historia de
esta pareja amoral, que recuerda a Bonnie
and Clyde, estaba precisamente dedicada al director de esta cinta, Arthur
Penn.
Malick sólo muestra las actividades amorales de los
protagonistas sin juzgarles a través de potentes imágenes. Ya era un maestro en
la utilización de la música, en este caso de Carl Off, para subrayar la poesía
de sus planos. Más de un momento permanece en la retina del espectador: las
llamas de la casa de la protagonista, el baile nocturno, etc.
Tuvo muy poca repercusión comercial, pero llamó obviamente
la atención de los críticos y los más cinéfilos. Tardó cinco años en filmar su
siguiente trabajo, Días del cielo, de
1978. La temática entronca con la de su ópera prima, pues está protagonizada por
otro fugitivo (Richard Gere), esta vez del siglo XX, que tras matar a su jefe, huye
con su novia Abby (Brooke Adams) y Linda, la hermana de ésta (Linda Manz).
Encuentra trabajo a las órdenes de un adinerado granjero (Sam Shepard) que se
enamora de Linda. Absolutamente redonda, es menos narrativa y más lírica que su
predecesora, y también destaca la inigualable utilización de la partitura, esta
vez de Ennio Morricone. Por sus oníricas imágenes, el español Nestor Almendros
obtuvo el Oscar a la mejor fotografía.
¿Y después? No se sabe qué pasó por la cabeza de Malick, que
renunció a su incipiente carrera en Hollywood. Rechazó dirigir El hombre elefante, que después rodó con
gran éxito David Lynch. Empieza a rodar imágenes para el críptico film conocido
como proyecto "Q", sobre los orígenes de la vida en la Tierra, pero
finalmente lo abandona. Decidió irse de Estados Unidos y se estableció en
Francia donde se casó con Michele Morette, en 1985. Trece años después se
divorcia y se une a Alexandra Ecky Wallace. En dos décadas no muestra siquiera
interés por llevar a cabo ningún proyecto cinematográfico, y dice la leyenda
que se ganaba la vida impartiendo clases de literatura.
Cuando todo el mundo le daba por retirado, Malick reaparece
para poner en marcha La delgada línea
roja, basada en un libro de James Jones, que narraba la batalla de
Guadalcanal, durante la II Guerra Mundial. Por aquel entonces la leyenda de
Malick había aumentado tanto que logró que confiaran en él algunas de las más
grandes estrellas de Hollywood, como Sean Penn, John Cusack, Woody Harrelson,
John Travolta, James Caviezel, George Clooney, que rodó muchas secuencias,
aunque la mayoría se quedaron en la mesa de montaje, o Adrien Brody, que en el
montaje final pasó de ser uno de los protagonistas a secundario episódico.
Malick medita sobre la guerra y la condición humana, y se
centra en el interior de los protagonistas y en sus distintos comportamientos
en situaciones límite. Obtuvo el Oso de Oro en Berlín y 7 nominaciones a los
Oscar, aunque finalmente no ganó ninguno.
La pausada El nuevo
mundo, de 2005, contrapone la vida en las tierras vírgenes de los nativos
americanos con la civilización occidental, a través de la historia de amor del
capitán John Smith con Pocahontas. Aunque su visión de la llegada al nuevo
mundo de los ingleses huye de tópicos, y está rodada con la potencia visual de
todas sus películas, es posiblemente la menos redonda de su filmografía.
Seis años tardó Malick en estrenar su siguiente cinta, la redonda
El árbol de la vida, su obra más
ambiciosa y personal. Resulta imposible resumir la riqueza de un film que
básicamente narra la infancia de Jack O'Brien, que pierde a uno de sus
hermanos, su relación con sus progenitores, y las repercusiones que su niñez
tienen en su vida adulta, cuando se está divorciando de su esposa. Esta vez se
quedó casi fuera de la película el personaje de Sean Penn (el actor encarnaba a
Jack de adulto y se enfadó mucho al ver el montaje final de la cinta), porque
había rodado muchas secuencias narrativas, lo que al parecer entorpecía el paso
a las partes poéticas centradas en Jessica Chastain (la madre), Brad Pitt (el
padre) y los niños.
Tan sugestiva que las interpretaciones pueden ser
variopintas, está claro que trata temas tan trascendentales como el sentido del
dolor (los protagonistas conversan directamente con Dios sobre la tragedia que
ha sacudido a la familia), la fugacidad de la vida (todo tiene un final y hasta
los dinosaurios, que aparecen en la cinta se extinguieron) y sobre todo la relación
del personaje central con su padre, un hombre bondadoso que puede ser rudo y
terrible en ocasiones con la finalidad de que su vástago se haga más fuerte, en
claro paralelismo con Dios, que si hace sufrir al hombre tiene que ser con un
objetivo, por su propio bien. Iba a concursar en Cannes en 2010, pero Malick
seguía dando vueltas al montaje y prefirió esperar a entrar en la siguiente
edición donde obtuvo la Palma de Oro, el máximo galardón.
Uno de los factores que más han alimentado la leyenda de Malick
es su obsesión por no dejarse ver. Parece vivir enclaustrado, no sale en los
making of de sus películas, pide por contrato no salir en fotos ni vídeos y se
niega a participar en la promoción de sus películas. Ni siquiera recoge sus
premios en los festivales (la Palma de Oro en Cannes de El árbol de la vida, posiblemente el premio más prestigioso del
Séptimo Arte en todo el mundo, la recogió en su nombre Bill Pohlad, productor
de la cinta).
Terrence Malick es tan hermético que los cinéfilos conocen
su efigie casi únicamente porque interpreta un breve papel en su primer
largometraje, donde es el tipo del sombrero que llama a la puerta de la lujosa
casa que han ocupado los protagonistas (Martin Sheen y Sissy Spacek).
Consciente de su avanzada edad, Malick parece haber
acelerado el ritmo de su trabajo en los últimos tiempos. Ha rodado un film, aún
sin título en el momento de escribir este texto, con Rachel Weisz, Rachel
McAdams, de nuevo Jessica Chastain y el español Javier Bardem, aunque se
desconoce casi todo, salvo que es una historia de amor. Y ha iniciado la
preproducción de Voyage of Time,
'exploración del nacimiento y la muerte del universo', con Brad Pitt y Emma
Thompson como narradores.