Sus expresivos ojos
felinos tan grandes como un tranvía, fueron objeto de deseo. Por muchos años
que pasen, a su leyenda nunca se la llevará el viento. Juro por Dios que aunque
Vivien Leigh sólo rodó 19 películas es una de las grandes de la pantalla.
Vivian Mary Hartley -nombre auténtico de la actriz- nació el
5 de noviembre de 1913, mientras sus padres, de nacionalidad británica, vivían en
Darjeeling (India). Sus progenitores, un agente de bolsa de sólida posición destinado
en aquel país, y una irlandesa, permanecieron allí hasta 1919 cuando acabó la I
Guerra Mundial.
Ya en los numerosos colegios a los que asistió demostró su
habilidad para el teatro en montajes escolares. Lo tenía tan claro que se
matriculó en interpretación en la Real Academia de Arte Dramático. Al acabar,
debutó en las tablas, en 1934, en "The Green Sash". Enseguida rodó su
primer film, Things are Looking Up, y
aunque resultó ser extraordinariamente fotogénica, el director y el operador se
quejaban de sus enormes manos, y le pedían que las ocultara.
Mientras trabajaba nuevamente en los escenarios, en la obra
"The Mask of Virtue", tuvo lugar un encuentro que cambiaría su vida
para siempre. Un día acudió como espectador uno de los grandes de la escena
británica, Laurence Olivier, que al final se quedó a conocer a los actores y
quedó encantado con la actriz. Poco después coincidían en el reparto de la
cinta histórica Fire Over England. El
amor surgió a pesar de que ella se había casado en 1932 con Herberg Leigh
Holman, ajeno al mundo del cine, con quien había tenido a la que iba a ser su
única hija, Suzanne, y de quien había tomado su apellido artístico. Por su
parte, Olivier tenía como esposa a Jill Esmond, también actriz, y esperaba a su
primera hija... Finalmente, ambos se divorciaron, lo que causó un gran revuelo,
y contrajeron matrimonio en 1940, en una sencilla ceremonia en la que ejerció
como testigo la mismísima Katharine Hepburn. Leigh y Olivier volvieron a
compartir la pantalla en 21 días juntos
y Lady Hamilton.
La influencia de Olivier fue positiva para la emergente
actriz, pues trabajaron mucho juntos sobre las tablas, y fue decisivo para que
le dieran papeles en Un yanqui en Oxford,
con Robert Taylor y St. Martin's Lane,
con Charles Laughton. También se la presentó a David O. Selznick, que le hizo
una prueba para el disputadísimo papel de Scarlett O'Hara en Lo que el viento se llevó. No tenía
muchas posibilidades, pues se presentaban pesos pesados como Jean Arthur, Joan
Bennett, Katharine Hepburn, Lucille Ball, y hasta Carole Lombard, casada con
Clark Gable. Se comentaba que Paulette Godard ya tenía en sus manos prácticamente
el papel. Además, Leigh tenía en contra su escasa popularidad en Estados
Unidos. Contra todo pronóstico, el director que iba a encargarse del film,
George Cukor, quedó muy impresionado por su capacidad interprativa, y decidió
que era su Scarlett ideal. Aunque Cukor fue sustituido por Victor Fleming, la
protagonista se mantuvo.
El resto es historia. La narración de las andanzas de la
heredera sureña transformada por las vicisitudes de la guerra no sólo fue un
éxito sin precedentes, sino que se convirtió en uno de los títulos más
emblemáticos de la historia del cine. Obtuvo 9 Oscar, además de uno honorífico.
Uno de ellos fue para la actriz, que durante la gala fue vista llorando en el
cuarto de baño porque su valedor, Cukor, no había podido estar allí.
Sorprendentemente, y a pesar de haber sido encumbrada como
la estrella femenina del momento, Leigh no rodó demasiados títulos a
continuación. Prefería prodigarse en el teatro británico, que era lo que de
verdad le gustaba, y pasaba poco por Hollywood. Además, sufría síndrome bipolar
-era bastante irritable y se había ganado merecida fama de conflictiva- y
problemas respiratorios, lo que limitaba mucho su capacidad de trabajar todo lo
que hubiera querido. Mientras rodaba en Sri Lanka La senda de los elefantes empeoró hasta el punto de que Paramount tuvo
que sustituirla por Elizabeth Taylor.
A pesar de todo, rodó en la meca del cine títulos como El puente de Waterloo, César
y Cleopatra, Ana Karenina (1948),
y sobre todo Un tranvía llamado deseo,
donde realizó un trabajo memorable como Blanche, dama sureña que se va a vivir
con su hermana y su cuñado, un brillante Marlon Brando. Por esta adaptación de
Elia Kazan de la obra más emblemática de Tenessee Williams, Vivien Leigh ganó
con toda justicia un segundo Oscar, aunque no dejó que tan tremenda hazaña le
nublara la vista, ya que declaraba que usaba uno para sujetar las puertas y
otro como pisapapeles para las toallitas del cuarto de baño.
Cuando rodó La
primavera romana de la Sra. Stone, otra obra de Williams, Leigh se acababa
de divorciar de Olivier, por lo que quizás podía entender bastante bien a su
desorientado personaje, una madura actriz desorientada tras la muerte de su
esposo.
Tras el rodaje de El
barco de los locos, su último trabajo en la pantalla, Leigh fue encontrada
muerta en la habitación de su apartamento en el centro de Londres, el 8 de
julio de 1967, por su nueva pareja, el actor John Merivale, que al no saber qué
hacer llamó a Laurence Olivier. Éste había sido ingresado en el hospital, pero
al enterarse de que había fallecido la mujer a la que consideraba el gran amor
de su vida, pidió el alta voluntaria y acudió junto a ella para pedirle
"perdón por todo el daño que nos habíamos hecho", según recuerda el
actor en sus memorias.
Aunque lo había ocultado, Leigh se encontraba gravemente
enferma de tuberculosis, y además había sufrido los estragos del abuso de alcohol.