Hay actores que tienen la fortuna de
que un día, después de mucho esfuerzo y tesón,
aterriza sobre sus mesas el papel de sus vidas, y se ponen a
trabajarlo con ahínco. Es el caso de Terry O'Quinn,
transfigurado en Locke, carismático líder en la isla de
la serie televisiva Perdidos.
Terrance Quinn -que más tarde
utilizaría el nombre artístico Terry O'Quinn- nació
el 15 de julio de 1952 en Newberry, Michigan, en Estados Unidos. De
ancestros irlandeses, su familia no es que fuera numerosa, era
numerosísima, once hermanos nada menos. Emprendería
estudios universitarios en la Universidad Central de Michigan y en la
Universidad de Iowa.
Su poderío físico salta a
la vista, y es que Terry es cinturón negro de kárate y
boxeador consumado. Su habilidad para la defensa personal y el
propinar mamporros le facilitaría conseguir algunos trabajos
de guardaespaldas. Pero lo cierto es que ejercer de escolta no era la
ilusión de su vida. La sensibilidad artística de Terry
ya había aparecido en su afición a la música,
plasmada en el instituto en la percusión, y más tarde
cantando y tocando la guitarra.
De la década de los 70 data su
primera experiencia teatral, en la universidad, no sólo como
actor, también como director de obras del escenario, como el
musical escrito por él "Orchestrina". Bajo sus órdenes
trabajó quien también sería actor de cine Jeff
Daniels.
En 1980 hizo su primera aparición
en una película, el mítico y ruinoso western La
puerta del cielo. También, en años subsiguientes,
tuvo presencia en filmes de gran interés, aunque su presencia
en pantalla era mínima. Me refiero a En un lugar del
corazón y Mrs. Soffel, ambas de 1984, y El caso
de la viuda negra (1987). Más entidad tuvo en cambio su
papel protagonista de inquietante psicópata en El padrastro
(1987), alabadísimo, y que le valió un premio Spirit.
Un tirón especial debía
tener la pequeña pantalla para este actor de pelo escaso, pues
intervino en los 80 en episodios de Corrupción en Miami,
En los límites de la realidad y Luz de luna. A
la vez, seguía aportando su discreta presencia a títulos
como el western Arma joven (1988), o la peli de acción
Furia ciega (1989).
La tónica de los 90 no fue muy
diferente. Terry O'Quinn era un hombre hecho y derecho, felizmente
casado con Lori O'Quinn desde 1979, quien le había dado dos
hijos. Se ganaba bien la vida, y si bien no era el rey de la función
en sus películas, hacía muy correctamente su
aportación, lo que se repitió en títulos
interesantes como la película de campos de prisioneros
Juramento de sangre (1990), la comiquera Rocketeer
(1991), la intrigante Espías sin fronteras (1991), el
drama deportivo Pasión por el triunfo (1992), el
western Tombstone (1994), las pelis judiciales Las dos
caras de la verdad (1996) y Fantasmas del pasado (1996),
la ciencia ficción misteriosa de Expediente X: La película
(1998)... Y a la vez, dale que te pego, se dedicaba a la pequeña
pantalla, donde se le vio en series como La ley de Los Ángeles
y Star Trek: la nueva generación. Pero en este último
terreno hubo novedades, pues tuvo presencia habitual y no puntual en
Millenium, Hars Realm y J.A.G. Alerta roja.
El terreno estaba abonado para que un
genio de la ficción televisiva, J.J. Abrams, se fijara en él.
Primero como la presencia discreta que solía representar, para
Alias. Y luego, con decisiva importancia, para su Locke de
Perdidos, el tetrapléjico con complejo de inferioridad,
burlado por su padre, y que se convierte inesperadamente en líder
indiscutible con una misión en la isla; el personaje ha dado a
O'Quinn un Emmy y un Saturn, galardones más que merecidos.
Ademas, también ha tenido hueco para pasearse como general en
la intriga política de El ala oeste de la Casa Blanca.
Ahora que se acerca el final de
Perdidos, donde ha aparecido en 115 episodios nada menos, sus
admiradores nos preguntamos por dónde dirigirá su
carrera Terry O'Quinn. Confíemos que haya cineastas capaces de
seguir aprovechando su innegable talento.