Hay todavía algún ingenuo que piensa que en lo que a películas se refiere, resulta obligado distinguir entre cine e ideas a la
Hay todavía algún ingenuo que piensa que en lo que a películas se refiere, resulta obligado distinguir entre cine e ideas a la hora de valorarlas, dejando las segundas al margen. Lo intentó hacer Steven Spielberg al comparecer en rueda de prensa para explicar el palmarés del Festival de Cannes, donde la Palma de Oro fue a parar a El azul es un color cálido de Abdellatif Kechiche, que describe una historia de amor lésbico. En el contexto francés de una fuerte contestación en la calle a la legislación sobre el matrimonio gay aprobada por el presidente François Hollande, era inevitable que las preguntas de los periodistas insistieran una y otra vez sobre la cuestión y su posible influencia en el fallo del jurado. Y el director de E.T. parecía un extraterrestre tratando de explicar que no, que ellos habían dejado las cuestiones políticas e ideológicas fuera de la sala donde deliberaban, y sólo se habían guiado por razones artísticas. La insistencia de él y sus compañeros por negar la sombra de esa razonable duda era llamativa. También son un poquito asombrosas las declaraciones del propio Kechiche que dice que su cinta “no es un film militante homosexual” aunque añade a renglón seguido que “si se la considera como tal, no me molesta”.
Como he visto hace poco la estupenda película Hannah Arendt, donde la filósofa judía expresa sus ideas con honestidad intelectual, sin ceder a las fuertes presiones de una opinión pública contraria, me siento un poco contagiado de esa pasión por la fidelidad a lo que es fruto de una serena reflexión. Y con menos talento que ella, sin duda, deseo dar mi parecer sobre si es posible separar completamente en una obra artística los aspectos formales o estéticos, de los planteamientos éticos y morales de fondo, a la hora de emitir un juicio sobre ella. No, no lo es. Y por poner el ejemplo de una directora alemana distinta de Margarethe von Trotta, reconozco que Leni Riefenstahl es una gran directora, que entrega imágenes poderosas en El triunfo de la voluntad, lo que no me impide rechazar su embriagador ensalzamiento del nazismo. Luego hay casos en que las ideas pesan a la hora de juzgar la maestría de una obra. Y no, para los que no piensan –Hannah Arendt reivindica la tarea de pensar, tan orillada desgraciadamente en nuestros días–, no estoy llamando nazis a las lesbianas ni nada parecido, que todo hay que aclararlo en estos tiempos de cazas de brujas tuiteras. En cualquier caso, no me considero tan importante como para empezar a recibir estopa por lo que digo, aunque en los tiempos que corren, cualquiera sabe.
El caso es que el domingo, de una forma un tanto insólita, Hollande lanzaba un entusiasta comunicado que traspasaba los límites de la cortesía, a propósito del palmarés de Cannes. Otro año no habría llamado tanto la atención, pero produciéndose ese día la conjunción planetaria de una Palma de Oro para El azul es un color cálido y las protestas por el matrimonio homosexual, que el mandatario francés se despachara diciendo “dirijo mis más vivas felicitaciones a Abdellatif Kechiche, Léa Seydoux, Adèle Exarchopoulos por la Palma de Oro” y asegurara que “recompensa el talento de los artistas, la libertad del realizador, su audacia y la confianza que deposita en la juventud” era una declaración significativa. Si Hollande no está usando este premio para respaldar su actuación política, que alguien me diga lo que está haciendo. Por cierto, que me llama la atención las energías que Hollande está gastando en este tema, que le está consumiendo más de lo previsto, mientras su popularidad cae por los suelos, no acaba el presidente de saber cómo atajar la crisis.
Decir a estas alturas que el actual inquilino de la Casa Blanca mantiene una estrecha alianza con Hollywood es como decir que el Pisuerga pasa por Valladolid. La campaña para la releección de Barack Obama se financió en gran parte gracias al apoyo de celebridades del mundo del cine y poderosos productores que aportaron sus buenos dólares, incluido, por cierto, Spielberg. Y después, donde más se ha notado que Obama se acuerda de los amigos ha sido en su cambio de postura en relación al matrimonio homosexual, en su primer mandato decía estar en contra, luego, cuando tocaban segundas elecciones, contó que había cambiado de idea, en estrecha coincidencia con la movilización del Hollywood más liberal a favor de las bodas gays, con la búsqueda de la anulación de la famosa proposición 8 de California y demás. Otro terreno donde también se le ha visto el plumero es el del control de armas, que las películas muestran con bastante despreocupación. Tras la matanza de Cleveland en una escuela, exhibió cierta actividad, y hubo reuniones del vicepresidente Biden con jerifaltes de Hollywood, para ver cómo evitar la glorificación de la violencia en el cine, pero la cosa quedó en nada, declaraciones de buenas intenciones y poco más; por otra parte, como los republicanos tampoco están muy por la labor de limitar el acceso a las armas, pues miel sobre hojuelas.
A cambio, el glamour hollywodiense se pasea por la Casa Blanca, estrenos de postín muy publicitados con actores, ellos y ellas, luciendo sus mejores galas, más un almuerzo de corresponsales cuyo significado empieza a escapárseme, no sé muy bien qué pueden pintar ahí Sofía Vergara, Gerard Butler o Sharon Stone, la verdad. Aunque tampoco acabo de tener muy claro qué pinta Michelle Obama leyendo desde la Casa Blanca el nombre de la película ganadora del Oscar este año, cosa que ha ocurrido por primera vez en la historia.
Creo que es de justicia señalar que al presidente estadounidense y al francés se les adelantó ya el español José Luis Rodríguez Zapatero, un auténtico “pionero”. No sólo en el matrimonio homosexual, que también, sino en la búsqueda del apoyo peliculero, el famoso clan de la ceja, que por cierto, acabó pasando factura, y cómo, al cine patrio. Me resulta difícil pensar que al cine yanqui y galo les pueda pasar lo mismo, pero quizá deban aplicarse ya a eso de “poner las barbas a remojar”. Podría ser que la agenda política incluida en las películas acabara desagradando a una mayoría de espectadores.
