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Ven y mira (Masacre)
6 /10 decine21
Ven y mira (Masacre)

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Violencia

Reparto

Sinopsis oficial

La matanza sistemática de los habitantes de las aldeas bielorrusas durante la Segunda Guerra Mundial, vista por los ojos de un niño.

6 /10 decine21

Crítica Ven y mira (Masacre) (1985)

Ven y mira (Masacre) foto crítica.

Horror en Bielorrusia

Espeluznante film sobre la barbarie cometida por los nazis en Bielorrusia. En su última película el director de San Petersburgo Elem Klimov narra el holocausto en esa república soviética a través de la mirada de un niño, Florya, que es testigo de los hechos. El pequeño madurará aceleradamente después de las brutalidades y crueldades que ve. Al comienzo, lo vemos entusiasmado por encontrar un rifle enterrado —un símbolo de que está listo para unirse a la resistencia partisana soviética. Su entusiasmo es infantil, ingenuo: para él, la guerra representa aventura y heroísmo, no dolor ni destrucción.

Florya es reclutado y llevado al campamento partisano, pero pronto es abandonado por el pelotón, dejándolo atrás sin explicación. A partir de ese momento, su viaje se convierte en una odisea de horror y deshumanización. Encuentra a una chica llamada Glasha, que había sido enfermera en el campamento, y juntos intentan volver a su aldea. Cuando lo hacen, descubren que todo ha sido arrasado. Las casas están vacías, y el silencio sugiere que algo atroz ha ocurrido.

El film es impactante por la puesta en escena y el modo de presentar la violencia. En aras del realismo, la munición que se usó en el rodaje  era real, de modo que los actores oían silbar las balas al lado de su cabeza. El propio Klimov vivió de niño la invasión nazi en Stalingrado, lo que da al film una dimensión autobiográfica. 

El título  está tomado del Apocalipsis bíblico: “Ven y mira” es lo que el ángel le dice a San Juan al abrir los sellos del juicio final. Klimov no escoge esta cita al azar. No rueda una historia lineal, sino el apocalipsis terrenal, una visión profética del infierno humano creado por otros humanos. El uso de la cámara —frecuentemente en primeros planos extremos, o tomas largas sin cortes— obliga al espectador a compartir el punto de vista del protagonista. Cuando los personajes miran a cámara, no lo hacen como recurso estilístico: miran al espectador para acusarle,

Klimov sometió al actor principal, Aleksei Kravchenko, a condiciones físicas y psicológicas extremas durante el rodaje. El envejecimiento visible del personaje no fue logrado con maquillaje, sino con sufrimiento real. Su rostro al final de la película no parece el de un niño; parece el de un soldado que ha sobrevivido a cinco guerras. Desde luego, realiza una interpretación excepcional.

Lo que diferencia a este título de otros films de guerra es su honestidad brutal. No hay lugar para sentimentalismo, ni para alivio. Las escenas de violencia no están hechas para impactar con sangre o efectos especiales, sino para descomponer emocionalmente al espectador. Es una violencia que niega el espectáculo. Y sin embargo, hay belleza. Hay poesía visual en los campos, en los reflejos del agua, en las miradas de Florya y Glasha. Pero esa belleza siempre está al borde de la desaparición. No hay consuelo. Ni siquiera venganza. Permanece en el recuerdo de los cinéfilos la secuencia final, con montaje inverso.

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